Mándame ir a ti

Pedro Escartín
8 de agosto de 2026

Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del XIX Domingo del tiempo ordinario – A – (09/08/2026)

Después de alimentar milagrosamente al gentío, Jesús apremió a sus discípulos a subir a la barca y cruzar a la otra orilla del lago de Galilea, mientras él despedía a la gente y se quedaba un rato a solas con su Padre. Aquella noche el lago se agitó y los discípulos tuvieron que emplearse a fondo porque el viento era contrario, algo que era frecuente en aquel lago. Entonces ocurrió lo que hemos oído en el Evangelio de este domingo (Mt 14, 22-33). Teniendo a Jesús mano a mano y con unos cafés delante he pensado que era momento propicio para decirle:

– ¿Cómo se te ocurrió salir al encuentro de tus discípulos aquella noche andando sobre el agua? Aquellos pescadores sabían capear tormentas y nadar a brazo partido para alcanzar la orilla, si era necesario, pero no sabían que se pudiera andar sobre las olas como si fueran un camino real. No me extraña que se asustaran y te tomaran por un fantasma.

– Quería que Simón Pedro aprendiese una lección, que requería que me viera andar sobre aquellas aguas agitadas.

– ¿Una lección? ¿Qué lección? -he preguntado con curiosidad-.

– Conociendo a Simón no era difícil prever que él también querría saber qué se siente al caminar sobre las olas. Para resarcirse ante sus compañeros del susto y de los gritos que él también lanzó cuando me vio caminar por encima del agua, me dijo: «mándame ir a ti sobre el agua». El resto ya os lo ha narrado el evangelista.

– Pero ¿qué lección debía aprender? -he insistido-.

– Que confiase menos en sus propias fuerzas: él anduvo erguido sobre el agua como si aquel fenómeno se debiera a su valiente decisión y, cuando el viento arreció, perdió la seguridad, empezó a hundirse y gritó pidiéndome auxilio… -me ha dicho tomando un sorbo de su café-.

– Ahora que lo dices, me viene a la memoria algo que narra Marcos (Mc 14, 26-31. 66-72). En la víspera de tu pasión, Pedro juró que él nunca te abandonaría, aunque tuviera que morir contigo. Tú le dijiste que no alardease, porque aquella misma noche negaría conocerte…, y cuando cantó el gallo recordó que le habías avisado, reconoció su cobardía y rompió a llorar.

– Pues ya ves que Pedro tenía que aprender a pedir ayuda. Esta era la lección que le di en el lago. Una lección que también vosotros tenéis que aprender para para hacer frente a la cizaña que el Maligno no deja de sembrar en vuestro mundo.

– ¿Por qué lo dices?

– Porque en este caluroso verano sufrís una sequía pertinaz que hace más difícil luchar contra la oleada de incendios que asola vuestra tierra, pero ¿hacéis caso a la voz de alerta del papa Francisco acerca del cuidado de vuestra hermana-madre tierra? ¿Recuerdas su encíclica “Laudato’sí”? Por las noticias que me llegan, seguís contaminando y consumiendo sin medida, seguís organizando eventos masificados como si nada pasara y con la excusa de que atraen mucha gente y esto da dinero. ¿No os dejáis arrastrar por la tentación de servir al dinero antes que al bien de la tierra y, en definitiva, antes que a Dios?

– Aunque haces que me sienta confuso, no te falta razón -he dicho mientas salía-.

 

Lectura del santo Evangelio según san Mateo (14, 22-33).
Enseguida Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla mientras él despedía a la gente.
Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida:
«¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua». Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarro y le dijo: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?» En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios».
Palabra del Señor.

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