El vicario general de Barbastro-Monzón, Ángel Noguero, ha celebrado sus bodas de diamante sacerdotales, toda una vida de servicio en la que subraya los 42 años dedicados a la docencia y una profunda pasión por el arte, sobre todo el Románico. La Casa Sacerdotal, el antiguo Seminario, acogió la eucaristía conmemorativa y la felicitación del obispo «por tu vida, por tu vocación y por el regalo de haber podido caminar contigo durante todos estos años».
Felicidades, Ángel. Más allá del aniversario concreto, hablamos de toda una vida.
Pues sí, prácticamente sí, porque lo que queda ya no es mucho -nunca lo sabemos, claro-. Llevo unos días reflexionando bastante sobre esto y pensado que hay que dar gracias a Dios de que estamos aquí todavía, y en activo.
¡Y tan activo!
A veces te preguntas: «Bueno, ¿cómo lo he hecho a lo largo de 60 años como cura?» Y te respondes: «Bueno, he hecho lo que he podido». Me siento contento y satisfecho porque, por lo menos, he tenido un sentido en mi vida que me ha hecho caminar por lugares que desconocía, pero que a la vez me han ayudado a caminar mejor, y siempre, sobre todo, mirando a los demás. Al fin y al cabo, nosotros no somos funcionarios, sino servidores de los demás. Con 60 años de sacerdote, y habiendo dedicado 42 a la enseñanza, te dedicas a ayudar a los demás y, sobre todo, a la gente joven, para que descubran el sentido de su vida, que es lo que muchas veces predico en misa: Jesús es el camino, la verdad y la vida.
¿Recuerdas cuándo sentiste esa llamada, cuándo tuviste clara tu vocación?
Guardo un recuerdo muy remoto de un verano en Binéfar con mis padres. Estaba jugando y me caí; me rompí el codo y pensaban que me tenían que operar. Mi padre me contaba que, cuando me desperté después de que me arreglaran el codo, le dije: «Yo quiero ser cura». No sé más, solo sé que mi padre respondió: «Ah, pues me parece muy bien».
A partir de ahí me acerqué al cura de Alfarrás, me puse a ayudar con los críos y poco a poco fuimos andándolo. Tenía unos cuatro o cinco años cuando me pasó eso.
Tiempo después llegaría la entrada al seminario.
Mucho más tarde. Cuando tenía 9 o 10 años, mi padre le comentó al cura que yo quería ir al seminario. Tenía una tía en Barbastro, casada con Feliciano Carmen —que llegó a ser concejal aquí—, y le dijo al obispo Pedro Cantero: «Traélo al seminario de Barbastro, que aquí nos hacen falta más curas». Esto te hablo del año 1953. Vine a estudiar a Barbastro, me quedé aquí y mis padres se vinieron a vivir también.
¿Recuerdas el día de tu ordenación?
Lo recuerdo porque eso es inolvidable, lo tienes grabado para siempre. Muestra de ello son las fotografías de mi primera misa, que quise celebrarla en el propio seminario. Tras pasar varios años por los pueblos de montaña -el primer año sin vehículo, andando a todos lados-, me tocó trabajar 42 años en el seminario. Esa casa nació conmigo; cuando terminé la carrera de cura, a los mayores los mandaron a Zaragoza. Fue, de algún modo, principio y fin.
¿A cuántos alumnos has dado clase?
Estuve haciendo el cálculo porque en el antiguo seminario teníamos la ficha de cada uno de los alumnos. Empecé con 25 o 26 años dando Religión. Al año siguiente sumé Historia, porque me gustaba mucho. Llegó un momento en que vimos que, si no teníamos un título universitario civil, no podíamos ejercer como profesores. Así que Fernando Juste (que en paz descanse), el rector Antonio Plaza y yo decidimos matricularnos en la universidad. Antonio y Fernando sacaron dos títulos cada uno, y yo me conformé con la licenciatura en Geografía e Historia. A lo largo de los años he dado clase a muchísima gente, alrededor de 3000 alumnos.
Y esa formación en Geografía e Historia te condujo directamente al arte.
El plan de estudios de entonces, de los cinco años de carrera, cuatro eran obligatorios de Arte: Universal y de España. Para mí fue la apertura de una ventana en mi vida que nunca podré agradecer lo suficiente, porque me hizo descubrir la maravilla del arte.
Especialmente en esta diócesis.
Especialmente aquí, porque una de mis grandes aficiones es el románico. A mí la enseñanza de la Historia, la Filosofía y el Arte me apasiona. Hoy en día, cuando me toca explicar el museo, me pasa algo curioso: me duelen mucho las rodillas y las piernas, pero en cuanto me pongo a explicar Arte, se me olvida el dolor. Te metes dentro de ese mundo y cada día descubres cosas nuevas.
También ha testigo de seis décadas de cambios en la sociedad y, claro está, en la Iglesia. ¿Cómo los has vivido?
Sí, y he sido un testigo privilegiado, porque ibas viendo cómo evolucionaba cada generación. Antes el cambio se notaba cada varios años; últimamente, casi cada año. Todo eso me ha ayudado mucho a entender la historia que estamos viviendo hoy en día. Me encanta, porque yo soy parte de esta historia.
Si algo me ha enseñado todo este tiempo es que Dios nos habla a través de los acontecimientos. Lo que pasa es que hay un problema: a veces parecemos sordos y no le oímos.


