Carta del Arzobispo de Zaragoza: «Felices fiestas de Nuestra Señora del Pilar»

Carlos Escribano Subías
9 de octubre de 2026

En el corazón de la devoción pilarista late la vibrante oración que entonamos en el Himno que cantamos a nuestra Madre, especialmente en estos días de su fiesta. Cada verso encierra un tesoro de espiritualidad mariana que educa nuestra fe y enciende nuestra confianza filial.

El inicio del canto evoca la humilde gratitud de quien se sabe contemplado por el Cielo. María es invocada como «luz hermosa, claro día», la Aurora que precede a Cristo, Sol de Justicia. En aquel amanecer de la fe, la Madre «se dignó visitar» la tierra aragonesa a orillas del Ebro. No vino con estrépito ni con grandeza humana, sino con la ternura con la que una madre acude a sostener a sus hijos cuando el cansancio o el desánimo amenazan el camino. Su visita bendita convirtió nuestra tierra en morada de gracia y crisol de evangelización.

La vivencia pilarista no es un sentimiento individual, sino la experiencia viva de todo un «pueblo que te adora, de tu amor favor implora». El gesto central de nuestra piedad queda esculpido en el verso más entrañable: estar «abrazados a su Pilar». Abrazar la Columna sagrada es adherirse con firmeza a la fe de los Apóstoles. En un mundo cruzado por tempestades e incertidumbres, el Pilar permanece inamovible como «faro esplendente» que orienta a los navegantes y como «rico presente de caridad», pues en María la Iglesia recibe el regalo inestimable del Amor divino. Buscar refugio en su columna no es huir del mundo, sino encontrar el punto de apoyo para amar más y mejor en nuestra vida cotidiana.

Cuando el canto proclama que el Pilar es «trono de gloria» y nos asegura que la Virgen «a la victoria nos llevarás», la devoción se viste de profunda esperanza teologal. La victoria de María no es un triunfo de este mundo, sino el triunfo de la gracia sobre el pecado, de la luz sobre las tinieblas y del consuelo sobre la soledad.

Esta certeza adquiere un relieve singular al contemplar el horizonte del año 2040, en el que nuestra Iglesia conmemorará el Bimilenario de la Venida de la Virgen en carne mortal, que sucedió en el año 40 de nuestra era según la piadosa tradición. Dos mil años de fe ininterrumpida custodiada a los pies de la Columna. Caminar hacia el 2040 exige que la melodía de nuestro himno se convierta en compromiso de vida, alumbrado por nuestra fidelidad cotidiana mantenida por nuestra oración personal y los sacramentos. También por la caridad fraterna, convirtiéndonos en nuestro entorno en ese faro que alumbra a quienes sufren o buscan esperanza. Y, a la vez, trasmitir la fe regalando a los niños y jóvenes la gozosa certeza de contar con una Madre que nunca nos abandona.

El himno culmina estallando exultante en un clamor jubiloso: «Cantad, cantad himnos de honor y de alabanza a la Virgen del Pilar». Ojalá que nuestro canto no concluya al silenciarse el órgano de los templos y al terminar estos días festivos y alegres del octubre zaragozano, sino que continúe interpretando los mejores acordes de nuestra existencia, generando vida, servicio y caridad en cada uno de nuestros días.

Que la Santísima Virgen siga siendo la columna firme sobre la que se apoya nuestra fe hoy, mañana y siempre, en esta marcha gozosa hacia el Bimilenario de su Venida. ¡Felices fiestas de Nuestra Señora del Pilar!

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