De Zaragoza a Guatemala: cuando cuidar también es evangelizar

Fabio Ovalle Medina
16 de octubre de 2026

La misión puede comenzar con algo tan cotidiano como escuchar a un enfermo, acompañarlo o curar una herida. Así lo experimentó Eugenia Pamplona, enfermera zaragozana que vivió una experiencia de voluntariado misionero en Guatemala y que, con motivo del centenario del Domund, compartió su testimonio en El Espejo de COPE Zaragoza.

Entrevistada por Rocío Álvarez, Eugenia recuerda que aquella experiencia cambió su manera de entender la enfermería, la pobreza y también su propia vocación cristiana.

Cuando la realidad supera lo imaginado

Antes de viajar, Eugenia se informó sobre Guatemala y su situación social. Pero encontrarse personalmente con una comunidad indígena marcada por una pobreza generalizada supuso un fuerte impacto. La precariedad alcanzaba distintos ámbitos de la vida y también la atención sanitaria, con menos recursos y mayores dificultades para trabajar la prevención, la promoción de la salud y los hábitos saludables.

Su profesión se convirtió entonces en una puerta privilegiada para acercarse a quienes más sufrían. Los cuidados, la escucha y el acompañamiento dejaron de ser únicamente una tarea sanitaria para convertirse también en una forma concreta de vivir el Evangelio. «Intento vivir la enfermería pudiendo mirar como miraría Jesús, o intentarlo por lo menos».

Nadie hace misión en solitario

Eugenia reconoce que llegó a Guatemala pensando que podría «cambiar el mundo». Pronto descubrió algo diferente: una sola persona puede hacer muy poco y la misión necesita comunidad.

Detrás de cada voluntario hay muchas manos: comunidades que sostienen y acompañan; misioneros y voluntarios sobre el terreno; fundaciones y entidades que aportan recursos y personas que colaboran desde sus parroquias mediante la oración y la ayuda económica. Esa experiencia conecta directamente con el lema del Domund, «Uno en Cristo, unidos en la misión».

Volver con otra mirada

El regreso también necesita tiempo. Eugenia explica que tuvo que «reposar» lo vivido hasta encontrarle su lugar, pero la experiencia dejó una huella permanente en su forma de ejercer la enfermería. Ahora concede todavía más valor a aquello que no siempre aparece en un tratamiento: la empatía, el cariño, la escucha y la presencia junto al enfermo.

En el centenario del Domund, su testimonio recuerda que la misión no pertenece únicamente a quienes parten lejos. Cada cristiano puede sostenerla y vivirla desde su profesión, su oración y su propia comunidad.

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