En el Día de la Educación en la Fe, Peralta de la Sal acogió la eucaristía en la que el obispo, Mons. Ángel Pérez Pueyo, envió solemnemente a los catequistas y profesores de Religión a desempeñar su labor pastoral y docente durante este nuevo curso. Bajo el lema «No sois dueños de la viña. Sois sembradores», la celebración congregó a educadores, agentes de pastoral, familias y fieles de las distintas parroquias y unidades pastorales en la patria chica del santo educador aragonés.
En su homilía, el obispo remarcó la gratuidad de la misión encomendada advirtiendo sobre la tentación de apropiarse de la tarea eclesial al recordar que «la viña ya estaba allí, ellos no la habían plantado y no era suya». En este sentido, ha subrayado que «el pecado de aquellos labradores fue creerse dueños de lo que solo era una responsabilidad recibida», haciendo hincapié en que la viña pertenece a Dios y que la Iglesia es de Jesucristo, por lo que el obispo, los sacerdotes, los catequistas, los profesores y las familias son simplemente «servidores de una viña que Otro plantó, que Otro ama y que Otro hará fructificar».
Don Ángel puso como modelos inspiradores a san José de Calasanz, quien «descubrió que educar no consiste en llenar cabezas, sino en ayudar a crecer personas», y a san Ramón, obispo que «recorrió pueblos y aldeas, cercano a la gente, especialmente a los más sencillos». Dirigiéndose directamente a los educadores y catequistas, el obispo planteó tres actitudes fundamentales para la siembra pastoral en el día a día.
En primer lugar, instó a escuchar antes de responder, pidiéndoles que no den solamente respuestas sino que escuchen preguntas, sin tener miedo a las dudas, a los silencios o a las aparentes indiferencias, ya que «a veces, una pregunta sincera puede acercar más a Dios que cien respuestas aprendidas de memoria».
En segundo lugar, destacó el valor del testimonio de vida por encima de la lección teórica, pidiéndoles que no hablen solamente de Jesús sino que dejen que se les note Jesús, pues «un niño quizá olvide dentro de veinte años el tema que le explicasteis, pero difícilmente olvidará cómo lo mirasteis, cómo lo escuchasteis, cómo lo esperasteis y cómo confiasteis en él».
Por último, recordó la necesidad de sembrar sin ansiedad por los resultados, insistiendo en que el catequista no hace discípulos para sí y el profesor cristiano no impone, sino que propone, dialoga, acompaña y testimonia con paciencia.
En el momento central del rito de envío, los catequistas y profesores manifestaron su disponibilidad para acompañar el crecimiento en la fe, cuidar su preparación humana, teológica y pedagógica, y actuar en comunión con la diócesis. Acto seguido, el obispo los envió formalmente con palabras de aliento, pidiéndoles que acudan a las parroquias, aulas y comunidades para ser testigos creíbles con sus vidas. «Y recordad siempre que no vais solos: Cristo camina con vosotros», concluyó.
