Un obispo inolvidable: la diócesis de Huesca homenajea a D. Javier Osés Flamarique

Miguel Barluenga
27 de octubre de 2026

La diócesis de Huesca ha recordado este martes a don Javier Osés Flamarique al cumplirse 25 años de su fallecimiento, ocurrido el 22 de octubre de 2001. Fue obispo auxiliar, administrador apostólico y, durante casi un cuarto de siglo, obispo de Huesca. Cerró el acto académico el obispo de Huesca y de Jaca, el padre Pedro Aguado Cuesta, que ha anunciado la decisión de la comisión episcopal de la diócesis de iniciar los trámites con la Santa Sede para impulsar el proceso de canonización del que fuera obispo entre 1976 y 2001.

El encuentro, celebrado a las 19:00 h en un Teatro Salesiano abarrotado, comenzó con la ponencia del cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona, que trató a don Javier como obispo auxiliar, como vicario episcopal en la Archidiócesis de Zaragoza y como obispo de Barbastro-Monzón, y coincidió con él en la Comisión de Pastoral Social de la Conferencia Episcopal Española.

Cerró el acto el obispo de Huesca y de Jaca, el padre Pedro Aguado Cuesta, que desde el primer día se dio cuenta de lo amado que era don Javier en la diócesis, «siempre cercano, muy amable y entregado a todos». Omella eligió una expresión del papa Francisco para definirlo: «Quiero que los sacerdotes y los obispos sean de olor a oveja, que estén con el pueblo». Y añadió: «Creo que le cae muy bien ese título a don Javier. Era un hombre pastor, inteligente, muy vivo, muy alegre, de gran corazón, pero muy cercano».

Para describir esa cercanía recordó que, en las reuniones de obispos, don Javier contaba anécdotas de los pueblos de Huesca, siempre con nombres y apellidos y con su toque de gracia. «Creo que conocía hasta los gatos y perros de cada pueblo», bromeó el cardenal. Recordó también que saludaba a todos por la calle, que se acordaba de los nombres de los feligreses ingresados en el hospital y que hablaba un lenguaje que la gente entendía: «el vuestro, de navarro y de aragonés y de oscense».

Un hombre de oración, de Iglesia y de los pobres

El cardenal destacó tres rasgos de su personalidad. El primero, su vida de oración: quiso subrayar que su acción social «venía de una fuente, que era el encuentro personal con Dios». Recordó que regalaba a los seminaristas el breviario y que decía a los jóvenes en las confirmaciones: «Rezar no es una obligación, es un derecho que Dios nos ha dado porque somos hijos suyos».

El segundo, su amor a la Iglesia «con sus defectos, que son los míos y los tuyos». Omella señaló que don Javier abrió cauces de participación a laicos, sacerdotes y consagrados, y que se adelantó a lo que hoy se llama una Iglesia sinodal. Lo describió como un obispo «servidor de la comunión», que «aguantó, calló y perdonó» y no quiso alimentar discordias.

El tercero, su cercanía a los pobres y a los más vulnerables, que se manifestó en su compromiso con la pastoral social y con el mundo obrero. Como muestra, contó que, el día del funeral, un hombre de etnia gitana se le acercó en la calle, conmovido: «He perdido a mi padre… mi padre, el obispo».

Los últimos días

El cardenal evocó el tramo final de su vida, marcado por la enfermedad. Don Javier decía entonces que tenía «tiempo de rezar despacito», y sus hermanas le oían recitar la oración de abandono de Carlos de Foucauld. Tres o cuatro días antes de morir, ingresado en Pamplona, pidió a su hermana que llevara un mensaje a otro enfermo del hospital: «Descansa en la cruz de Cristo. En ella se encuentra la dulce presencia del Resucitado». A un sacerdote le dijo, ya cerca del final: «Qué ganas tengo de ver a Dios».

Omella no omitió los humanos defectos con que lo recordaban sus allegados: le costaba tomar decisiones drásticas porque no quería herir a nadie, y a veces dejaba claro que ya sabía lo que le estaban contando. «Nadie es perfecto, pero cuánta riqueza, cuántos valores», concluyó. Terminó pidiendo que don Javier siga acompañando desde la casa del Padre a la Iglesia que peregrina en el Alto Aragón: «Qué gran pastor habéis tenido».

Una mirada coral

Tras la ponencia se celebró una mesa redonda, coordinada por el periodista Nacho Gracia, en la que compartieron su recuerdo personas que convivieron con don Javier en distintos ámbitos pastorales, humanos y administrativos: la hermana Pilar Aso, de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana; Mari Carmen Almudévar, de Cáritas Huesca; Antonio Bravo, sacerdote que perteneció a la diócesis de Huesca; y Germán Arana, jesuita que acompañó espiritualmente a don Javier en su última etapa.

Eucaristía en la Catedral

Los actos concluirán mañana, miércoles 28 de octubre, a las 19:00 h, con una eucaristía en sufragio por don Javier Osés en la Catedral de Huesca. La presidirá el obispo de Huesca, el padre Pedro Aguado Cuesta, y participarán obispos de las diócesis aragonesas, en señal de comunión y gratitud por su servicio episcopal.

Una vida entregada a la Iglesia oscense

Don Javier Osés Flamarique nació en Tafalla (Navarra) el 23 de agosto de 1926. Estudió en el Seminario de Pamplona y en la Pontificia Universidad Gregoriana, donde se licenció en Sagrada Teología y se doctoró en Derecho Canónico. Fue ordenado sacerdote el 19 de marzo de 1950. Su servicio en Huesca se desarrolló en tres etapas:

Obispo auxiliar de Huesca (1969-1973), nombrado por Pablo VI.
Administrador apostólico (1973-1977), primero con sede plena y después con sede vacante, tras el fallecimiento de monseñor Lino Rodrigo Ruesca.
Obispo de Huesca (1977-2001), ministerio que ejerció durante 24 años, hasta la aceptación de su renuncia en agosto de 2001.

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