Mientras que la identidad nacional de Hispania es una de las más antiguas y de las más profundamente caracterizadas de Occidente y del mundo, hoy, a pesar de eso, en la península el nombre mismo de «España» va quedando proscrito: unos dirán «este país», otros hablarán del «Estado», como los separatistas, y aquel irónico dirá «Carpetovetonia» o lo que sea, pero fuera de las instancias oficiales obligadas, o del pueblo sencillo, rara vez se pronuncia el nombre de «España»…

Todos los pueblos, también España, son pueblos pecadores, sin duda alguna, y en todos los siglos de su historia, como en el presente, abundan indeciblemente las miserias más vergonzosas; pero en cualquiera de ellos, menos en España, se canta el himno nacional,

se honra la bandera y la propia historia, o se celebran con alegría las fiestas patrias. Y tampoco este fenómeno extraño puede explicarse en referencia «al carácter nacional» del español, pues este más bien ha sido siempre enérgico y seguro de sí mismo.

El aborrecimiento hacia «España», el sentimiento de vergüenza hacia su historia, el complejo de inferioridad frente a los otros pueblos desarrollados, se da hoy en aquellos españoles más avisados que han comprendido a tiempo que para ser «modernos», para incorporarse definitivamente «a las corrientes progresistas de la historia», es imprescindible afirmarse en un humanismo autónomo, es preciso renunciar al cristianismo, o al menos relegarlo muy estrictamente al secreto más íntimo de la conciencia, evitando toda proyección pública y social: es decir, se hace necesario dejar de ser «español».

Si rehúsan mencionar el nombre de «España», es precisamente por la densidad de fe y de tradición católica que este nombre entraña.