La Iglesia celebra este domingo la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado bajo el lema «Incluso uno solo de estos pequeños», una llamada a mirar más allá de las cifras y reconocer la historia concreta de cada persona migrante. En Zaragoza, esa invitación tiene dos nombres propios: Abderrazak y Anas, dos jóvenes llegados desde Canarias a través del proyecto «Corredores de Hospitalidad».
Ambos llegaron a Zaragoza el 20 de marzo de 2025 después de haber alcanzado las islas Canarias siendo todavía menores de edad. Allí fueron atendidos y tutelados por la Administración hasta cumplir los 18 años, momento en el que fueron incorporados a esta iniciativa promovida por el Departamento de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española y liderada por las diócesis canarias.
Un proyecto de solidaridad entre diócesis
«Corredores de Hospitalidad» busca favorecer la movilidad y la inclusión de jóvenes migrantes extutelados que, tras alcanzar la mayoría de edad, necesitan continuar sus procesos de integración en otros territorios. El objetivo es ofrecerles acompañamiento hasta que puedan desarrollar un proyecto de vida autónomo.

En Zaragoza, la acogida fue posible gracias a la Mesa de lo Social, creada en 2022 para coordinar a las entidades e instituciones de acción caritativa y social de identidad cristiana presentes en la diócesis. A propuesta de la Delegación de Migraciones y de Cáritas diocesana, distintas organizaciones sumaron recursos para hacer posible la llegada y el acompañamiento de Abderrazak y Anas.
De la acogida a la autonomía
Desde su llegada a la capital aragonesa, los dos jóvenes forman parte del proyecto «Transeva», gestionado por la Fundación Federico Ozanam y orientado a acompañar a jóvenes extutelados en su transición hacia la vida adulta.
El programa incluye alojamiento, acompañamiento educativo, apoyo formativo y laboral y un itinerario individualizado de inserción. También contempla una beca mensual de 300 euros y la convivencia con otros jóvenes participantes en el proyecto.
En el caso de Abderrazak, el proceso ha avanzado de manera especialmente significativa. Llegó a Zaragoza con una dificultad de movilidad en el hombro y el brazo derechos y ya tiene reconocida una discapacidad del 37 %. Ha mejorado notablemente su nivel de castellano y está finalizando un curso de operario de viveros, jardines y centros de jardinería, con perspectivas de incorporación al mercado laboral.
Él mismo reconoce que «Zaragoza ha sobrepasado las expectativas que tenía cuando llegué de Canarias». Su objetivo sigue siendo el mismo que le impulsó a emprender el viaje: trabajar y poder ayudar a su familia.
«Incluso uno solo de estos pequeños»
La experiencia de Abderrazak y Anas encarna de forma concreta el lema de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado de este año. Los obispos españoles recuerdan que la migración no puede abordarse únicamente desde las estadísticas, los porcentajes o el debate político, sino desde la dignidad de cada persona.
En su mensaje para la Jornada, la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y Movilidad Humana insiste en que «una sola vida tiene un valor infinito» y que cada niño, niña o adolescente migrante merece protección, respeto y oportunidades reales para desarrollar su futuro.
Por eso, la acogida no se entiende únicamente como una respuesta asistencial. Desde la perspectiva cristiana, significa reconocer en la persona vulnerable una llamada directa a la fraternidad y al compromiso. La propia experiencia zaragozana demuestra, además, la importancia de trabajar de manera coordinada entre diócesis y entidades para ofrecer respuestas estables y eficaces.
Abderrazak y Anas llegaron a Zaragoza después de recorrer un camino marcado por la incertidumbre. Hoy siguen construyendo, paso a paso, una nueva etapa de su vida. En ellos, la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado deja de ser una celebración abstracta y adquiere un rostro concreto.
