Opinión

Nerea Vigo Iglesias

Efluvios de un alma sibilina

¿Qué nos hace verdaderos?

11 de septiembre de 2026

Llega septiembre, y con él el punto de inflexión que constituye, para algunos afortunados, un nuevo comienzo. Siempre que ocurre algo semejante uno tiende a preguntarse por la verdad que a ello subyace y que torna cada paso significativo. Yo me preguntaba estos últimos días lo mismo y, pensando sobre (y en) ello, me encontré de nuevo con Dios.

Septiembre es extraño. Los últimos latidos del verano se entrecruzan con algún que otro contrapunto de nerviosismo, y pronto la melancolía comienza a erguirse como la clave que estructura nuestra perspectiva. La serenidad que hasta ahora había aquietado nuestra alma deja paso a una nueva sensación de inquietud que conforma enseguida un interrogante al que debemos hacer frente: ¿y ahora qué?

Ahora nosotros, ahora yo; un nuevo escalón. Pero lograr la voluntad para subirlo requiere antes haber respondido a la pregunta que otorga nombre a este pequeño escrito: ¿qué nos hace verdaderos? Dicho de otro modo: ¿qué (y cómo) nos garantiza continuidad en las múltiples discontinuidades que conforman nuestra vida?

Ante esta pregunta, Dios sonríe. Sabe, como sabemos nosotros, que Él es la única respuesta posible a semejante cuestión. Sin embargo, responder va más allá o, mejor dicho, más acá. Implica, por nuestra parte, desplegar nuestra existencia en ella. Y existir ‘en’ Dios no es poca cosa. Él nos mira. Aguarda, paciente, a que respondamos. Sabemos qué nos hace verdaderos, pero ¿sabemos cómo debemos orientarnos en esa Verdad?

La respuesta a esto es también sencilla, porque el método, en este caso, no difiere de la propia verdad. Y creo que podemos esbozarlo en cuatro movimientos que nos devuelven, con más intensidad si cabe, a la sonrisa que Dios nos brinda. Esta se escucha; no con los oídos, sino con el alma. Pero saber ‘escuchar’ con ella implica poder hacerlo, también, con el pensamiento. ¿Y esto cómo se hace? Con la imaginación, esa facultad que tendemos a desestimar y que, en realidad, puesta en juego constituye una potencia difícil de igualar. Gracias a ella vemos posibilidades en cosas que de otro modo permanecerían inertes a nuestro alrededor. Configura lo disperso en un patrón significativo y nos permite orientarnos en lo que otrora permanecía incierto. Con su ejercicio la Realidad ya no es una puramente dada y, por tanto, muda ante nosotros; ahora lo posible comparece dentro de lo presente. ¿Qué es, pues, imaginar? Percibir que lo real tiene profundidad. ¿Y qué hace uno con esta repentina riqueza? Apropiársela sin medida. Y entonces, yerra.

La clave para sortear esta tentación, que arraiga allí donde estamos más próximos a nosotros mismos, es la humildad. Ella impide que configuremos armazones del ser que, mediante la acumulación indiscriminada de realidad, terminarían clausurándonos y aplastándonos.

La humildad evita nuestra implosión porque inaugura una distancia entre lo que verdaderamente somos y aquello que no somos, pero que forma parte de la Realidad. Cuando uno es humilde puede juzgar, y mediante ese ejercicio se mantiene en tensión respecto de lo otro, pudiendo seleccionar para sí únicamente aquello que realmente le complementa, manteniendo el hiato (existencial) que acabo de esbozar. Hay quienes desestiman esta virtud por suponer que quien es humilde “se queda sin nada”. ¡Vaya ‘nada’ más extraña, entonces! Si precisamente por ser humilde uno puede adentrarse mejor en el todo, porque no se pierde en él en ningún momento, inaugurando un espacio propio que de otro modo permanecería cubierto por el óbito de la indiferencia… Pero cuidado, porque si únicamente nos valemos de la imaginación, pronto su tendencia a la infinitud superará la fragilidad de la humildad. Esta necesita un bastión en el tiempo, entereza ante (y en) la existencia. Cuando Dios nos alienta y nos sostiene podemos hablar ya de fortaleza mayúscula, pudiendo, así, durar. Y esto es importante resaltarlo porque el tiempo, ese que también pasa desapercibido, introduce una tensión que ninguna idea puede resolver de una vez. Somos lo que somos y, a la vez, aquello que todavía estamos llegando a ser. Entre ambas cosas se despliega la existencia. La fortaleza sostiene el arco de nuestra imaginación sin romperlo, conserva la tensión sin convertirla en desesperación y nos confiere los límites necesarios para poder habitar algo que, de otro modo y como ya he señalado antes, nos aplastaría.

Permanecemos, aunque ante Dios seamos solo un suspiro. Pero también tenemos dirección, intención o, mejor dicho, esperanza. Ella rasga el presente e inaugura un futuro que todavía no posee forma, pero que ya puede orientar nuestros pasos, porque lo posible no se agota en lo visible y el mañana puede siempre traer consigo una vía que hoy ni siquiera podemos soñar. Por eso, quizá, la esperanza se parece al amanecer: primero no es más que una claridad mínima, casi imperceptible, pero ella sola basta para transformar la noche. La luz que viene no necesita haber llegado para comenzar a ordenar el camino. Velamos, pues, ya, que todavía no es de día, que todavía es septiembre pero Dios ya nos mira.

Y nosotros le miramos a Él. Allí descubrimos la Verdad: nos sonríe, y le devolvemos la sonrisa, aunque en la nuestra se dibuje la sombra de la melancolía. No deja de ser, sin embargo, una sombra. Es un contorno de nosotros mismos que no logra imponerse a la alegría que suscita un nuevo día y que ilumina como sólo el cielo sabe hacer alma, sonrisa y persona.

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