De la solemnidad de Todos los Santos a la conmemoración de los Fieles Difuntos
A medida que voy cumpliendo años, después de haber cerrado los ojos a los míos y acompañado a muchas de vuestras familias en la despedida de sus seres queridos, hay una pregunta que resuena cada vez con más fuerza en mi corazón: ¿adónde van los que se mueren?
Os comparto esta evocadora respuesta de un abuelo a su nieta, inspirada en un relato de la escritora italiana Susanna Tamaro:
—Abuelo, ¿adónde van los que se mueren?
—Al cielo.
—¿Y dónde está el cielo?
—Es un lugar lejano y, al mismo tiempo, muy cercano. Allí viven las personas transparentes.
—¿Transparentes?
—Sí. Ya no podemos verlas como antes, pero siguen vivas en la luz del amor de Dios, que las creó.
¡Qué imagen tan hermosa! Nuestros seres queridos se han hecho transparentes a nuestros ojos, pero no han desaparecido del corazón de Dios ni de nuestra memoria agradecida. Ya no escuchamos su voz, pero recordamos sus enseñanzas; ya no sentimos sus manos, pero permanece la ternura con que nos acariciaron.
La doctora Elisabeth Kübler-Ross evocó la muerte como un amanecer. Y hay un cuento que nos ayuda a comprenderlo.
Una pequeña oruga soñaba con alcanzar la cima de montaña sagrada. Todos se burlaban de ella. Cuando, agotada, se encerró en su capullo, pensaron que había muerto. Sin embargo, una mañana, ante el asombro de todos, de aquel capullo emergió una hermosa mariposa que reemprendió el vuelo hacia la gran montaña.
¡Lo que parecía el final se convirtió en el comienzo de algo maravilloso!
La oruga no había muerto se había transformado. Aquella pequeña criatura, que apenas podía arrastrarse, descubrió que tenía alas.
¡Qué hermosa parábola de nuestra esperanza cristiana! La muerte sigue siendo un misterio que no alcanzamos a comprender plenamente, pero la fe nos permite contemplarla desde la resurrección de Jesucristo.
Él mismo nos aseguró: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas […]. Me voy a prepararos un lugar» (Jn 14,2).
¡Qué consolador resulta saber que no caminamos hacia la nada, sino hacia la casa del Padre!
Morir, para un creyente, es sólo cambiar de casa: abandonar nuestra casa corporal para habitar en la mansión eterna que Dios nos tiene preparada.
Esta esperanza no elimina ni el vacio ni el sufrimiento. La muerte es dolorosa para quienes nos quedamos, porque deja ausencias que ninguna palabra puede llenar. ¡Cómo no vamos a llorar a quienes tanto hemos querido! También Jesús lloró ante la tumba de su amigo Lázaro.
La fe no nos impide llorar. Las lágrimas son, muchas veces, la expresión más sincera del amor.
Al celebrar el 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos, recordamos a quienes participan ya de la felicidad de Dios. No solamente a los que tienen una imagen en nuestros altares, sino también a tantos «santos sin altares»: madres que se desvivieron por sus hijos, padres que trabajaron silenciosamente por sus familias, abuelos que transmitieron la fe, sacerdotes y consagrados que sembraron bondad sin buscar reconocimiento. ¡Cuántos santos anónimos han vivido en nuestros pueblos!
Al conmemorar el día 2 a nuestros fieles difuntos, recordamos especialmente a quienes nos han precedido. Acudimos al cementerio para honrar su memoria, agradecer cuanto recibimos de ellos y encomendarlos a la misericordia de Dios.
Ambas celebraciones están profundamente unidas: Todos los Santos nos muestran la meta; los Fieles Difuntos nos invitan a orar por quienes confiamos que alcanzarán esa misma plenitud.
Cuando estos días encendáis una vela junto a la fotografía de vuestros seres queridos o depositéis unas flores sobre su tumba, hacedlo con la certeza de que el amor vivido no ha sido inútil ni puede reducirse a un simple recuerdo.
Y, si me permitís una confidencia, yo también sueño con el día en que el Señor me llame a su presencia y pueda reencontrarme con ellos. Y pueda escuchar de labios de Jesús: «Bienvenido a casa. Te estaba esperando».
Mientras tanto, sigamos amando, perdonando, sirviendo y sembrando esperanza. Porque la santidad no comienza después de la muerte: se va gestando cada día, cuando hacemos de nuestra vida un regalo para los demás.
Con mi afecto y bendición
Ángel Javier Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón
