Bajemos del Tabor y subamos al Gólgota

La Cuaresma va avanzando y la Semana Santa se acerca. Haya o no procesiones, lo que es seguro es que los cristianos la vamos a celebrar de la mejor manera posible. Tendremos que poner más esfuerzo por nuestra parte al no poder visibilizar la Pasión y muerte de Jesucristo con todas esas manifestaciones colectivas de religiosidad popular que tanto nos ayudan aunque, tal vez por eso, tengamos la oportunidad de vivir una Semana Santa y una Pascua de Resurrección, más auténtica, más desde dentro.

Hay algo que ayuda siempre a vivir bien la Cuaresma y posterior Semana Santa, estemos o no en tiempos de pandemia, tengamos o no exterirorización visible de ella. Y ese algo es la muerte, pensar en la muerte como redimensionadora de la vida. Estamos muy acostumbrados a luchar por la vida, por una vida feliz y plena, por subir al Tabor pero no podemos olvidar que estamos de paso.

Una mala noche en una mala posada, que decía santa Teresa. Esta vida pasa y pasa deprisa y nuestro corazón y nuestra alma están hechos para la otra: la VIDA con mayúsculas. Pensar en la muerte nos lleva al Gólgota porque nos da miedo, pesar, incertidumbre. No en vano, la muerte y el dolor son algunos de los misterios de nuestra fe que debemos aceptar como tal, como misterio.

La muerte de un ser querido, sobre todo si es temprana o especialmente dramática, es incomprensible a nuestros ojos. Nos preguntamos entonces: ¿por qué? Y le pedimos a Dios explicaciones. Tal vez deberíamos pasar del «por qué» al «para qué». El «por qué» solo lo entenderemos en el Cielo. Mientras sigamos aquí, solo cabe la aceptación de la voluntad de Dios que es Padre y nos quiere y sabe más que nosotros lo que conviene a cada uno según su proyecto de salvación.

Buscar el para qué, qué es lo que quiere Dios de mí en esa circunstancia de dolor incomprensible, qué me está «diciendo» con ese acontecimiento, qué bienes espirituales quiere derramar en mí, en esa familia que queda asolada, lleva a agarrarse a Él. Es lo único que da un sentido a la muerte porque da un sentido nuevo a la propia existencia.

Hemos sido salvados en la Cruz. Dios mismo en la persona del Hijo, ha pasado por la muerte para mostrarnos que después hay resurrección y que la vida no termina, se transforma. Miremos al Crucificado, aprendamos la lección que nos da desde la cátedra de la Cruz para vivir sin miedo la vida y sin miedo a la muerte .