José Antonio Ibáñez y Rafael Castro: «Ahora empieza lo más importante: nuestro servicio»

Fabio Ovalle Medina
5 de septiembre de 2026

A unos días de su ordenación como diáconos permanentes, José Antonio Ibáñez Martínez y Rafael Castro Martín han visitado los micrófonos de El Espejo de COPE Zaragoza para compartir cómo han vivido su proceso vocacional y qué significa para ellos responder a la llamada de Dios desde el ministerio del diaconado permanente.

https://youtu.be/F7-BRBxXB9E

A continuación, reproducimos la transcripción completa de la entrevista realizada por Rocío Álvarez, delegada de la Oficina de Medios de la Archidiócesis de Zaragoza.

Rocío Álvarez: Para contarnos cómo están viviendo estas horas previas, tras su reciente profesión de fe en el Arzobispado, hoy nos acompañan en el estudio dos de los futuros ordenandos: José Antonio Ibáñez Martínez y Rafael Castro Martín. Bienvenidos a los dos y enhorabuena.

Un placer teneros aquí con nosotros. José Antonio, comenzamos contigo. Cada proceso vocacional es único. En tu vida cotidiana, en medio de tus ocupaciones, ¿en qué momento o a través de qué vivencia sentiste por primera vez que Dios te estaba pidiendo dar este paso hacia el diaconado permanente?

José Antonio Ibáñez Martínez: Bueno, pues esto es algo que no es que llegase de golpe. Esto ha sido, como bien dices, un proceso que ha ido marcando poco a poco mi existencia. A ver, yo no puedo decir que haya estado ajeno a lo que es la religión y tal; siempre le he tenido mucho respeto. Me he educado en la religión y así me han educado, pero sí que he vivido de espaldas y de una forma muy, muy liviana mi fe, hasta que, por circunstancias, por una serie de acontecimientos que vienen en la vida, pues el Señor, que siempre está ahí, aparece en tu vida.

Y, bueno, pues lo que empezó, recuerdo, con un café después de salir de misa, hasta aquí ha llegado. Entonces, hay circunstancias: la vida, la enfermedad… El fallecimiento de mi padre me marcó mucho, al cual no puedo más que recordar y agradecerle la educación que me ha dado. Y, bueno, pues son tiempos, tiempos que vienen, tiempos de duda, tiempos de incertidumbre, tiempos de desesperación, hasta que encuentras la paz. Y la paz la encuentras en el Señor. Y dices: «¿Qué hago yo aquí?». Pues lo único que se me ocurre: servir. El diaconado para mí es una vida de servicio.

Rocío Álvarez: Rafael, el diaconado permanente exige un engranaje muy armónico también con la vida personal. ¿Cómo ha recibido tu familia este camino y de qué manera su apoyo y su complicidad han sido fundamentales para que hoy estés a las puertas de la ordenación?

Rafael Castro Martín: Bueno, qué duda cabe de que es un engranaje, porque yo no vengo solo; yo vengo con un paquete de más personas. Esas personas conviven conmigo y, en consecuencia, tengo que conseguir que todo lo que pasa por mi cabeza, de alguna manera, coincida con lo que pasa por la de los demás.

Tengo la enorme suerte de que, de alguna forma, el tema vocacional está muy presente en mi familia, porque, a fin de cuentas, mi hijo ahora mismo es militar profesional, algo que también requiere una vocación, y mi hija es auxiliar de enfermería, que también requiere una vocación. Entonces, de alguna forma, con mis hijos no tenía ningún problema, porque ellos entendían perfectamente que, cuando algo te llama desde dentro, hay que buscar la manera de darle una salida.

Mi mujer ya me conoció con esta vocación. Yo llevo desde… Como le decía a Fernando Arregui cuando hablé con él, cuando era el rector, le dije: «Es que yo tengo algo dentro que, en Semana Santa y en Navidad, me bulle y tengo que darle una salida por algún sitio».

Entonces, yo, un poco desesperado y aprovechando las nuevas tecnologías, un día entré en Google y puse: «sacerdotes casados». Y me salió una palabra que decía «diaconado permanente». Yo pensé: «Tengo que tirar por aquí». Entramos por ahí y, ocho años después, nos encontramos sentados en los estudios de la COPE, deseando que el domingo nos ordenen y que podamos, no terminar, sino empezar un camino nuevo, desde el servicio y el deseo de ayudar a la Iglesia y a todo el mundo.

Rocío Álvarez: José Antonio, el pasado 29 de julio firmasteis la profesión de fe y el juramento de fidelidad en el Arzobispado. Cuando se estampa, cuando se pone la firma en un acto tan formal y eclesial, ¿qué pasa por la cabeza y por el corazón de uno al ser consciente de la responsabilidad que asume ante la diócesis?

José Antonio Ibáñez Martínez: Pues, en pocas palabras: emoción, responsabilidad, compromiso y gratitud. Emoción, porque es un momento muy importante, el momento más importante previo a la ordenación. Ahí te comprometes y adquieres la dimensión de la responsabilidad de lo que ello significa. Dices: «Bueno, aquí ya no hay vuelta atrás», y esto es muy gordo. No es solo estampar una firma, porque una firma la estampamos constantemente para muchas cosas. Aquí es un compromiso personal con Dios y con la Iglesia. Y el sentimiento es de gratitud. Gratitud por la confianza que en nosotros se deposita en ese momento.

Rocío Álvarez: Rafael, ser ordenado en la Catedral-Basílica del Pilar, ante la patrona de la diócesis y de la Hispanidad, añade también una emoción muy especial. ¿Cómo te imaginas ese momento del domingo, a las cinco de la tarde, cuando te postres en el presbiterio del Pilar?

Rafael Castro Martín: Yo, el otro día, en misa, en mi parroquia, con mis parroquianos, con mi sacerdote, en la humildad de mi iglesia, cuando daba la comunión, me empezaron a salir las lágrimas y empecé a llorar como una Magdalena. Y yo dije: «Ya verás tú cómo el día del Pilar, con todo lo que hay allí, con todo lo que eso supone y con toda esa emoción, voy a acabar llorando». Va a ser, pues eso, un desbordamiento de emociones, de recuerdos, de esfuerzos, de trabajo, de sufrimiento, pero, sobre todo, la alegría de que hemos llegado al principio de una realidad nueva, que nos va a colmar y a llenar de alegría a través del trabajo y del servicio a los demás.

Rocío Álvarez: Ese día no solo el Pilar, sino también el cielo estará contento por lo que contabais los dos. Lo comentaba José Antonio, incluso al hablar de su padre: cómo saltará de alegría el cielo ese día.

José Antonio, el diácono es, por definición, imagen de Cristo servidor. De esto también hablabas, de ese servicio. De cara a tu futuro ministerio en Zaragoza, ¿en qué ámbito de la acción social o pastoral sientes que la caridad de la Iglesia necesita hoy un impulso más urgente?

José Antonio Ibáñez Martínez: Bueno, pues aquí hay que buscar dimensiones como la cercanía, la escucha y el acompañamiento, sobre todo ante la soledad. Personas que se sienten solas; personas que se sienten desamparadas cuando van a tu parroquia a recoger los alimentos que les toca recoger ese día. Personas que necesitan ser escuchadas, porque ¿qué les vas a decir ante todas las cosas que te cuentan? Simplemente, escuchar.

Y, bueno, sobre todo, pensar también en todos los alejados. Hay muchos. Yo puedo, en cierto modo, considerar que, en un momento de mi vida, estuve alejado. Luego encontré esa cercanía que me trajo hasta aquí y que culmina ahora. Pero no es que culmine: esto continúa y ahora viene lo mejor. Entonces, cerramos esta etapa y ahora empieza la importante: nuestro servicio. Servicio y atención a las personas necesitadas, a los que no tienen dónde caerse muertos, que esa es una gran asignatura que tenemos en nuestras ciudades y ante la que algo tendremos que hacer. No podemos continuar así. Y que nadie se sienta invisible para la Iglesia. La Iglesia somos todos; incluso quienes consideran que no están en ella también son Iglesia, y hay que estar pendientes y estar por todos ellos.

Rocío Álvarez: Rafael, con vosotros cuatro, la Archidiócesis pasa, como decíamos, de ocho a doce diáconos permanentes, lo que supone un salto cuantitativo y cualitativo para Zaragoza. ¿Qué crees que aporta la figura del diácono a las parroquias y a las comunidades de hoy en día?

Rafael Castro Martín: Hay veces que nos cuestionamos, pero no somos, como dijo alguna vez el Papa, unos curas de segunda. Es decir, un diácono es un servidor. Un diácono tiene su función concreta y muy delimitada. Entonces, realmente, dentro del orden —diáconos, presbíteros y obispos— son tres grados y cada uno tiene su particular forma de trabajar en la Iglesia.

Yo creo que el diácono es un complemento que ayuda tanto a la Iglesia como a la sociedad a que esta verdad, que es el Evangelio, pueda salir, pueda difundirse y pueda desarrollarse como lo que verdaderamente es: la Palabra de Dios. A veces el sacerdote no llega a todo y, donde no llega él, el diácono tiene que estar ahí, al quite, para ayudar; no para suplir, sino para ayudar siempre a que todo esto funcione.

Rocío Álvarez: Pues muchísimas gracias, José Antonio y Rafael. Ha sido muy especial teneros aquí a los dos en este día tan próximo a vuestra ordenación. Tenemos también muy presentes a Andrés Gil y Enrique Romance. Os hemos sentido más cerca para rezar todavía más y más intensamente por vosotros. Es una suerte teneros y contar con vuestro servicio para nuestra diócesis.

José Antonio Ibáñez Martínez: Gracias.

Rafael Castro Martín: Gracias.

Rafael Castro.
José Antonio Ibáñez.
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