Opinión

José Luis Lázaro

Periferias

«No levanten muros, construyan puentes»

27 de abril de 2026

El pasado 21 de abril, se conmemoraba el primer aniversario de la muerte del Papa Francisco, y venían a mi memoria estas palabras, tan llenas de actualidad en el momento presente -como si hubieran sido dirigidas a todos nosotros- con las que Francisco invitaba a los miembros de la comunidad francesa Chemin Neuf, a vivir la fraternidad dentro de la Iglesia: «Os animo a que no tengáis miedo de caminar por los senderos de la fraternidad y de construir puentes entre las personas, entre los pueblos, en un mundo en el que se siguen construyendo tantos muros por miedo al otro».

Para quienes recordamos el significado de la caída del muro de Berlín, en aquel lejano año de 1989, y aquellas famosas escenas de personas abrazándose, tras décadas de separación a consecuencia de ese muro y, la posterior desaparición del bloque político-militar del Pacto de Varsovia; nos resultaba difícil imaginar que la historia se volviera a repetir.

 Y, lamentablemente, otros muros comenzaron a ser levantados: para rechazar, separar, excluir y descartar personas y pueblos. Algunos de estos muros siguen siendo visibles, en la actualidad, en todos los rincones de la Tierra: el fronterizo entre EE.UU y México; el que separa el territorio del Sáhara, entre la parte controlada por Marruecos y la del Frente Polisario; el que divide “a las dos Coreas”, en dos países supuestamente irreconciliables; las barreras y separaciones establecidas por Israel en Cisjordania y en Gaza, además de las que está estableciendo en el sur del Líbano; las vallas “de concertinas” en Ceuta y Melilla, que nos separan de Marruecos…; los muros y barreras que se están construyendo entre los países europeos limítrofes con Rusia, en su conflicto con Ucrania; y tantos otros muros y barreras, que seguramente se estén construyendo en la actualidad, sin que tengamos constancia de ello.

Existen, también, otros muros que, si bien, no están construidos con ladrillos y alambres, están provocando la muerte de decenas de miles de personas, cada año, sin que existan estadísticas oficiales. El «cementerio del Mar Mediterráneo», es uno de ellos, y se le conoce con este nombre, por la cantidad de muertes que se cobra en las rutas migratorias. Pero, últimamente, hay otro tipo de muros, no “tan visibles y definidos”, que están empezando a proliferar en diferentes realidades y sociedades, normalmente localizadas en “el mal llamado primer mundo”, y que son justificados en favor de la defensa de los derechos de los ciudadanos nacionales y de los servicios públicos, de los cuales tendrán prioridad sobre otro tipo de personas. Estos muros “se diluyen” en leyes, decretos, acuerdos políticos o palabras; pero que tienen las mismas consecuencias de dolor, sufrimiento, exclusión o muerte lenta, de los muros que anteriormente detallábamos en el párrafo anterior.

Esconder el dolor, separar personas, perpetuar situaciones de marginación, condenar a vivir sin derechos en la ilegalidad, acentuar unas diferencias basadas en manipulaciones históricas, esquilmar los recursos naturales de los países originarios de las personas a las que les negamos el derecho a existir, justificar estos comportamientos apoyándose en el derecho natural o en una supuesta fe en Dios… no sé en qué Dios; está provocando que “estos muros invisibles” empiecen a ser más altos y causen, cada día, mayor dolor y sufrimiento, acentuando la polarización entre los que están a favor o en contra, impidiendo una reflexión serena, escuchando o permitiendo que expertos en la materia puedan aportar datos y criterios, que puedan estar siendo omitidos en este debate de plena actualidad.

Y, frente a estos muros, que algunos no quieren dejar de levantar, hay personas que optamos por construir puentes: espacios de convivencia, de hospitalidad compartida, de acogida universal, donde las diferencias culturales no sean vistas como una amenaza sino como una riqueza cuasi divina, donde el diálogo y la escucha derriben los prejuicios y el miedo que lleva a construir muros y barreras entre nosotros, donde como ciudadanos -y como Iglesia- seamos capaces de cuidar y proteger a los más débiles y necesitados, de la misma forma que hacía Jesús con toda persona que encontraba caída o necesitada en el camino…; sí, ser puentes, que unan, conecten, vivan y compartan, realidades, orillas, situaciones y personas que, desde la globalización, nos afectan a todos…sin excepción.

En estos tiempos, donde el pensamiento, el diálogo, la reflexión y el discernimiento, podríamos decir que son un lujo, al alcance de cada vez menos personas; los que sentimos la necesidad de crear vínculos, establecer conexiones o, tender puentes entre los seres humanos, sin distinción; vamos a sufrir amenazas, ser vilipendiados y acusados de situarnos en favor de los que vienen de fuera y en contra de los que son parte de nuestra comunidad de origen. 

Entonces, deberemos de sentirnos orgullosos, por aceptar el descrédito de los poderosos, por recorrer las sendas que hoy transitaría el mismo Señor, por seguir su destino y, por continuar apostando -como nos decía hace pocos días el Papa León XIV- en la construcción de puentes de paz y fraternidad universal, buscando la justicia y dando voz a los más pobres de la tierra.   

1 https://www.vidanuevadigital.com/2021/04/30/francisco-no-hay-que-tener-miedo-a construir-puentes-en-un-mundo-que-sigue-construyendo-muros-por-miedo-al-otro/

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