Opinión

Thalía López Sancho

El margen de los tiempos perfectos:

29 de septiembre de 2026
Había pasado toda la mañana en el despacho de casa rodeada de códigos, post-its de colores y esquemas imposibles. Preparar los examenes y lidiar con los plazos administrativos que no perdonan ni un minuto te deforma la mirada: terminas creyendo que el mundo entero funciona a base de registros, notificaciones electrónicas y cronómetros. Si te atrasas un segundo, decae el derecho. Si un trámite no entra en plazo, se archiva.
A media tarde, con la vista cansada de tanto leer artículos y jurisprudencia, decidí cerrar los libros. Necesitaba aire fresco y un respiro del bucle mental de las fechas de caducidad. Salí a la calle y, casi sin darme cuenta, mis pasos me llevaron hacia una pequeña iglesia del centro de Zaragoza. Buscaba el silencio, ese refugio donde las horas no pesaran tanto.
Me senté en el último banco, justo debajo de la penumbra del coro. Olía a cera fría y a la humedad de las piedras antiguas. Miré hacia el altar, con el sagrario pequeño y la lamparita roja titilando con una constancia exasperante para mi prisa interior.
Recordé lo que me había dicho mi abuela la última vez que charlamos en la cocina, cuando yo bufaba porque las cosas no salían al ritmo que exigía mi planificador: «No te agobies tanto, hija, que los tiempos de Dios son perfectos».
En aquel momento, sentada en el banco de la iglesia, esa frase me sonó a tópica, casi a consuelo fácil. «¿Perfectos?», pensé con un ramalazo de ironía mental, mirando mis apuntes de derecho en el bolso. «Si Dios fuera un administrador público, ya nos habríamos quedado sin presupuesto y con medio expediente caducado. Aquí todo va lento, se retrasa, parece que no llega nunca…»
Me quedé un rato largo a solas con mis reproches, convencida de que mi vida iba con retraso respecto a las metas que me había impuesto.
Al poco, la puerta de la entrada crujió con suavidad. Entró un hombre mayor, vestido con una chaqueta descolorida, arrastrando los pies con esa calma exasperante de quien ya no tiene prisa por llegar a ninguna parte. No se sentó en los bancos delanteros. Se detuvo justo a mi lado, en el banco contiguo, y dejó caer sobre el asiento un viejo maletín de cuero gastado.
Apoyó las manos en el respaldo del banco de delante, inclinó la cabeza y se quedó en silencio. Un silencio tan espeso que parecía el único habitante de la nave.
Yo lo miraba de reojo, impaciente por dentro, pensando en todo lo que me quedaba por estudiar al volver a casa. Al cabo de unos minutos, el hombre suspiró hondo, sacó del maletín un fajo de papeles ajados y los dejó sobre la repisa. No eran escritos religiosos ni oraciones impresas: eran cartas amarillentas y fotografías en blanco y negro.
Se giró hacia mí, notando quizás mi presencia o mi inquietud contenida, y me dedicó una sonrisa cansada pero luminosa.
–¿Estudias leyes, verdad? –me preguntó en un susurro ronco, señalando la libreta de apuntes que asomaba de mi bolso.
Asentí con una mezcla de sorpresa y pudor.
–Ay, los plazos… –susurró él, negando suavemente con la cabeza–. Nos pasamos la vida entera intentando que todo encaje en el calendario que nosotros mismos nos dibujamos. Queremos controlar el reloj, anticiparnos al futuro, marcar el compás exacto de cuándo deben ocurrir las cosas. Y si se desvía un solo día, nos sentimos fracasados.
Señaló con un dedo tembloroso las cartas esparcidas sobre el banco.
–¿Ves esto? Hace cuarenta años, mi mujer y yo perdimos un negocio familiar por culpa de un retraso judicial absurdo. Nos pareció la mayor injusticia del mundo. Nos arruinó los planes, nos obligó a empezar de cero en otra ciudad y pasé años renegando de aquel revés, creyendo que el tiempo se nos habia roto. Si me hubieran preguntado entonces, habría jurado que Dios se había equivocado de fecha.
Hizo una pausa, y sus ojos se clavaron en el sagrario antes de volver a mirarme con una paz desconcertante.
–Años después, en esa otra ciudad a la que fuimos por fuerza, conocimos a las personas que hoy son la familia de nuestros hijos y el sostén de nuestra vejez. Si aquel pleito hubiera salido a tiempo, si mis planes exactos se hubieran cumplido… nada de lo hermoso que vino después habría tenido espacio para nacer.
Me quedé helada. Las palabras del anciano resonaron en la bóveda vacía como un eco que desarmaba toda mi prisa.
Miré de nuevo el sagrario, y el plot twist se abrió paso en mi cabeza con la fuerza de una revelación. Yo me había pasado meses midiendo la perfección de mi vida según los plazos de mi agenda, como si Dios fuera un relojero estricto que suspende a los que llegan tarde. Pero el verdadero misterio no era ese. Los tiempos de Dios no son perfectos porque cuadren matemáticamente con nuestras previsiones, sino porque son capaces de hilar, con los hilos torcidos de nuestros retrasos y nuestros desvíos, un tejido mucho más grande y hermoso del que nos atrevemos a imaginar.

Salí a la calle con el aire fresco de la tarde golpeándome en la cara. El bullicio de Zaragoza seguía ahí, y los códigos de derecho me esperaban sobre la mesa. Pero al cruzar la puerta, comprendí que ya no necesitaba correr tanto; a veces, perder el tren de nuestros propios planes es la única manera de llegar, justo a tiempo, al lugar donde de verdad nos necesitaban.
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