Opinión

Ángel Calvo Cortés

Vino, felicidad y fe personal

9 de septiembre de 2026

Desde que lo estudié en clase de Literatura me llamó la atención el escritor norteamericano Julien Green. A él, cuando tenía unos 16 años le entraron ganas de convertirse al cristianismo. Estuvo una temporada observando las caras  de los que salían de las iglesias. Si allí se encuentran con Dios, tendrían que salir con rostros alegres, serenos, y luminosos. Y se preguntaba: ¿dónde dejaron la alegría de la Pascua? Antes de haber nacido este poeta, el gran filósofo Nietzsche había dicho casi textualmente lo mismo: Tendrían que cantarme mejores cánticos para que yo aprendiera a creer en su Salvador, sería necesario que tuvieran un aire más alegre, de resucitados. Yo creería si tuvieseis cara de personas salvadas (aunque solo fuese en esperanza Rm 8,24)

Reflexionando un poco, no se tarda en caer en la cuenta de que el poeta J. Green y el filósofo Nietzsche están diciendo lo mismo que María en la ilocalizable Caná: NO TIENEN VINO.

Jesús predicó el Reino (reinado) de Dios y dijo que era como un banquete de bodas (Mt 22), celebración de ambiente alegre en la que no puede faltar el vino, símbolo de la alegría y de la presencia del Mesías. En la viña del Señor hay que trabajar por la felicidad de todos los demás, no exactamente por el proselitismo de un grupo al que hay que adherirse.

Y ¿en la Iglesia de hoy? La impresión de muchos no es que con el cristianismo se adquiere energía, libertad y alegría sino, sobre todo, se aceptan obligaciones y normas, resignación, aceptación del sufrimiento, aburridos ritos de siempre y sumisión al Derecho Canónico que decide el clero. Son pocos los grupos de cristianos conscientes de que crear y contagiar felicidad es tarea primordial de su fe que ha de sembrar esperanza y manifestar una alegría nacida desde dentro sin remilgos espiritualoides.  A los creyentes se nos pide el testimonio de la felicidad. No dar este ejemplo es tan improcedente como ir a una boda sin el traje adecuado (Mt 22:11,14). Son muchas las misas que en sus textos y en sus ritos carecen de la alegría de una boda.

¿Qué leo personalmente  en la Biblia sobre la felicidad? Fundamental me parece el Salmo 104, 15 “El vino alegra de corazón del hombre”. El vino es el símbolo gráfico y palpable de la felicidad. Para mí, es muy bonito cómo se narra en Núm 13:23 la llegada de los exploradores con un enorme racimo de uvas sostenido por dos hombres. Así describen lo super felices que serán en esa tierra que les da Dios. Antes de que el escudo nacional fuese la estrella de 6 puntas (el Magen David), cumplía con creces esa función una hoja de parra. Según el historiador judío, Flavio Josefo, el portón del santuario del templo estaba coronado con cepas de oro cuyos racimos eran del tamaño de un hombre. Las monedas del rebelde anti-romano Simon bar Kochba (año 135) tenían por un lado una hoja de parra y por otro el texto “por la libertad de Jerusalem”. Era como decir, nuestro pueblo es de personas felices y libres. 

Desde luego, el Mesías traerá la felicidad para todos. Fueron muchas las tradiciones populares similares a esta que te pongo y que subrayaban la abundancia de vino cuando llegué el Mesías: Cuando venga el Mesías se necesitará un asno para transportar el fruto de una sola cepa y de una sola uva se obtendrán 30 jarras de vino. La felicidad será plena. La narración simbólica de las Bodas de Caná quiere afirmar que Jesús es el Mesías por la abundancia de vino bueno. ¡600 litros de agua convertidos en vino inmejorable! Si falta el vino, es que falta el Mesías.

Jesús es la vid verdadera y actual (Jn 15:1-8), pide que se guarde en odres nuevos cada vez porque el tiempo pasa, la cultura cambia.

¿Nos preocupa el ambiente de convivencia alegre en nuestras parroquias o lo consideramos como algo accesorio? Trabajar en la viña del Señor  es trabajar por la felicidad humana (interna y externa). Tu sonrisa es parte de tu fe.

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