Flash de mi conversación (imaginaria) con Jesús sobre el Evangelio del XXIX Domingo del tiempo ordinario – ciclo A – 18 de octubre de 2026 –
Los fariseos habían escuchado las últimas parábolas de Jesús y se veían identificados con el hijo que dijo sí a su padre, pero luego no fue a trabajar, con los viñadores homicidas y con los invitados a la boda que rechazaron la invitación. Era demasiado evidente que Jesús había dicho aquellas parábolas pensando en ellos y estaban indignados; más aún, buscaban un pretexto para poner a Jesús en un aprieto. El evangelista narra hoy (Mt 22, 15-21) el resultado del complot tramado entre ellos y los partidarios de Herodes para atraparlo. El motivo les vino dado a propósito del pago del tributo al emperador romano…
– Con tus últimas parábolas conseguiste soliviantar a los jefes de tu pueblo hasta que dieron con la trampa perfecta para dejarte en evidencia -he dicho a Jesús después de saludarnos-.
– No fue mi intención soliviantarlos, sino advertirles que el camino que seguían los conducía a la perdición; otra cosa es que ellos, en lugar de rectificar, tomaran a mal mis advertencias y continuaran engolfados en sus miserias.
– Además, se aliaron con los herodianos para encontrar el modo de desprestigiarte ante la gente sencilla y, si era posible, para acusarte de rebeldía ante el gobernador romano. Estaban seguros de que, al preguntarte si era lícito pagar el impuesto a los romanos, habían dado con la trampa perfecta: si decías que era lícito y que pagasen, la gente sencilla que pululaba en torno a los grupos revolucionarios de Israel, te acusaría de colaborar con los romanos y de ofender a Dios, pues consideraban el impuesto como una ofensa al Señor; pero si decías que no, los partidarios de Herodes y el alto clero del Templo, que estaban a favor del impuesto porque se beneficiaban de él, te acusarían ante el gobernador romano de oponerte al pago del impuesto. Unos y otros se frotaban las manos, porque creían haber dado con la trampa perfecta para destruirte.
– Por eso les llamé ¡hipócritas! Vinieron a mí muy zalameros, alabando mi sinceridad y diciendo que enseñaba el camino de la verdad, cuando en realidad sólo buscaban comprometerme.
En este momento, Jesús se ha entristecido, ha tomado un sorbo de café y ha continuado:
– No te dejes arrastrar por la hipocresía, porque, a fin de cuentas, nada hay oculto que no llegue a saberse.
– Sobre todo si tú estás por el medio -he reaccionado-. Fuiste muy hábil al pedirles que te mostraran la moneda con la que pagaban el impuesto, y más todavía con la respuesta que les diste teniendo la moneda delante.
– ¿Qué esperaban? ¿Qué les dijese “pagad” o “no paguéis”? Si ellos consideraban válida la moneda del César para sus relaciones con el poder, no tenían más remedio que entregarla al César; pero su vida no se agotaba en el mostrador de los impuestos, sino que continuaba abierta hacia los intereses de Dios, que están por encima de los intereses del César; una vez satisfechos éstos, queda intacta la obligación de dar al Padre lo que es de Dios.
– Me parece que si hubieran recordado tu consejo de que “la verdad os hará libres” no se hubieran atrevido a ponerte aquella trampa, pues en el hombre es donde Dios ha dejado grabada su imagen, y sólo a Él pertenece esa imagen -he dicho recogiendo las tazas de café para acercarlas hasta la barra-.
– Pues toma nota y nunca dejes de dar al Padre lo que le corresponde -ha concluido-.
| Lectura del santo Evangelio según san Mateo (22, 15-21).
Entonces se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron algunos discípulos suyos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias. Dinos, pues qué opinas: ¿Es lícito pagar el impuesto al César o no?». Comprendiendo su mala voluntad les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto». Le presentaron un denario. Él les preguntó: «¿De quién son esta imagen y esta inscripción?». Le respondieron: «Del César». Entonces les replicó: «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Al oírlo se maravillaron y dejándolo se fueron. Palabra del Señor. |