Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del XXIV Domingo del tiempo ordinario – ciclo A – 13 de septiembre de 2026.
Tanto hoy como ayer, las ofensas personales amenazan con enfrentar a los miembros de cualquier comunidad, también a los de la comunidad cristiana, y, si el domingo pasado Jesús propuso un protocolo para la corrección fraterna en el seno de la comunidad, en el Evangelio de este domingo (Mt 18, 21-35), al responder a la pregunta que le hizo Pedro como portavoz del grupo de los discípulos, ha insistido en la dimensión ilimitada del perdón. Cuando he visto entrar a Jesús en la cafetería he pensado: aquí tengo a quien va a decirme cómo lograré perdonar a los que me ofenden, porque, en algunas ocasiones, no me resulta nada fácil…
– ¿Qué traes hoy en tu cabeza para que tengas la cara con esos rasgos de preocupación? -me ha dicho cuando nos hemos saludado-.
He puesto una taza de café al alcance de su mano y le he respondido:
– Hoy no voy a pedirte aclaraciones, sino ayuda. Tanto tu respuesta a la pregunta de Pedro como la parábola en la que la apoyaste son diáfanas. A Pedro le dijiste que perdonara siempre, porque, si entre la gente de tu tierra el número “siete” significaba “la totalidad”, tu expresión “setenta veces siete” no podía significar otra cosa que un ¡siempre, siempre, siempre!, como diría el papa Francisco.
– Hasta aquí estás en lo cierto -me ha dicho sonriendo para darme confianza-. Entonces, ¿qué es lo que quieres aclarar?
– No quiero aclarar tu respuesta, sino pedir ayuda -le he dicho, disponiéndome, con un sorbo de café, a confiarme a él-. Por lo que he leído en tus Evangelios, hablaste muchas veces de la obligación que tus discípulos tenemos de perdonar, incluso antes de presentar una ofrenda ante el altar, si queremos que sea aceptada por el Padre (Mt 5, 23-24). Y no digamos lo clara que es la conclusión de tu parábola en el Evangelio de hoy: «¿No debías tú también tener compasión de tu compañero como yo tuve compasión de ti…?»
– Entonces, ¿qué quieres que te diga? Sólo puedo repetirte lo que dije al escriba que me preguntó quién era su prójimo y yo le respondí con la parábola del buen samaritano: “Anda, y haz tú lo mismo que hizo aquel samaritano”.
– Quiero que me digas cómo puedo perdonar “setenta veces siete” –he dicho concluyendo la pregunta que había quedado en el aire–. Lo difícil no es detestar aquel comportamiento tan diferente de los dos deudores, que propone tu parábola, sino llevar a la práctica la enseñanza que pretendías inculcarnos; lo difícil es perdonar ¡siempre, siempre, siempre!
– Ahora entiendo por qué traías el rostro tan cariacontecido. Y yo te digo que perdonar es difícil, pero no imposible. Utiliza algo de tu tiempo para contemplar cómo reaccioné durante mi pasión: ¿cuál fue mi súplica al Padre mientras moría crucificado y qué respondí a aquel bandido crucificado a mi lado cuando me pidió que me acordara de él en el Reino? ¿No has oído hablar del testimonio de tantos mártires que han muerto perdonando a sus verdugos? ¿Cómo crees que lo consiguieron? No lo dudes: con la oración que les dio fuerzas para imitarme. Y una última cosa: cuando tengas delante a quien te ha ofendido, no olvides que tú ya has sido perdonado por el Padre. No hay otros caminos -me ha dicho apurando su café-.
Lectura del santo Evangelio según san Mateo (18, 21-35).
En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó: «Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces? Jesús le contesta: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por esto se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole toda la deuda. Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: “Págame lo que me debes”. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».
Palabra del Señor.