Hay muchas preguntas que aguardan ser planteadas en algún momento de nuestra vida. De todas ellas, me quedo con la pregunta por Dios, porque preguntando por Él (y en Él), el buscador se descubre buscado.
San Agustín escribió: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Nadie añora una tierra que no ha pisado; si el exilio del Amor duele, es porque portamos con nosotros el sentido del hogar mayúsculo. Este hogar es Dios.
A alguien solo se le encuentra cuando consiente en dejarse encontrar. El primer síntoma de que algo verdadero ocurre es un cambio existencial radical, aunque no necesariamente estridente a oídos del mundo: Dios deja de ser un ‘él’ del que se habla sin compromiso ninguno con cuanto se ha dicho y se transforma en un ‘tú’ al que se clama en voz baja.
Hay noches en que esta casa parece deshabitada, en las que sentimos que Dios no responde ni escucha. Pero, si cuanto vivimos es real, entonces aun en la más densa oscuridad sobrevive la fidelidad ante una puerta cerrada, gracias a la certeza de que detrás hay una mesa puesta que aguarda nuestra respuesta.