Hay algo que estamos perdiendo… y quizá no nos damos cuenta. En un mundo saturado de mensajes, imágenes y pantallas, corremos el riesgo de olvidar lo más importante: el rostro concreto del otro, la voz que nos habla de verdad, la presencia que no se puede sustituir. Por eso, el mensaje del Papa para la LX Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales no es una reflexión más: es una llamada urgente. “Custodiar voces y rostros humanos” no es una consigna bonita, es una tarea vital.
Porque hoy se puede fabricar casi todo: imágenes que nunca han existido, palabras que nadie ha pronunciado, emociones que parecen reales, pero no lo son. Y, sin embargo, cada vez cuesta más algo tan sencillo como mirarse a los ojos, escucharse de verdad, estar presentes sin prisas ni filtros. Nos comunicamos mucho… pero ¿nos encontramos realmente?
En nuestra diócesis de Barbastro-Monzón esta pregunta toca la vida. Aquí, donde los pueblos se vacían y las distancias pesan, podríamos pensar que estamos condenados al silencio. Pero sucede justo lo contrario: en medio de la fragilidad, emerge una riqueza que el mundo ha olvidado. Aquí todavía hay encuentros, todavía hay conversaciones sin reloj, todavía hay manos que se estrechan y miradas que sostienen. Aquí la fe sigue teniendo rostro.
Y eso es profundamente revolucionario.
Porque mientras el mundo se acostumbra a relaciones cada vez más superficiales, la Iglesia —cuando es fiel a su misión— sigue siendo espacio de encuentro verdadero. La catequesis no es solo transmisión de ideas, es acompañamiento. La visita al enfermo no es un gesto social, es un acto profundamente humano y evangélico. La parroquia abierta, el sacerdote que escucha sin mirar el reloj, el joven que dedica su tiempo al voluntariado… todo eso comunica más que mil publicaciones en redes.
No se trata de rechazar la tecnología. Sería ingenuo y estéril. Pero tampoco podemos rendirnos a ella. El Papa nos advierte: esta revolución digital necesita conciencia, formación y responsabilidad. No basta con estar presentes en las redes; hay que preguntarse qué estamos comunicando y, sobre todo, cómo lo hacemos. Porque se puede hablar mucho… y no decir nada. Y también se puede decir poco… y tocar el corazón.
Nuestra diócesis tiene algo que enseñar en este camino. La memoria de los mártires nos recuerda que la fe nunca fue anónima ni virtual. Tuvo nombres, historias, rostros concretos. Y hoy sigue siendo así. La evangelización no se juega solo en estrategias o en contenidos, sino en la capacidad de ser presencia: cercana, humana, creíble.
Quizá el desafío no sea comunicar más, sino comunicar mejor. O mejor aún: vivir de tal manera que nuestra vida misma comunique. Porque el Evangelio no se impone, se transparenta. Y eso solo es posible cuando hay verdad, cuando hay amor, cuando hay personas que se implican de verdad en la vida de los demás.
Por eso, hoy más que nunca, necesitamos custodiar lo esencial: el rostro del otro, la voz que nos interpela, la vida compartida. Necesitamos volver a una comunicación que no se limite a transmitir información, sino que genere comunión.
Porque al final, lo que salva no son los mensajes… lo que salva son los encuentros.
Y ahí, en lo sencillo, en lo cotidiano, en lo humano… Dios sigue comunicándose.
Con mi afecto y bendición
Ángel Javier Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón
