Opinión

José Merín Fernández

Una sociedad que ha olvidado cómo escuchar

15 de septiembre de 2026

La falta de vocaciones sacerdotales suele explicarse con una frase sencilla: hay menos cristianos y, por tanto, menos jóvenes que puedan plantearse entregar su vida al sacerdocio. Pero quizá la realidad sea más compleja. No se trata solamente de cuántas personas siguen creyendo, sino también de la sociedad que estamos construyendo y de la manera en que hemos aprendido a entender nuestra propia vida.

Durante generaciones, formar una familia, tener hijos, entrar en una congregación religiosa o hacerse sacerdote formaban parte de las posibilidades que una persona podía contemplar al pensar en su futuro. Hoy el horizonte parece diferente. Vivimos en una cultura que invita constantemente a elegir, construir el propio proyecto y buscar la realización personal. Tenemos más posibilidades que nunca para decidir quién queremos ser, pero quizá nos cuesta cada vez más entregar la vida a algo que vaya más allá de nosotros mismos.

Ahí aparece una de las dificultades para comprender la vocación sacerdotal. El sacerdote no entiende su vida únicamente como algo que posee, sino como algo que puede entregar. Su existencia no se orienta únicamente al bienestar personal ni a la acumulación de logros, sino al servicio de Dios y de los demás. En una sociedad acostumbrada a preguntarse qué queremos o qué podemos conseguir, el Evangelio propone una lógica muy diferente: poner la propia vida al servicio de los demás.

El lugar desde el que comenzamos

Esta reflexión sobre la vocación conduce también a otra realidad: la desigualdad de oportunidades. Con frecuencia hablamos de libertad individual como si todos comenzáramos el camino desde el mismo lugar. Sin embargo, nadie elige la familia en la que nace, su situación económica, el barrio en el que crece o las oportunidades educativas que tendrá.

Los datos del Instituto Nacional de Estadística ayudan a poner cifras a esa realidad. Entre los adultos que crecieron en hogares cuya situación económica era mala o muy mala, en 2023 el 24,6 % se encontraba en el quintil de ingresos más bajo, mientras que solo el 9,2 % había alcanzado el más alto. El dato no significa que sea imposible cambiar las circunstancias de partida, pero sí que el lugar desde el que comenzamos condiciona nuestras posibilidades.

Algo parecido puede suceder con la fe. Hay personas que crecen en familias y comunidades donde hablar de Dios, de la Iglesia, del servicio o del sacerdocio forma parte de la vida cotidiana. Otras llegan a la edad adulta sin haber tenido prácticamente ninguna ocasión de plantearse esas cuestiones. Una vocación necesita también un entorno que permita descubrirla. Quizá algunas vocaciones no desaparezcan porque Dios haya dejado de llamar, sino porque nunca llegan a encontrarse con las condiciones necesarias para escuchar esa llamada.

Demasiado ruido para escuchar

La sociedad actual está llena de voces. Publicidad, redes sociales, opiniones, expectativas y mensajes compiten continuamente por nuestra atención. Se nos anima a decidir, avanzar, producir y construir nuestro propio camino. Pero una vocación exige también detenerse.

Cristo no llamó a sus discípulos ofreciéndoles una vida cómoda ni prometiéndoles éxito. Les pidió que le siguieran, que dejaran cosas atrás y que pusieran su vida al servicio de los demás. «No he venido para ser servido, sino para servir».

Seguir a Cristo no consiste únicamente en añadir la fe a una vida ya construida. Supone dejar que la fe transforme la manera de entender esa vida. Los logros, el tiempo y las capacidades pueden convertirse en instrumentos puestos al servicio de algo que trasciende al individuo.

Desde ahí puede entenderse también la dificultad actual para hablar del sacerdocio. No se trata simplemente de elegir una profesión. Se trata de responder a una llamada y aceptar que la propia existencia puede ser entregada a los pobres, a la Iglesia y a Dios.

Una sociedad dividida

A esta dificultad se suma otra transformación que afecta a la convivencia. La sociedad parece fragmentarse cada vez más. Las diferencias de opinión, que forman parte de cualquier comunidad plural, se convierten con demasiada facilidad en enfrentamientos personales. Ya no siempre discutimos sobre ideas: juzgamos a quienes las defienden.

Y así es como aparecen los «bandos». Dejando de intentar comprender al que piensa de otra manera y comenzando a verlo como alguien que está enfrente. La política, la cultura, la religión e incluso las relaciones personales pueden terminar convertidas en campos de batalla donde importa más vencer que comprender.

También aquí el Evangelio plantea una respuesta incómoda: la fraternidad. Amar al prójimo adquiere su verdadera dificultad cuando ese prójimo piensa diferente, nos contradice o incluso nos resulta difícil de comprender.

La pluralidad es necesaria. El debate también. Pero cuando el otro deja de ser un semejante para convertirse en enemigo, la diferencia deja de ser una riqueza y comienza a convertirse en una barrera.

Volver a mirar al otro

En este contexto, la Iglesia puede recordar algo que la sociedad corre el riesgo de olvidar: que la dignidad de una persona no depende de su dinero, de su ideología, de su posición social ni de sus éxitos.

Desde la mirada cristiana, cada persona es criatura de Dios y está llamada a ser amada. Esa convicción cambia también la forma de mirar la pobreza. El pobre no es únicamente una estadística o un problema que resolver. Es una persona con la misma dignidad que cualquier otra.

Esta mirada también puede aplicarse a las vocaciones. Si Dios continúa llamando, como cree la Iglesia, el desafío no consiste únicamente en encontrar más candidatos al sacerdocio. Consiste también en crear comunidades donde una persona pueda detenerse, conocer la fe y descubrir que entregar la propia vida sigue siendo una posibilidad real.

¿Para qué queremos nuestra vida?

La cuestión, por tanto, va mucho más allá del número de sacerdotes que habrá en el futuro. En el fondo, plantea una pregunta decisiva para toda la sociedad: ¿para qué queremos nuestra vida?

No sabemos todavía si estamos ante una época de decadencia o ante una profunda transformación. Probablemente haya elementos de ambas. Hay realidades que estamos perdiendo y que merecen ser recuperadas, pero también cambios que pueden abrir caminos nuevos.

Si la respuesta es únicamente para nosotros mismos, resulta comprensible que cada vez sean menos quienes estén dispuestos a entregar toda su existencia. Pero si todavía somos capaces de creer que una vida entregada puede tener más sentido que una vida simplemente acumulada, la vocación sacerdotal conserva toda su fuerza.

Quizá el desafío no consista únicamente en conseguir más vocaciones. Quizá consista, antes que nada, en recuperar espacios de silencio, comunidades capaces de acompañar y una mirada que vuelva a descubrir al otro. Porque una persona difícilmente puede escuchar una llamada cuando todo a su alrededor le enseña únicamente a escucharse a sí misma.

Y entonces quizá pueda volver a escucharse una respuesta sencilla, pero que exige toda una vida: «Aquí estoy, Señor».

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