El obispo de la Diócesis de Barbastro-Monzón, Mons. Ángel Pérez Pueyo, presidió en Monzón los actos centrales del Jueves Santo, culminando en una madrugada de silencio y estruendo.
Durante la celebración de la Cena del Señor en San José y Santa María del Romeral, don Ángel instó a los fieles a no quedarse en el rito externo, sino a interiorizar el gesto de Jesús de lavar los pies a sus discípulos. El prelado subrayó que Jesús no amó «un poco», sino «hasta el extremo», incluso sabiendo que sería traicionado y abandonado.
El obispo definió el lavatorio de los pies como la verdadera revelación de Dios: un Dios que no se impone desde arriba, sino que sirve desde abajo, que se arrodilla, como él mismo hizo ante un grupo de niños y niñas.
En un guiño a la identidad local, comparó la resistencia de Pedro a dejarse lavar los pies con la «testarudez» propia de Aragón, recordando que para vivir el Evangelio primero hay que tener la humildad de dejarse amar.
Como conclusión recordó que la Eucaristía es inseparable del servicio; quien comulga debe estar dispuesto a «hacer lo mismo» y convertirse en pan entregado para los demás. No es casualidad que Dios haya unido el lavatorio y la Eucaristía, subrayó, porque «Jesús no separa: quien se deja alimentar por Él, está llamado a inclinarse ante los demás; quien participa de su mesa, está llamado a servir como Él» .
«El amor cristiano no es abstracto; se hace gesto, cercanía y servicio cotidiano», recordó el Obispo antes de dar paso a los actos nocturnos con la Hora Santa Cofrade, la Procesión del Silencio y la Rompida de la Hora, ya al filo de la medianoche.






