Opinión

Thalía López Sancho

Educar para la vida y el corazón:

14 de septiembre de 2026
El mes de septiembre siempre llega con un ritmo acelerado. Volvemos a ver las calles llenas de mochilas nuevas, el olor a libros de texto por estrenar y las prisas de la mañana para llegar a tiempo al colegio. Los niños y jóvenes regresan a las aulas para llenar sus mentes de matemáticas, ciencias e historia. Sin duda, la preparación académica es vital, pero este regreso a las clases nos plantea una pregunta de fondo: ¿dónde se aprende a ser buena persona? Como nos recuerda el libro de los Proverbios: «Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él» (Proverbios 22:6). La gran pregunta es qué camino les estamos enseñando a transitar.
A menudo caemos en el error de delegar toda la formación de las nuevas generaciones en los profesores. Sin embargo, las asignaturas más importantes de la vida no vienen en un plan de estudios oficial. La empatía, el perdón, la honestidad y el compañerismo no se evalúan con una nota del uno al diez. San Pablo nos daba el verdadero «temario» de vida en su carta a los Gálatas, cuando hablaba de los frutos del Espíritu: «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza» (Gálatas 5:22-23). Estas virtudes no se memorizan para un examen; se contagian, se respiran y se cultivan en el hogar y en la comunidad.
La verdadera educación comienza alrededor de la mesa familiar. Es en casa donde los hijos descubren qué es el respeto y la compasión. La escuela puede enseñarles cómo funciona el mundo, pero es la familia la que les enseña a mirar ese mundo con los ojos de Jesús. Es volver a la esencia de lo que Dios pidió a su pueblo desde el principio: «Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino» (Deuteronomio 6:6-7). Educar en la fe no es una clase dominical, es una conversación diaria a través del ejemplo.
Por eso, el inicio de la catequesis y de los grupos juveniles en nuestra iglesia no es un simple pasatiempo; es un espacio indispensable. Aquí, en la comunidad, es donde el Evangelio se vuelve práctico a través del compañerismo real. En la iglesia aprenden que el éxito no consiste en pasar por encima de los demás, sino en ponerse al servicio del otro, siguiendo el mandato de Cristo: «El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor» (Mateo 20:26). Aprenden a incluir al que se siente solo en el patio y a descubrir que no están solos frente a las presiones del mundo.
Al comenzar este nuevo curso, el desafío es para nosotros, los adultos. No nos limitemos a comprarles los mejores útiles escolares o a exigirles calificaciones perfectas. Hagamos el compromiso de ser sus mejores maestros en el arte de amar. Que nuestras casas sean escuelas de paz y nuestra iglesia el lugar donde, como dice el Salmo 1, nuestros niños crezcan «como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo». ¡Buen inicio de curso para todos!
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