Álvaro Sobral Conceição vive sus primeros días como sacerdote diocesano con alegría, gratitud y un profundo sentido de responsabilidad. Ordenado el pasado 18 de octubre en la Basílica del Pilar, afronta esta nueva etapa con una convicción clara: el sacerdocio no consiste en desempeñar una función, sino en configurar la propia vida con Cristo y ponerse al servicio de los demás.
En El Espejo de COPE Zaragoza, entrevistado por Rocío Álvarez, Álvaro habló de su vocación, de las personas que han acompañado su camino y de la importancia de escuchar, caminar en comunidad y servir con paciencia.
Un don más grande que las propias fuerzas
La ordenación fue para Álvaro un día de «muchísima emoción, alegría y agradecimiento». Pero también de conciencia de pequeñez ante la magnitud del don recibido.
Su experiencia vocacional se apoya en varios pilares: la fidelidad de Dios a lo largo del camino; el apoyo de su familia, donde recibió las primeras semillas de la fe; la presencia de formadores, sacerdotes y amigos; y la oración de muchas personas que lo han acompañado durante estos años. «Dios no llama a personas perfectas, sino que capacita y sostiene a quienes llama», menciona Álvaro.
Escuchar antes que hablar
Álvaro insiste en que el sacerdote necesita una fe que se traduzca en gestos concretos y un amor capaz de mantenerse incluso en el cansancio o la dificultad.
Para él, una de las actitudes más importantes del ministerio es la escucha. «Lo más importante no es hablar, sino saber escuchar para poder actuar con discernimiento, sabiduría y prudencia», explica.
También subraya que ningún sacerdote diocesano vive su vocación en solitario. El presbiterio, el obispo y el conjunto del Pueblo de Dios forman parte de un camino compartido en el que unos ayudan a fortalecer la fe de los otros.
«Buscar sin miedo»
Al dirigirse a los jóvenes que sienten una inquietud vocacional, Álvaro recupera una invitación muy presente en el magisterio de san Juan Pablo II: no tener miedo.
Recuerda que toda persona está llamada a descubrir cuál es su vocación concreta dentro de la Iglesia: sacerdocio, matrimonio, vida religiosa o vida monástica.
Su consejo es sencillo: buscar con sinceridad, confiar y no tener miedo de entregarse, porque responder a la llamada de Dios no significa perder la propia vida, sino encontrar un camino para vivirla plenamente.





