La imagen de la viña no es solo sugerente; es profundamente reveladora del momento que vivimos. Nos ayuda a comprender que no estamos simplemente reorganizando estructuras, sino cuidando la vida que Dios ha sembrado entre nosotros.
El agricultor sabe que llega un momento en que no basta con conservar. Hay que preparar la tierra, roturarla, abonarla y reordenar el cultivo para que pueda seguir dando fruto. Eso es lo que hemos intentado hacer en nuestra diócesis en estos años.
La reorganización parroquial y la creación de unidades pastorales no son una cuestión administrativa. Son una respuesta pastoral a una realidad nueva. Son una apuesta por la continuidad de la fe en nuestra tierra.
Hemos pasado de comunidades aisladas a comunidades en red; de parroquias solas a parroquias acompañadas; de iniciativas dispersas a procesos compartidos. Y en este proceso hemos descubierto una verdad importante: la identidad no se pierde cuando se comparte; se fortalece.
Hoy nuestras comunidades, aunque más pequeñas, son más conscientes de formar parte de un mismo pueblo. Un pueblo creyente que no se mide por números, sino por la fidelidad al Evangelio.
Queremos ser una Iglesia humilde y cercana, enraizada en la vida real de las personas. Una Iglesia que escucha, que acompaña, que sostiene, que venda las heridas de todo peregrino. Una Iglesia que no busca simplemente sobrevivir, sino dar fruto.
En esta viña renovada, cada persona cuenta. Cada comunidad tiene su lugar. Nadie sobra. Todos somos necesarios. Nos sabemos una misma y única familia. La Diócesis es realmente una familia de familias.
Y esto nos permite mirar al futuro con esperanza. Porque sabemos que la fecundidad no depende solo de nuestros esfuerzos, sino de la gracia que actúa en medio de nosotros.
Como en la Pascua, la vida se abre paso, incluso en medio de la fragilidad.
Con mi afecto y mi bendición
Ángel Javier Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón
