Flash sobre el Evangelio del Domingo XXII del Tiempo Ordinario

La liturgia de la Iglesia nos ha devuelto hoy al evangelio de san Marcos. La multiplicación de los panes según san Juan y todo lo que siguió interrumpió la narración de Marcos, siempre fresca y directa, que vuelve hoy con un serio “rifirafe” de los fariseos con Jesús (Mc 7, 1-8. 14-15. 21- 3). Tengo el pálpito de que hoy vamos a hablar de moral.

– ¿En qué piensas, que noto preocupación en tu cara? -me dicho nada más verme-.

– En el revolcón que diste a los fariseos a propósito de lavarse o no lavarse las manos antes de ponerse a comer -he respondido con maliciosa sonrisa mientras buscaba al camarero-.

– No empieces tú también a desvariar -me ha dicho mientras nos acomodábamos-. Mi intención no fue herirles, sino recordarles qué es lo que de verdad hace impuro al hombre. Ellos venían, con aviesa intención, acusando a mis discípulos de comer sin lavarse las manos.

– ¿Es que no te gusta la higiene? -he respondido poniéndome en guardia- ¿Qué hubiera pasado, si entonces el Covid 19 hubiese campado por sus respetos como ocurre ahora?

– No vuelvas a coger el rábano por las hojas -ha añadido con ánimo conciliador al tiempo que tomaba un sorbo de café-. En aquella ocasión no fue la higiene lo que estuvo en juego, sino la sinceridad o la hipocresía de la conciencia. Los fariseos, con sus dichosas tradiciones, habían trastocado los papeles. La limpieza de manos y utensilios de comer es cosa de la higiene, que es necesaria. ¿O te gustaría que nos sirvieran el café sobre una mesa sucia?

– Claro que no. Y menos ahora que tenemos que hablarnos a través de una mascarilla.

– Pero, como te digo, ellos habían trastocado los papeles: ponían mucho empeño en limpiar las manos y los platos, pero se olvidaban de limpiar el ánimo y el corazón. Que por fuera estuvieran presentables, mientras pasaban por alto examinar cómo eran los sentimientos e intenciones que anidaban en su corazón. Por eso, les recordé lo que ya les había dicho mi Padre a través de Isaías: “El culto que me dan está vacío, porque su corazón está lejos de mí”.

– ¿Y no se rebrincaron al oír esto? -insistí apurando mi café-.

– No les di tiempo -ha añadido con manifiestas ganas de seguir hablando-. Tenía que decirlo de una vez por todas para que, tanto ellos como todos los que os tenéis por discípulos míos, tengáis claro que el mal, lo verdaderamente malo, no está fuera, sino que brota del corazón. Y lo repito ahora frente a todos los fariseos modernos: “de dentro del corazón del hombre salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios…

– No sigas -he intentado interrumpirle a la vista del chaparrón, pero él ha continuado-… codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad”. Sigo porque el asunto es muy serio; no hay más que ver qué pasa en las películas y series que alimentan la conciencia de la buena gente: ¿cuántos de esos males, que nacen en el corazón humano, se cuentan con pelos y señales en la pantalla hasta parecer la cosa más normal del mundo? Y luego, en la vida real, pasa lo que pasa…

– Entonces, ¿qué pretendes, que no veamos la televisión?

– No seas torpe -me ha dicho mientras pedía la cuenta-. Pretendo que vigiléis para que de vuestro corazón surjan buenas acciones: “visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo”, como escribió mi apóstol Santiago en la carta que también habéis escuchado hoy. Esa es la verdadera religión a los ojos de Dios.