David Radoslaw Wroblewski invita a redescubrir el «capital espiritual», la riqueza que da sentido a la vida

David López
6 de noviembre de 2026

El teólogo y doctor en Contabilidad y Finanzas, David Wroblewski, pronunció la lección inaugural del curso académico 2026-2027 del CRETA, en la que reflexionó sobre el auge de la espiritualidad en una sociedad cada vez más secularizada y sobre la necesidad de recuperar su capacidad transformadora.

David Wroblewski impartió la lección inaugural a distancia, ya que se encuentra dando clase en el extranjero.

Vivimos en una sociedad que ha aprendido a medir prácticamente todo: la riqueza, la productividad, el bienestar o el éxito. Sin embargo, ¿cómo se mide la esperanza, la capacidad de amar, la búsqueda de sentido o la fortaleza para afrontar las dificultades? ¿Es posible que, mientras aumentan nuestros recursos materiales, estemos descuidando una riqueza mucho más profunda? Estas fueron algunas de las preguntas que planteó David Radoslaw Wroblewski en la lección inaugural del curso académico 2026-2027 del Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón (CRETA).

La ponencia, titulada «La espiritualidad está de moda, pero ¿dónde está el capital espiritual: la riqueza que nadie contabiliza?», constituyó uno de los momentos centrales del acto de apertura del curso del CRETA y del Instituto Superior de Ciencias Religiosas Nuestra Señora del Pilar, celebrado en Zaragoza, con la participación de los obispos de Aragón y del administrador diocesano de Teruel y Albarracín.

Doctor en Teología Fundamental y en Contabilidad y Finanzas, Wroblewski aprovechó su doble formación académica para tender un puente entre dos ámbitos aparentemente alejados: la economía y la teología. Su reflexión se fundamentó principalmente en la investigación doctoral que defendió en marzo de 2026 en la Universidad de Deusto, centrada en el capital espiritual y las experiencias religiosas y espirituales de estudiantes de un colegio católico de Zaragoza.

Una sociedad secularizada que sigue buscando

Uno de los puntos de partida de la ponencia fue una aparente paradoja de nuestro tiempo: mientras disminuye la identificación con las instituciones religiosas tradicionales, crece el interés por la espiritualidad. La meditación, el silencio, la búsqueda del bienestar interior o las preguntas sobre el sentido de la existencia ocupan un espacio cada vez mayor en ámbitos tan diversos como la psicología, la educación, la medicina o incluso el mundo empresarial.

Para Wroblewski, esta realidad demuestra que la secularización no ha eliminado las inquietudes espirituales del ser humano, sino que ha transformado sus formas de expresión. Hoy existen espiritualidades religiosas, pero también otras que prescinden de una referencia explícita a Dios y que buscan respuestas en la experiencia personal, la naturaleza, las relaciones humanas o el compromiso ético.

Ante este panorama, el ponente propuso recuperar el concepto de «capital espiritual», entendido como el conjunto de creencias, valores, prácticas y experiencias que configuran la interioridad de las personas y poseen capacidad para transformar su vida y sus relaciones con los demás.

No se trata, por tanto, de incorporar una nueva categoría económica a la vida religiosa, sino de reconocer una riqueza que no aparece en los balances financieros. La solidaridad, la compasión, la gratitud, la esperanza o la capacidad de encontrar sentido al sufrimiento son algunas de sus manifestaciones.

David Wroblewski, en la plaza de San Cayetano de Zaragoza. Foto de Heraldo de Aragón. Autor: José Miguel Marco

No basta con practicar: hay que transformar la vida

Una de las ideas más sugerentes de la lección fue la distinción entre la realización de prácticas religiosas y su verdadera capacidad transformadora. Rezar, participar en una celebración, peregrinar o mantener determinadas tradiciones no genera necesariamente capital espiritual por el mero hecho de hacerlo.

La cuestión decisiva, según el planteamiento de Wroblewski, es si esas experiencias ayudan realmente a las personas a crecer, modifican su manera de relacionarse y se traducen en una existencia más coherente y comprometida.

Esta reflexión adquiere especial importancia en el contexto eclesial actual, marcado por la necesidad de transmitir la fe en una sociedad donde muchas prácticas religiosas han perdido parte de su significado original. El ponente invitó a preguntarse qué hay detrás de los gestos, las celebraciones y las costumbres, y hasta qué punto siguen siendo experiencias capaces de suscitar un encuentro profundo con Dios.

Desde esta perspectiva, el capital espiritual no se identifica simplemente con la pertenencia a una comunidad religiosa. Se manifiesta allí donde una experiencia despierta preguntas fundamentales, genera esperanza, fortalece los vínculos humanos o impulsa a trabajar por el bien común.

Del lenguaje económico al encuentro con Dios

La utilización de un concepto procedente del ámbito económico plantea también algunos riesgos. Wroblewski reconoció expresamente el peligro de reducir la fe a una lógica utilitarista, como si la gracia, la oración o la relación con Dios pudieran administrarse en términos de rentabilidad.

Por eso propuso cinco actitudes para abordar teológicamente el capital espiritual: mantener una mirada crítica, observar las nuevas formas de espiritualidad, interpretarlas desde la teología, reconocer sus aportaciones positivas y descubrir en ellas posibles caminos de acercamiento a la fe.

Su propuesta pasa por una Iglesia capaz de escuchar las preguntas espirituales de las personas, también cuando estas se expresan fuera de los cauces religiosos tradicionales. Detrás de la aparente indiferencia religiosa puede existir, según expuso, una búsqueda de trascendencia que merece ser reconocida y acompañada.

En este sentido, el concepto de capital espiritual puede convertirse en un puente entre la tradición cristiana y las inquietudes contemporáneas. No pretende sustituir las categorías fundamentales de la fe, sino ofrecer un lenguaje que ayude a comunicar su riqueza en un contexto cultural diferente.

El Espíritu Santo, fuente de la verdadera riqueza

La reflexión alcanzó su dimensión específicamente cristiana al relacionar el capital espiritual con los talentos personales, los dones recibidos y la acción del Espíritu Santo.

A partir de la parábola evangélica de los talentos, Wroblewski recordó que las capacidades humanas no están destinadas a permanecer estériles, sino a desarrollarse y ponerse al servicio de los demás. Sin embargo, introdujo una distinción fundamental: mientras los talentos requieren responsabilidad y esfuerzo, los dones de Dios remiten ante todo a la gratuidad.

Es precisamente en el Espíritu Santo donde ambas dimensiones encuentran, según su planteamiento, su unidad y plenitud. La sabiduría, el entendimiento, el consejo, la fortaleza, la ciencia, la piedad y el temor de Dios permiten comprender que la verdadera riqueza espiritual no consiste en acumular méritos, sino en dejarse transformar por la acción divina.

Así, el capital espiritual deja de ser únicamente una categoría para analizar comportamientos humanos y se convierte en una invitación a reconocer la presencia de Dios en la vida cotidiana, desde los pequeños gestos de amor hasta las grandes decisiones que orientan la existencia.

Una riqueza que crece cuando se comparte

La lección inaugural concluyó con una reflexión sobre las contradicciones de las sociedades contemporáneas, capaces de alcanzar altos niveles de desarrollo material y, al mismo tiempo, experimentar soledad, fragmentación y pérdida de sentido.

Wroblewski planteó la necesidad de redescubrir y cultivar aquellas dimensiones de la existencia que no pueden expresarse mediante indicadores económicos, pero que resultan fundamentales para el desarrollo integral de las personas y las comunidades.

«Hemos aprendido a medir casi todo, excepto aquello que más sostiene la vida», afirmó en las conclusiones de su trabajo.

Su propuesta constituye también una invitación para la Iglesia y para los centros de formación teológica: no basta con conservar y transmitir conocimientos, sino que es necesario ayudar a descubrir cómo la fe puede transformar verdaderamente la existencia.

Porque, como recordó el ponente al término de su reflexión, «hay bienes que se consumen cuando se usan, pero también hay bienes que solo crecen cuando se entregan». Y es precisamente a esta segunda categoría a la que pertenece el capital espiritual.

Este artículo se ha leído 52 veces.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Compartir
WhatsApp
Email
Facebook
X (Twitter)
LinkedIn

Noticias relacionadas