Una fotografía del eclipse total de Sol del pasado 12 de agosto, con la basílica del Pilar y el Ebro como protagonistas, ha sido elegida por la NASA como imagen astronómica del día. Más allá de su extraordinaria belleza, la imagen deja también una invitación: volver a mirar al cielo y recuperar la capacidad de asombro.
Durante poco más de un minuto, Zaragoza quedó sumida en una oscuridad insólita. Miles de personas levantaron la mirada al cielo y contemplaron cómo la Luna ocultaba completamente el Sol. Dos días después, aquel instante sigue dando la vuelta al mundo gracias a una fotografía que une algunos de los elementos más reconocibles de la ciudad: el eclipse, las torres de la basílica de Nuestra Señora del Pilar y las aguas del Ebro.
La imagen, realizada por Ruiyu Zhang, fue elegida por la NASA el 13 de agosto como su Astronomy Picture of the Day(APOD), bajo el título Total Solar Eclipse Over Spain. La agencia estadounidense llama la atención sobre una de las particularidades de la fotografía: el eclipse aparece dos veces, sobre la basílica y reflejado en el río.
Es difícil encontrar una imagen que resuma mejor lo vivido en Aragón el pasado miércoles. Durante semanas hablamos de cálculos, horarios, gafas homologadas, previsiones meteorológicas y lugares desde los que observar el fenómeno. Y tenía que ser así. Un eclipse es un fenómeno natural perfectamente explicable y calculable, y precisamente el conocimiento científico es el que nos permite comprenderlo y contemplarlo con seguridad.
Pero conocer cómo sucede algo no elimina necesariamente el asombro.
Quizá esa sea una de las enseñanzas que deja esta fotografía. Por unos instantes, una ciudad entera dejó de mirar pantallas, escaparates o relojes para mirar hacia arriba. En muchos lugares de Aragón hubo silencio, emoción y aplausos cuando llegó la totalidad. Miles de personas compartieron la experiencia elemental de sentirse pequeñas ante algo mucho más grande que ellas.
La tradición cristiana nunca ha necesitado convertir los fenómenos del cielo en acontecimientos mágicos para descubrir en la creación una invitación a la contemplación. El salmista mira los cielos y reconoce en ellos la obra de Dios. La ciencia puede explicar las órbitas, calcular con extraordinaria precisión el recorrido de la sombra de la Luna o estudiar durante un eclipse la corona solar. La fe se formula otra clase de preguntas: qué hacemos nosotros aquí, de dónde procede tanta belleza, por qué somos capaces de reconocerla y por qué nos conmueve.
Y en Zaragoza se produjo, además, una coincidencia cargada de belleza: el Sol oculto sobre el Pilar.
La metáfora casi se escribe sola. Durante unos segundos el Sol dejó de verse, pero no había desaparecido. Seguía allí. También en la vida hay momentos en los que parece esconderse la luz: el dolor, la enfermedad, la incertidumbre, una pérdida, la soledad o simplemente esas etapas en las que Dios parece guardar silencio. La fe cristiana no promete que nunca llegará la oscuridad. Afirma algo distinto: que la oscuridad no tiene la última palabra.
Y bajo aquel cielo oscurecido permanecía el Pilar.
Para los cristianos, María tampoco ocupa el lugar de la luz. Todo lo contrario: señala hacia Cristo. La tradición que durante siglos ha llevado a millones de personas hasta la Santa Capilla tiene precisamente ahí su centro. María sostiene, acompaña y permanece; invita a confiar incluso cuando todavía no vemos con claridad.
El eclipse terminó. La Luna continuó su camino y el Sol volvió a iluminar Zaragoza. El Ebro siguió corriendo junto al Pilar como cada día.
Pero Ruiyu Zhang consiguió detener aquel instante.
Y quizá por eso su fotografía ha impresionado a tantas personas en todo el mundo. No solo porque sea técnicamente extraordinaria. También porque, en medio de nuestras prisas, durante unos segundos nos recuerda algo muy sencillo: todavía somos capaces de detenernos, levantar la mirada y maravillarnos.
Y quizá ese sea también un buen lugar para que comience la pregunta por Dios.
