Con motivo de la celebración de la 112ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, la Iglesia nos invita a abrir el corazón bajo un lema profundamente evangélico: «Incluso uno solo de estos pequeños» (Mt 18, 5). Esta convocatoria nos pide poner en el centro el valor sagrado, único e irrepetible de cada persona que se ve obligada a dejar su hogar, atendiendo especialmente a los más pequeños.
Millones de niños y adolescentes se ven forzados cada año a abandonar sus tierras a causa de las guerras, la pobreza, la violencia, la corrupción o los desastres medioambientales. Como nos recuerda el papa León XIV en su mensaje para la Jornada de este año, el sufrimiento no se limita al desplazamiento: “hay niños muy pequeños que han perdido a sus padres, hermanos, hermanas y amigos, y que son testigos de una violencia indescriptible. Otros, separados durante largos períodos de sus familiares, intentan reunirse con ellos, viviendo entre tanto, la angustia de la distancia. Hay también menores que afrontan el viaje junto a sus padres, pero expuestos a condiciones extremas y traumáticas. Por último, no podemos olvidar la trágica situación de quienes son separados de sus padres a causa de la repatriación”. El sufrimiento de estos menores es enorme y apela directamente a nuestra conciencia humana y cristiana.
Frente a esta situación, la Iglesia nos recuerda que la hospitalidad no puede quedarse en un mero discurso abstracto ni en una responsabilidad que deleguemos en unos pocos o en instituciones eclesiales dedicadas a la caridad. La respuesta a esta realidad corresponde a toda la comunidad cristiana. Cada uno de nosotros está llamado a mirar a estas personas con ojos fraternos, a acogerlas con singular respeto y a involucrarnos activamente en el acompañamiento de sus vidas cotidianas.
El mensaje de la jornada de este año resuena con especial fuerza a la luz de los gestos y reflexiones compartidos durante el viaje apostólico por el papa León XIV en España, especialmente en su visita a Canarias, un punto clave y doloroso de las rutas migratorias europeas. En el marco de su visita el Papa reafirmó que la dignidad de la persona no depende de su origen ni de la frontera que haya cruzado. Por ello, se hace indispensable promover vías de tránsito seguras y legales, mecanismos de rescate, lucha contra las redes de tráfico humano, y procesos reales de integración y acogida. Y defendía con fuerza profética en el puerto canario de Arguineguín: “si bien existe un derecho a buscar refugio cuando la vida es amenazada, también existe el derecho a no tener que migrar: el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin que la tierra se vuelva inhabitable, sin que la corrupción robe el pan de los pobres, sin que las armas destruyan el futuro de los niños”.
Gracias a nuestra Delegación diocesana de Migraciones y a las personas de Iglesia que en nuestra diócesis están trabajando en este sentido con distintas iniciativas que buscan preservar la dignidad de la persona. A ello estamos llamados todos, especialmente con los más pequeños.