Opinión

Gema López-Menchero Mínguez

Hacia una Iglesia Sinodal

Unidad como armonía… en contraste

6 de mayo de 2026

Me dieron para reflexionar del Documento Final los puntos 34 y 35. Y me encontré con un título precioso y utópico: «La unidad como armonía».

Y reflexionamos todos juntos aquel bonito sábado de primavera en el Monasterio de las Canonesas, donde, con la reflexión, se mezclaban Beethoven y su Pastoral, y nuestro espíritu encontraba la paz individual, acompañada.

Pero, con mi reflexión sinodal… me he vuelto bastante crítica.

No soy pesimista, pero tengo suficientes años como para saber que unidad y armonía son sustantivos maravillosos que pertenecen a la literatura, porque a la realidad, no.

Que pertenecen a la inocencia, pero a la experiencia, no.

Que pertenecen a la necedad, a lo absurdo, pero a la sabiduría proverbial —a esa que aconseja, que reflexiona, a esa sabiduría proverbial que se basa en el conocimiento—, no…

Y así podría seguir, pero no quiero decir con esto que las mentes reflexivas y discernientes de este Documento Final sean fantasiosas o inocentes… No, no es mi intención. Es simplemente intercambiar perspectivas, ser conscientes de las palabras que se nos han dado y de cómo las usamos. Porque, a estas alturas de la vida, del mundo, de la historia, no podemos seguir hablando del sexo de los ángeles.

Decía el papa Francisco que el lenguaje teológico debía ser pastoral, «oler a pueblo y a calle». Para mí eso significa hablar con palabras fáciles de comprender para todos, usar situaciones comprensibles para todos y así llegar a todos. De esta manera, con este lenguaje, la Iglesia llegará a todos, el mensaje será entendible y, por ende, salvífico.

Pero todos los que actualmente estamos trabajando este Sínodo, este maravilloso camino abierto por mi querido papa Francisco, hace años que pintamos canas y no nos engañamos… Y aquí estamos… trabajando la utopía, o sea… trabajamos un proyecto deseable, pero irrealizable.

Evidentemente, para trabajar cualquier proyecto, sea de la índole que sea, es necesario —nos lo dice el principio del punto 34, que parece tan fácil— «trabajar en común, juntos, en equipo, llevarlo a cabo relacionándonos con los demás». Si esto es necesario para construir una casa o trasplantar un riñón, más necesario es para construir un mundo donde la obra de Dios se manifieste, donde el proyecto trinitario del Padre, del Hijo y del Espíritu se manifieste en nosotros, que formamos el proyecto común llamado Iglesia.

Pero esto es tan difícil como trasplantar un riñón.

Pero podríais decir… para una persona que está trasplantando riñones todos los días o construyendo casas, esto no es difícil; pertenece a su área de conocimiento… Y entonces, ¿por qué a nosotros, que también tenemos nuestra pequeña área de conocimiento —este proyecto común llamado Iglesia—, nos resulta tan difícil ponerlo en marcha, hacerlo caminar, adaptarlo a los tiempos…?

El mismo punto 34, al final, nos lo dice: «Las diferencias de vocación, edad, sexo, profesión, condición y pertenencia social, presentes en toda la comunidad cristiana, ofrecen a cada persona ese encuentro con la alteridad, con el otro, indispensable para la maduración personal…».

Si esto es así, la maduración personal de un equipo que trasplanta riñones y de un equipo que construye casas se daría por sobreentendida, como decía el Señor, «por añadidura»… Y no es así…

Porque precisamente la dificultad está ahí: en las relaciones interpersonales, que casi no tenemos. No, no pongáis esa cara… Mantenemos nuestras amistades dentro de nuestro círculo reducido. Luego nos movemos en otros círculos donde impera el conocimiento: «es un conocido de la parroquia», «es un vecino», «es un compañero de trabajo»… Vivimos en una sociedad individualista donde, si preguntas cosas como estas, eres una cotilla; si manifiestas interés por un problema de alguien, te quieres meter donde no te llaman…

Y nuestras relaciones en nuestras comunidades, en nuestras parroquias, también son así. Y eso que nosotros, se supone, somos los buenos, los de Iglesia, los seguidores de un Dios amor misericordioso. Pero también somos los que nos creemos superiores a otros, los que siempre decimos «esto siempre lo he hecho yo» y «siempre se ha hecho así», los que creemos que podemos seguir haciendo lo que queramos tranquilamente porque Dios está de nuestra parte… y ya está…

Y la mayoría del Pueblo de Dios cree que con esto ya basta: la Palabra y las Eucaristías, grupos de Cáritas, misiones, los pobres en África, todas las actividades y participaciones que se hacen en las parroquias, en las comunidades… con esto basta… Y, por si fuera poco, muchos sacerdotes y párrocos, además, piensan que esto es una tontería y que el que manda es él… y ya está… Y mis palabras las avala el hecho de que llevamos con esto desde 2021 y hay gente que aún no sabe qué es el Sínodo.

Punto 34… relaciones interpersonales y alteridad… luego lo retomo…

Pero si me voy al punto 35, sí que lo tengo difícil… «la familia»… las cosas tan preciosas que dice sobre la familia.

El punto 35 se explaya de forma maravillosa… Son personas unidas en la diversidad de carácter, edad y función… lugar donde se aprende a intercambiar «el don del amor, la confianza, el perdón, la reconciliación y la comprensión»; se tiene la misma dignidad, se acepta el concepto de reciprocidad y donde somos capaces de escuchar, discernir y decidir juntos. Volvemos a la irrealidad y a la utopía.

Cuántas familias que se aman. Cuántas que se soportan. Cuántas que no se hablan. Todo tiene sus luces y sus sombras.

De todo eso me quedo con la frase del papa Francisco: «La familia humaniza a las personas mediante la relación del nosotros y, a la vez… promueve…». No me gusta esta palabra; la cambio por «estimula», «favorece» o «respeta» las diferencias de cada uno.

Mi conclusión

Cuando murió Francisco, ahora hace un año, pensé que el Sínodo había muerto con él. Y, sobre todo, cuando vi aparecer en el balcón a León XIV, vestido de grana y oro… «esto ya no es lo mismo», pensé. Fui dolorosamente consciente de ello… Y ante el silencio de muchos meses, me planteé: este concepto de sinodalidad es muy hermoso, es muy válido para la Iglesia, puede ser realmente edificante, pero ¿cómo puedo trabajarlo?… Y lo enfoqué de forma personal.

La sinodalidad tiene que ser, para mí, para cada uno de nosotros, un camino de conversión personal y, de ahí… comunitaria.

Me quedo con la conversión como opción personal, esa en la que me ayuda el Espíritu, porque hay cosas que yo personalmente no puedo cambiar. Yo no puedo cambiar las relaciones interpersonales si la otra persona no quiere cambiar. No puedo comenzar un proceso si las personas no se suman a él. No puedo crear vínculos si los otros creen que no son necesarios. Por lo que decía antes: porque, como somos los buenos, no lo creemos necesario…

Porque, queridos amigos, la Iglesia, como dice el Concilio Vaticano II, es santa, pero necesita purificación y, como institución humana, está llamada —lo dice el Concilio— a una «perenne reforma», lo que yo llamo «adaptarse a los tiempos». Y mientras no interioricemos esto…

Hay que comenzar primero por una conversión del corazón, de mi corazón a Dios, y por aprender a pedir perdón. Fundamental. Porque todos, todos, todos metemos la pata todos los días… y mañana también… Y luego, la conversión hacia los demás, a trabajar por esas relaciones interpersonales, por esa relación con el otro.

Esta Iglesia sinodal pide una verdadera conversión relacional de todos: hombres, mujeres, grupos, familias, religiones, con la creación y la naturaleza.

Que, ayudadas por la «Conversación en el Espíritu», que me parece la forma de relación orante más estupenda que he conocido jamás, esas relaciones sean un poco más sinceras, más abiertas y colaboradoras, más amables y esperanzadoras.

Pero siempre partiendo de cómo me comporto yo, de cómo soy yo con los otros… «¿Cómo puedo nacer de nuevo?» (Jn 3,7)…

Gracias por el camino sinodal, papa Francisco. Seguimos.

Orar al ritmo del Espíritu. Reflexión, silencio y contemplación en una Iglesia sinodal. Monasterio de la Resurrección (11 de abril de 2026)

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