Hay santos que pertenecen a un lugar. Y hay santos que convierten ese lugar en camino.
San Ramón fue uno de ellos.
Novecientos años después, podemos contemplarlo como uno de los grandes misioneros de nuestra diócesis. No esperó a que la gente acudiera a él: salió a su encuentro. Recorrió pueblos, acompañó comunidades, levantó y consagró iglesias, atendió a los más necesitados y anunció el Evangelio con su vida. Y al ser expulsado de Barbastro y conocer el destierro, siguió siendo pastor. Le arrebataron una sede, pero no le pudieron arrancar su pueblo del corazón, no pudieron quitarle la misión.
Este domingo celebramos cien años de DOMUND. Cien años recordándonos que el corazón de la Iglesia no conoce fronteras por los que nos felicitamos y felicitamos, de corazón, a Obras Misionales Pontificias. Gracias por mantener encendida la llama misionera; por despertar vocaciones; por acompañar y sostener a nuestros misioneros; por conseguir que nuestra oración y nuestra generosidad se conviertan, tantas veces, en esperanza concreta para tantos pueblos y personas.
Y aquí san Ramón y el DOMUND se dan la mano. Ramón cruzó los Pirineos. Hoy nuestros misioneros cruzan mares, fronteras, lenguas y culturas.
¿Y nosotros?
También nosotros somos misión. Hemos estructurado nuestra diócesis de forma misionera. Pero necesitamos algo más: volver a creer que también de nuestros pueblos, parroquias, familias y colegios pueden salir nuevos misioneros.
Jóvenes, podemos rezar, compartir nuestros bienes y sostener a quienes marcharon lejos. Pero igual Dios te pide algo sublime: tu vida. Os lo digo al oído y al corazón: ¿Y si Dios estuviera soñando contigo? ¿Y si entre tantos proyectos que haces para tu futuro hubiera uno que todavía no te has atrevido a imaginar?
Pregúntale alguna vez, sin miedo: «Señor, ¿dónde me necesitas?» Quizá no tengas que cruzar un océano. O quizá sí. Pero todos tenemos nuestros pequeños “Pirineos” que atravesar: la comodidad, el miedo, la indiferencia, el qué dirán, el vivir solamente para uno mismo. San Ramón los cruzó.Y descubrió que al otro lado había personas que lo esperaban.
En este DOMUND centenario, nuestra mejor manera de honrarlo será convertir su memoria en misión. Porque una Iglesia encerrada se apaga. Una Iglesia misionera, en cambio, se parece a Jesús: sale, busca, encuentra, acompaña, sirve y genera esperanza.
Hace novecientos años, Ramón cruzó los Pirineos para traernos el Evangelio. Ahora el Evangelio necesita nuestros pies.
San Ramón salió.
¿Y tú?
Con mi afecto y bendición
Ángel Javier Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón
