En la memoria de todos sigue estando presente la brillante alocución del papa León XIV a las Cortes Españolas en su viaje apostólico a España. Las pautas que propuso y la reflexión sobre algunos puntos clave, iluminan nuestro contexto social y político actual y, de algún modo, el proceso electoral en el que estamos inmersos. Cada proceso electoral sitúa a una sociedad ante la pregunta fundamental sobre su propio destino. Así, el acto de votar supera con creces el cálculo de la conveniencia inmediata o la mera adhesión partidista; constituye un ejercicio de responsabilidad ética y civil que exige alzar la mirada por encima del ruido de la polarización para preguntarse qué concepción del ser humano inspira nuestras leyes y qué tipo de convivencia estamos construyendo.
Como sugería el Papa, la verdadera grandeza de la política no reside en la conquista del poder ni en la imposición de las mayorías, sino en su capacidad para servir al bien común y reconocer aquello que precede y delimita la propia acción del Estado: la dignidad inalienable de cada persona humana. Frente a la tentación de convertir la vida pública en un terreno de confrontación permanente o de utilitarismo económico, el discernimiento electoral requiere someter cada propuesta a una coherencia moral articulada en torno a principios de alcance universal. La degradación del debate público y la descalificación del adversario debilitan la convivencia. Quienes ejercen la responsabilidad política tienen el deber de «desarmar el lenguaje», demostrando que la firmeza de las convicciones no exige el desprecio ni la humillación del contrario. La verdadera paz cívica se edifica sobre la reciprocidad y el respeto mutuo en medio de la discrepancia.
León XIV repasó en su discurso algunos elementos imprescindibles de la Doctrina Social de la Iglesia, referidos a la vida política de una nación y que hoy pueden ser para nosotros luz en nuestro discernimiento. El Papa recordó el valor y la protección de la vida humana desde su concepción hasta su ocaso natural y la atención a las personas en situaciones de fragilidad. La talla moral de una nación se manifiesta, precisamente, en su capacidad para acompañar y proteger la fragilidad de sus ciudadanos y de la vida humana, nos recordaba León XIV.
Ponderaba también el papel fundamental de la familia que debe ser apoyada y protegida y abogaba por el derecho inalienable de los padres a elegir la educación moral y religiosa de sus hijos. Y concluía León XIV que ante la inmigración, la igual dignidad de todo ser humano exige garantizar vías seguras y legales, articular una acogida respetuosa y brindar posibilidades reales de integración, al tiempo que se combaten sin paliativos a las redes de tráfico humano. Simultáneamente, la justicia internacional requiere promover las condiciones para que nadie se vea obligado a abandonar su patria por causa de la miseria, la violencia o la falta de futuro.
Y recordaba, entre otros temas, la importancia de la libertad religiosa y de conciencia, para que los creyentes puedan aportar libremente al bien común desde sus convicciones, sin verse relegados al silencio ni obligados a renunciar a su fe en la esfera pública.
Os animo a releer ese excelente discurso que seguro nos aporta luz a la hora de poder situarnos ante este momento de singular importancia que está atravesando nuestra nación y poder decidir en libertad y en conciencia nuestra opción de voto.