Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del X Domingo del Tiempo Ordinario – B – (09/06/2024)

Nunca hubiera pensado que los parientes de Jesús creyeran que estaba loco. Es lo que Marcos, el evangelista, consignó en el relato que hoy hemos escuchado (Mc 3, 20-35): «al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales». ¿Qué hiciste para que tus parientes dijeran esto? -le he soltado en cuanto lo he tenido delante-.

– Si lees sin prisas las primeras páginas del evangelio de Marcos lo entenderás -me ha respondido después de tomar un sorbo de café-. Marcos escribió un apretado resumen de mi actividad en Galilea cuando empecé a anunciar el reinado de Dios. Aunque yo no era rabino ni formé parte de ningún círculo rabínico, congregué algunos discípulos y con ellos recorrí el territorio anunciando que «el Reino de Dios está cerca» y que se convirtieran y creyeran esta Buena Noticia. En las primeras semanas, apoyé mis palabras en numerosos signos. Marcos recoge la curación de un endemoniado en Cafarnaúm, la curación de la suegra de Simón postrada en cama por la fiebre, la curación de los muchos enfermos que, al enterarse, trajeron a la casa de Simón; después curé a un leproso que andaba desesperado por los caminos y a un paralítico que descolgaron delante de mí levantando las losas del tejado de la casa donde estaba, me atreví a aceptar entre mis discípulos a un conocido recaudador con fama de pecador y comí con él y con otros publicanos y pecadores amigos suyos. Además, discutí con los fariseos sobre el ayuno y sobre algo tan trivial como que mis discípulos arrancaran unas espigas en sábado para aliviar el hambre del camino… Fueron días de mucha actividad que suscitaron esperanza en la muchedumbre, pero que alarmaron a mis parientes, pues nadie en nuestra familia se había comportado así. El perdón de Dios a los pecadores que yo anunciaba, junto con mis diferencias de criterio con los fariseos, les parecieron cosas peligrosas. No te extrañe que se pusieran nerviosos y trataran de apartarme del camino que había emprendido.

– Así que tu familia, en lugar de caer en la cuenta de que en tu actividad se manifestaba la misericordia de Dios, creyó más prudente cortar por lo sano. Prefería que te recluyeras en casa y continuaras con el oficio de artesano que te había enseñado José, del que hasta los tuyos pensaban que era tu padre. ¡Qué poco sabían de ti! Supongo que tu madre, que desde que te concibió meditaba en su corazón la novedad sorprendente de tu vida, sufriría con todo esto.

– No lo dudes. Aquella espada que el anciano Simeón predijo, cuando fui presentado en el templo, que atravesaría su corazón la hirió profundamente, pero ella solo era una mujer y su palabra contaba poco en aquel pueblo y en aquel tiempo -me ha recordado con pena-. Ella fue siempre fiel a la voluntad del Padre; por eso, quise elogiarla cuando me avisaron que mis parientes me buscaban y dije: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios es mi hermano y mi hermana y mi madre». Bien sabía yo que nadie como ella había acogido toda su vida la voluntad de Dios…

– Y la guinda la pusieron aquellos letrados de Jerusalén al acusarte de que expulsabas a los demonios con el poder del jefe de los demonios -he añadido volviendo al relato de Marcos-.

– Esto fue lo más peligroso, pues tal acusación estaba castigada con la muerte por lapidación. Por eso tuve que defenderme y decirles que, si tenía dentro de mí a Satanás y expulsaba los demonios en su nombre, Satanás estaba en guerra consigo mismo y no podría subsistir. Éste es el pecado contra el Espíritu Santo que el Padre no puede perdonar, pues quien se empeña en rechazar la verdad y presume de tener los ojos abiertos y de ver con claridad se condena a vivir siempre en la mentira. Ese ya no tiene remedio…

– ¡Que agitado fue el comienzo de tu misión como predicador del Reino de Dios! -he concluido pensativo antes de despedirnos-.