Altísimo, omnipotente, buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.
A ti solo, Altísimo, corresponden,
y ningún hombre es digno de pronunciar tu nombre.
Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,
especialmente el señor hermano sol,
el cual es el día, y por el cual nos alumbras;
Y es bello y radiante con gran esplendor:
de ti, Altísimo, lleva significación.
Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las has formado claras y preciosas y bellas.
Loado seas, mi Señor, por el hermano viento,
y por el aire y el nublado
y el sereno y todo tiempo, por el cual a tus criaturas das sustento.
Loado seas, mi Señor, por la hermana agua,
que es muy útil y humilde y preciosa y casta.
Loado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual alumbras la noche, ´
y es bello y alegre y robusto y fuerte.
Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra,
que nos sustenta y gobierna,
y produce distintos frutos con flores de colores y hierbas.
Loado seas, mi Señor, por los que perdonan por tu amor,
y sufren enfermedad y tribulación.
Bienaventurados aquellos que las soporten en paz,
porque por ti, Altísimo coronados serán.
Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,
de la cual ningún hombre vivo puede escapar.
¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!
Bienaventurados los que encontrará en tu santísima voluntad,
pues la muerte segunda no les hará mal.
Load y bendecid a mi Señor,
y dadle gracias y servidle con gran humildad.
ESTA, NO
(Hay demasiado ‘yo, mí, me’. Algo impropio de San Francisco)
¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz!
Que allí donde haya odio, ponga yo amor;
donde haya ofensa, ponga yo perdón;
donde haya discordia, ponga yo unión;
donde haya error, ponga yo verdad;
donde haya duda, ponga yo fe;
donde haya desesperación, ponga yo esperanza;
donde haya tinieblas, ponga yo luz;
donde haya tristeza, como ponga yo alegría.
¡Oh, Maestro!, que no busque yo tanto
ser consolado como consolar;
ser comprendido, comprender;
ser amado, como amar.
Porque dando es como se recibe;
olvidando, como se encuentra;
perdonando, como se es perdonado;
muriendo, como se resucita a la vida eterna.
Esta, mal llamada Oración de San Francisco de Asís, fue compuesta con toda probabilidad por el marqués de la Rochetulon, un aristócrata francés. Remitió al papa Benedicto XV algunas plegarias por la paz durante la Primera Guerra Mundial, y una de ellas se publicó en L’Osservatore Romano en diciembre de 1916, cuando el conflicto estaba en su punto álgido. Un franciscano francés difundió la oración entre un número mayor de compañeros publicándolo en La Croix (periódico católico francés), lo que dio lugar a su popularidad y a su atribución a San Francisco de Asís.
(Donald Spoto. FRANCISCO DE ASÍS. El santo que quiso ser hombre. Vergara. Barcelona 2004. Pág. 275, nota 3)