Cuando cuidar la creación se hace urgente

David López
4 de septiembre de 2026

El verano ha dejado decenas de miles de hectáreas quemadas, pueblos evacuados y heridas que tardarán mucho más que las llamas en apagarse. La Iglesia en Aragón comienza el curso en pleno Tiempo de la Creación, una oportunidad para recordar lo sucedido, acompañar a quienes lo han sufrido y preguntarnos qué podemos hacer para que la custodia de la tierra sea algo más que una buena intención.

Labores de extinción en el incendio de las Peñas de Riglos. Fuente: Infoar. Gobierno de Aragón

Hay paisajes que tardan décadas en formarse y unas pocas horas en desaparecer. Este verano Aragón lo ha vuelto a comprobar. Montes ennegrecidos, campos arrasados, carreteras cerradas, pueblos desalojados y vecinos obligados a abandonar sus casas sin saber qué encontrarían al regresar han acompañado unas semanas que difícilmente podrán olvidar quienes las han vivido de cerca.

El balance todavía es provisional. A finales de agosto, distintas estimaciones situaban ya en más de 44.000 las hectáreas quemadas en Aragón, con cálculos que se acercaban a las 50.000. Es una magnitud excepcional frente a una media anual de unas 3.000 hectáreas entre 2000 y 2025. Tamarite de Litera y Alcampell, Leciñena, Castillonroy, Peñarroya de Tastavins, Ejulve, Orés, Las Peñas de Riglos, Loporzano, Almonacid de la Sierra y otros lugares han ido componiendo durante junio, julio y agosto un mapa doloroso que atraviesa las tres provincias.

Detrás de las hectáreas están las personas. En Orés, Asín y Luesia; en Uncastillo, Malpica de Arba y Petilla de Aragón; en Santa María de la Peña, Triste, Yeste, Botaya, Bailo, Santa Cruz de la Serós y tantas otras localidades, hubo miedo, incertidumbre y noches pendientes de la dirección del viento. Hubo también evacuaciones y la angustia de contemplar cómo las llamas se aproximaban a casas, explotaciones agrícolas y ganaderas, bosques y lugares cargados de memoria.

Seguimos confiando en nuestras comunidades, y renovamos nuestra confianza en Dios

Cuando el paisaje forma parte de la vida

«Hemos contemplado con tristeza cómo el fuego ha herido nuestra tierra, nuestros montes y nuestro entorno», explica Adilson Perera, párroco de Santa María la Peña. No habla solamente de árboles. Habla de lugares que «forman parte de nuestra vida, de nuestra historia y de la memoria de tantas generaciones».

Esa dimensión ayuda a comprender por qué un incendio no termina cuando se retiran los medios de extinción. Se pierde vegetación y fauna, pero también parte del paisaje en el que una comunidad se reconoce. Quedan agricultores y ganaderos haciendo cuentas, caminos por recuperar, infraestructuras dañadas y personas a las que les costará tiempo desprenderse del miedo.

La experiencia, sin embargo, ha mostrado también la otra cara de aquellos días. Lizito Fernandes, párroco de Orés, Asín, Luesia, Uncastillo, Malpica de Arba, Petilla de Aragón y Longás, acompañó junto a otros sacerdotes a los desalojados acogidos en Ejea de los Caballeros. Allí descubrió que «la riqueza de las Cinco Villas no residía únicamente en sus montes, bosques y campos, sino también en sus gentes». Vecinos preparando bocadillos, repartiendo agua, abriendo sus casas o ayudando a bomberos, brigadas forestales, Guardia Civil, Protección Civil y UME hicieron visible, en sus palabras, «el amor concreto que se hace servicio».

Algo semejante había señalado el obispo de Jaca, Pedro Aguado, en los días más difíciles del incendio de Las Peñas de Riglos. Cuando más de un millar de personas permanecían evacuadas y centenares de efectivos luchaban contra las llamas, quiso repetir una palabra: confianza. «Seguimos confiando en la vida, seguimos confiando en nuestra gente, seguimos confiando en nuestras comunidades, y renovamos nuestra confianza en Dios».

Voluntarios colaboran en la extinción del incendio en la provincia de Huesca. Fuente: Jacetania Express

Después del fuego vienen las preguntas

Sería fácil quedarse ahí. En la emoción, el agradecimiento y el alivio de haber regresado a casa. Pero el paisaje quemado obliga también a mirar más lejos.

Los incendios forestales son un fenómeno complejo y no admiten explicaciones únicas ni soluciones improvisadas. El propio Gobierno de Aragón identifica entre los factores de riesgo la elevada carga de combustible forestal, el abandono de prácticas tradicionales de gestión y unas condiciones climáticas cada vez más extremas. La Fundación para la Conservación del Quebrantahuesos recuerda, además, que no se trata simplemente de «limpiar el monte», sino de gestionar mejor la estructura del territorio, reducir la continuidad del combustible en puntos estratégicos, proteger los núcleos habitados y favorecer paisajes más diversos.

También ahí aparecen nuestros pueblos. La conservación del territorio difícilmente puede separarse de quienes viven y trabajan en él. Ganadería extensiva, agricultura, aprovechamientos forestales, prevención, conservación de bosques maduros, protección de las poblaciones y una gestión adaptada a las características de cada zona forman parte de un debate que necesitará conocimiento, inversión y continuidad. Las soluciones simples sirven para una discusión rápida; el monte necesita algo más.

Lizito Fernandes lo expresa desde otra perspectiva: habrá que analizar las causas y aprender para el futuro, pero la reconstrucción no podrá hacerse desde la división. «Nadie podía hacerlo solo; todos eran necesarios», recuerda evocando la reconstrucción de Jerusalén narrada por Nehemías. Ahora habrá también una reconstrucción material y otra más silenciosa: la de las personas que necesitan recuperar la confianza después del miedo.

Del 1 de septiembre al 4 de octubre

En este contexto comienza el Tiempo de la Creación, que las Iglesias cristianas celebran cada año desde el 1 de septiembre, Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, hasta el 4 de octubre, fiesta de san Francisco de Asís. En Aragón, este año no hará falta recurrir a conceptos lejanos para comprender su significado. Bastará mirar nuestros montes.

La Iglesia cuenta además desde 2025 con la Missa pro custodia creationis, la Misa por el cuidado de la creación, incorporada al Misal Romano para ayudar a las comunidades a unir la alabanza al Creador con la responsabilidad sobre aquello que hemos recibido. No es una nueva festividad ni una celebración obligatoria. Es una misa para diversas necesidades y ocasiones que sitúa expresamente ante el altar la relación entre Dios, el ser humano y la creación.

León XIV celebró por primera vez este formulario en julio de 2025, en el Borgo Laudato si’ de Castel Gandolfo. Allí recordó que custodiar la creación forma parte de la misión recibida por los cristianos. Un año después, en su mensaje para la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación de 2026, el Papa ha elegido una imagen del profeta Isaías: «Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas». La paz, explica, alcanza también nuestra relación con la tierra y exige cuidar «los ecosistemas de la creación, de las relaciones humanas y los del propio corazón humano».

La imagen del arado adquiere este septiembre en Aragón una fuerza particular. Allí donde el fuego ha dejado tierra negra habrá que volver a trabajar, restaurar, cuidar y esperar.

Cuidar la creación no es algo secundario

Custodiar no es solamente conservar

El Tiempo de la Creación no puede convertirse, por tanto, en un paréntesis verde dentro del calendario pastoral. Tampoco en una sucesión de declaraciones bienintencionadas. La cuestión es mucho más concreta.

Significa preguntarnos cómo usamos el agua, qué consumimos y qué desperdiciamos. Significa reconocer el valor de quienes siguen viviendo del campo y manteniendo vivos nuestros pueblos. Significa reclamar políticas serias de prevención y gestión forestal y asumir que determinadas decisiones económicas, urbanísticas o territoriales deben incorporar también sus consecuencias ambientales y sociales. Significa escuchar a quienes conocen el monte y dejar a un lado la tentación de buscar una explicación sencilla para un problema que no la tiene.

Para un cristiano hay, además, una razón más profunda. «Cuidar la creación no es algo secundario», recuerda Adilson Perera después de contemplar el fuego desde Santa María la Peña. «Es cuidar la casa común que Dios nos ha confiado».

Quizá este sea el mejor punto desde el que comenzar el nuevo curso.

No olvidando el fuego cuando desaparezcan las imágenes de los informativos. Recordando a quienes perdieron, a quienes tuvieron que marcharse de sus casas y a quienes arriesgaron su vida para protegerlas. Agradeciendo la solidaridad que apareció cuando todo parecía amenazado. Pero también aprendiendo.

Porque llegará la lluvia y sobre la tierra quemada comenzará de nuevo, lentamente, la vida. La pregunta es qué habremos aprendido nosotros cuando vuelva a crecer.

Este artículo se ha leído 124 veces.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Compartir
WhatsApp
Email
Facebook
X (Twitter)
LinkedIn

Noticias relacionadas