Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del domingo de Cristo Rey – A –

En la fiesta de Cristo Rey, que hoy celebramos, la Iglesia nos pone ante los ojos el juicio final o “el gran protocolo”, como lo llama el papa Francisco. El evangelista Mateo lo dejó escrito en el evangelio que hoy se ha proclamado (Mt 25, 14-30). La escena es sobradamente conocida, aunque asimilarla cuesta lo suyo; pero ahí está, describiendo cómo es la soberanía de Cristo y no es posible ignorarla; así que hoy he de hablar de ello con Jesús…

– Bien sabes que te aprecio -le he dicho en tono de confidencia con la taza de café entre las manos-, pero me cuesta tanto ver tu rostro en alguno de esos que tú dices «mis humildes hermanos» que casi me da miedo que llegue el momento en que vengas a pedirme cuentas…

– ¿Es que no tienes la conciencia tranquila? -me ha replicado mirándome y sonriendo-.

– Hago lo que puedo, pero tú sabes mejor que yo qué difícil es verte en los otros -he respondido con algo de vergüenza-. Siempre que escucho: “Al atardecer de la vida me examinarán del amor”, que dijo San Juan de la Cruz, noto como un peso en el estómago.

– Tú lo has dicho; lo sé por experiencia. También mi ser humano se resistía a decir: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,33), cuando me estaban crucificando; pero el Espíritu Santo hizo posible que mi boca lo dijera sinceramente. Y, confidencia por confidencia: ¡No sabes qué satisfacción se siente cuando logras arrinconar el rencor y entregarte a mis humiles hermanos! -ha añadido-. Si el Padre quiso que se os examine del amor, fue porque sólo el amor os hace humanos y felices. Teresa de Calcuta lo decía con humildad: «Sí; tengo muchas debilidades humanas. Pero él baja y nos usa, a usted y a mí, para ser su amor y compasión en el mundo, a pesar de nuestros pecados. Si nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, no nos quedará tiempo para los demás». Y mi Vicario Francisco ha añadido: «Será difícil que nos ocupemos y dediquemos energías a dar una mano a los que están mal si no cultivamos una cierta austeridad, si no luchamos contra esa fiebre que nos impone la sociedad de consumo para vendernos cosas, y que termina convirtiéndonos en pobres insatisfechos que quieren tenerlo todo y probarlo todo».

– Es la infelicidad del que tiene miedo de perderse algo -he concluido retomando el café-. Aunque la muerte, que nos ronda a todas horas, nos tiene permanentemente en vilo…

– ¿Has escuchado hoy la segunda lectura? -ha soltado mirándome fijamente-.

– ¿Por qué lo dices? -he replicado con cara de sorpresa-.

– Porque mi apóstol Pablo escribió a los Corintios algo que no podéis olvidar -me ha dicho después de tomar otro sorbo-. A los de Corinto, como a todo ser humano, la muerte también los tenía en vilo, pero creían que la resurrección no era posible y, por eso, dudaban de que yo hubiera resucitado. Pablo fue tajante: «¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Pero cada uno resucitará en su puesto: primero Cristo como primicia; después, cuando él vuelva, todos los cristianos. El último enemigo aniquilado será la muerte» (1 Co 15, 20-26). Yo soy el primogénito de los que triunfan sobre la muerte, porque el Padre me ha constituido principio de la nueva humanidad. Mi vida de resucitado arrastra tras mis huellas a la humanidad, solidaria conmigo. ¿Entiendes ahora cuánto importa que sepas verme en “mis humildes hermanos”? ¡Somos solidarios: yo con vosotros y vosotros conmigo!

– Supongo que me estás “vendiendo” la fiesta de Cristo Rey -he añadido.

– No te “vendo” nada. Sólo intento que me veas en tus hermanos y seas feliz -ha concluido haciendo un gesto para que yo entendiera que hoy invita él-.