Era difícil que, en el año 1972, Franco Zeffirelli esquivase la tentación de dar un toque “hippie” a los personajes de su hermosa y, por muchos motivos, memorable película “Hermano sol, hermana luna”. En plena efervescencia de la generación beat, las vidas de Francesco y Chiara d’Assisi eran un bocado apetitoso para subrayar el perfil contracultural y pacifista de sus singulares personalidades. Sin embargo, entre el siglo XX y el siglo XIII hay una enorme distancia cultural. Francisco y Clara fueron también contestatarios, aunque por otros motivos y con otro perfil.

El 11 de agosto de 1253 moría Clara de Asís, en el convento de san Damián, fuera de las murallas de la ciudad. Tenía sesenta y un años, edad bastante avanzada entonces, y, durante los últimos veintinueve, estuvo aquejada de dolorosas enfermedades. A pesar de su frágil salud, fundó la segunda Orden franciscana, las Clarisas, y consiguió que el papa Inocencio III aprobase su Regla, incluido el “privilegium paupertatis” (“el privilegio de vivir en pobreza absoluta”). Doce años antes de su muerte, postrada ya en el lecho del dolor, hizo retroceder por dos veces a los sarracenos que asediaban Asís; sus armas fueron la oración y su absoluta confianza en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía: ordenó a un sacerdote que, desde la ventana de su dormitorio, mostrase a los atacantes la custodia con el Santísimo Sacramento, y éstos, contra todo pronóstico, levantaron el asedio. Dos años después de su muerte, el papa Alejandro IV, que la había visitado durante su última enfermedad, la declaró santa.

Fue mujer de firme carácter: sabía lo que quería y puso todo su empeño en conseguirlo. Cuando escasamente había superado la adolescencia, rechazó el ventajoso matrimonio que se le proponía; abandonó la casa de sus padres, blasonada de nobleza, y se refugió en la Porciúncula, fuera de los muros de Asís, donde se consagró a Cristo para siempre. A través de Francisco -“el loco cuyas palabras le parecían inflamadas y las obras sobrehumanas”-, había descubierto a Jesucristo y le fascinó; decidió seguirle, como Francisco, “sin glosa”, es decir: sin esas explicaciones acomodaticias y edulcorantes con las que tantas veces se quiere hacer digerible el Evangelio.

Se conservan sus cartas a Inés de Praga, en las que le invita a mirarse en el espejo, que es Jesucristo: en él “brilla la dichosa pobreza, la santa humildad y la inefable caridad” -le dice- al tiempo que desgrana el contenido de estas virtudes en la contemplación del nacimiento, vida y pasión del Hijo de Dios hecho carne. Enamorada de Jesucristo, como estaba, es coherente que buscase “el privilegio de no gozar de privilegios”, como él, que siendo rico se hizo pobre por nosotros.

Mucho me temo que, cuando el feminismo al uso tacha despectivamente a la Edad Media de caldo de cultivo del denostado patriarcado, desconoce la peripecia existencial de ésta y otras mujeres de aquella época, con iniciativa, criterio y tesón suficientes como para dejar huella en la historia. Pero tampoco sabían mucho de ellas aquellos contestatarios que levantaban los adoquines de París en busca de la playa, y terminaban arrojándolos contra los que se les oponían. Cuando se pretende asimilarlas a los modernos movimientos pacifistas y libertarios, falta un dato que lo cambia todo: la motivación que movió a Clara de Asís, a Catalina de Siena, a Teresa de Jesús, y a otras muchas, cuyo elenco sería prolijo.