Carta del Arzobispo de Zaragoza: «Renovemos nuestra vocación a la santidad»

Carlos Escribano Subías
30 de octubre de 2026

Cada 1 de noviembre, la Iglesia entera se viste de fiesta para celebrar la Solemnidad de Todos los Santos. Es un día luminoso en el que no solo contemplamos a los grandes santos reconocidos en los altares, sino también a esa multitud innumerable de la que habla el Libro del Apocalipsis: hombres y mujeres sencillos que, en la cotidianeidad de sus vidas, amaron a Dios y al prójimo hasta el final. Esta fiesta no es sólo una mirada al pasado para admirar y agradecer el don de tantos santos; es también una invitación directa a nuestro presente. Nos recuerda que la santidad es nuestra vocación fundante, la meta a la que todos estamos llamados por el Bautismo.

A veces pensamos que la santidad está reservada a algunas personas extraordinarias, a místicos o a héroes inalcanzables de otros tiempos. Nos excusamos en nuestras debilidades o en el ritmo ajetreado de la vida cotidiana. Sin embargo, los santos no fueron seres de otro planeta; fueron personas comunes que aprendieron a dejar que la gracia de Dios actuara en sus fragilidades. Ser santo no significa hacer cosas extraordinarias, sino hacer de forma extraordinaria las cosas ordinarias de cada día, poniéndoles amor, verdad y dedicación. En palabras del papa Francisco: “El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados. Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada”. (Gaudete et exultate, 1).

El Papa León XIV (cfr. Catequesis 8 de abril de 2026) ha insistido de forma entrañable en este llamamiento a toda la Iglesia. En sus enseñanzas sobre la vocación cristiana, nos recuerda con rotundidad que “la santidad no es un privilegio para unos pocos, sino un don que compromete a todo bautizado”. Lejos de ser un conjunto de normas éticas rígidas o de sacrificios inalcanzables, la santidad consiste esencialmente en la caridad: el amor a Dios y al prójimo. Se manifiesta en los gestos simples del día a día, en la búsqueda de la justicia y en el compromiso por dejar huellas de fe en la sociedad. Para recorrer este camino no estamos solos. Los sacramentos —y especialmente la Eucaristía— funcionan como el alimento diario que nos transforma desde el interior y nos ayuda a parecemos cada vez más a Cristo.

Reconocer la llamada a la santidad también implica asumir nuestra propia fragilidad. En una Iglesia formada por hombres y mujeres propensos al error, la santidad exige una actitud continua de conversión. No se trata de no equivocarse nunca, sino de renovarse día a día encomendándose al amor y a la gracia de Dios, incluso transformando las dificultades y los sufrimientos cotidianos en oportunidades de crecimiento espiritual.

El Papa nos invita a ver la santidad no como una lista de exigencias o un simple compromiso ético, sino como el desarrollo natural del amor de Dios en nuestras vidas. La santidad es la respuesta gozosa a la gracia que hemos recibido: es ser buenos vecinos, padres y madres pacientes, trabajadores honestos y cristianos que contagian esperanza. En palabras del propio pontífice, sin la luz de los santos, “la historia del mundo sería menos humana”.

Os animo a vivir esta fiesta de Todos los Santos, como un momento de gracia en el que renovemos nuestra vocación a la santidad que surge de nuestro bautismo.

Este artículo se ha leído 40 veces.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Compartir
WhatsApp
Email
Facebook
X (Twitter)
LinkedIn

Noticias relacionadas