Cada 8 de marzo la sociedad vuelve la mirada hacia la situación de la mujer. También la Iglesia está llamada a hacerlo. No por presión externa, sino por fidelidad al Evangelio y por honestidad con su propia historia.
En Aragón, como en tantas otras diócesis, la vida cotidiana de nuestras parroquias tiene rostro de mujer. Son mayoría en la catequesis, en la acción caritativa, en la animación litúrgica, en la transmisión de la fe en las familias. Están al frente de movimientos, coordinan equipos, sostienen comunidades rurales con discreción y constancia. Muchas ejercen responsabilidades técnicas y de gestión en las curias diocesanas, en delegaciones y en proyectos sociales.
Esta realidad no es nueva. Desde los orígenes, el cristianismo abrió un espacio singular para las mujeres. Los evangelios recuerdan que fueron discípulas, sostenedoras del ministerio itinerante de Jesús y primeras testigos de la Resurrección (cf. Lc 8,1-3; Mc 15,40-41). San Pablo menciona colaboradoras y responsables de comunidades como Febe o Prisca (cf. Rom 16). Como ha recordado el magisterio reciente, “desde el principio los creó varón y mujer” (cf. Gaudium et Spes 12), subrayando la igual dignidad y la vocación compartida a la comunión.
A lo largo de la historia, esa contribución femenina ha adoptado múltiples formas. En 1970, Pablo VI proclamó doctoras de la Iglesia a Teresa de Ávila y Catalina de Siena, reconociendo oficialmente la autoridad espiritual e intelectual de mujeres cuya palabra había marcado la vida eclesial. Más tarde se unirían Teresa de Lisieux y Hildegarda de Bingen. Son gestos que recuerdan que la tradición no es estática y que el Espíritu suscita carismas sin distinción.
Sin embargo, también es evidente que en la estructura de decisión eclesial la presencia femenina ha sido limitada. Numerosas teólogas e historiadoras han señalado esta tensión entre la participación real de las mujeres en la vida de la Iglesia y su escasa visibilidad en los ámbitos donde se disciernen orientaciones y prioridades. El propio debate contemporáneo lo refleja, con voces diversas dentro del pueblo de Dios.
Conviene distinguir planos. La Iglesia ha reiterado la igual dignidad de hombre y mujer —baste recordar a Juan XXIII en Pacem in terris o a Juan Pablo II en Mulieris Dignitatem— y al mismo tiempo ha mantenido determinadas decisiones disciplinarias que forman parte de su autocomprensión actual. Entre esos dos polos —dignidad afirmada y participación discutida— se sitúa hoy la reflexión.
En Aragón, más allá de debates globales, la cuestión es concreta: cómo avanzar en formas reales de corresponsabilidad bautismal. El Concilio Vaticano II recuperó la imagen de la Iglesia como Pueblo de Dios. Si todos participamos del mismo bautismo y de la misma misión, resulta coherente preguntarse de qué manera esa igualdad fundamental puede expresarse mejor también en los procesos de escucha, consulta y discernimiento.
No se trata de imitar modelos externos ni de asumir categorías ajenas sin matiz. Tampoco de reducir la aportación femenina a una sensibilidad concreta o a determinadas tareas de cuidado. Se trata, sencillamente, de reconocer lo que ya es: que la Iglesia en Aragón no se entiende sin la fe, la inteligencia, la capacidad organizativa y la entrega de miles de mujeres.
El 8 de marzo puede ser una ocasión para agradecer, visibilizar y también revisar. Agradecer la fidelidad silenciosa de tantas. Visibilizar responsabilidades que ya existen. Y revisar, con serenidad y lealtad eclesial, si estamos aprovechando todos los dones que el Espíritu concede a nuestra comunidad.
La historia muestra que cuando la Iglesia ha sabido escuchar a sus mujeres, ha salido fortalecida. Quizá hoy la pregunta no sea si deben tener más protagonismo, sino cómo articular mejor una corresponsabilidad que ya está en marcha.
Porque la misión es común. Y el Evangelio, anunciado y vivido en Aragón, también tiene voz de mujer.