La catedral de Huesca ha acogido este sábado 12 de septiembre la celebración de la fiesta del santo Cristo de los Milagros, una de las celebraciones religiosas más arraigadas de la diócesis de Huesca, que ha congregado a numerosos fieles de la capital y de distintas localidades de la provincia como colofón a la Novena celebrada entre los días 4 y 12 de septiembre. La jornada ha vuelto a poner de manifiesto la profunda devoción que generaciones de oscenses han mantenido hacia esta imagen, vinculada a la tradición del milagro ocurrido en 1497, cuando, en plena epidemia de peste, el santo Cristo sudó de forma milagrosa durante una procesión por las naves de la catedral y la ciudad quedó libre de la enfermedad.
La celebración ha contado con la presencia de peregrinos procedentes, entre otros lugares, de Valfonda de Santa Ana, Quicena, Siétamo, Aniés, Tabernas de Isuela, Bespén, Monflorite, Igriés, Chimillas y Banastás, a quienes el obispo de Huesca y Jaca, el padre Pedro Aguado Cuesta, ha agradecido especialmente su presencia y su testimonio de fe. La eucaristía ha estado presidida por el propio obispo, acompañado por el cabildo catedralicio, y en su homilía ha invitado a los fieles a contemplar el significado de la Pascua y a reconocer en el santo Cristo de los Milagros al Señor resucitado, centro de la vida cristiana.
Antes de la primera eucaristía de la jornada, a las 8:00 h., la cofradía del Santo Cristo de los Milagros y San Lorenzo Mártir ha procesionado por el interior del templo hasta la capilla del santo Cristo de los Milagros, donde se ha sacado la imagen de su camarín y se la ha trasladado hasta el altar mayor rodeada del silencio y el fervor de los fieles. La priora de la cofradía, Lourdes Martín, la ha colocado en el presbiterio, desde donde se le podrá adorar el resto de la jornada hasta su vuelta a la capilla tras la eucaristía de las 19:00 h.
El padre Pedro ha explicado que la eucaristía es siempre el memorial de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, pero que esta celebración ofrece una ocasión especial para profundizar en esa experiencia pascual. A partir de las lecturas proclamadas, ha recordado que la pasión y muerte en cruz de Cristo constituyen, junto con su resurrección, «la fuente de la vida cristiana», y ha señalado que la Pascua no puede reducirse a una idea o a una teoría, sino que implica un encuentro personal y transformador con Jesucristo.
«El encuentro con Jesucristo resucitado» ha sido precisamente uno de los ejes de la reflexión del obispo, que ha explicado que ese encuentro transforma y marca para siempre la vida de quienes lo experimentan. Como ejemplo, ha recordado a los discípulos de Emaús y su reconocimiento de que «ardía nuestro corazón» mientras Jesús les hablaba, para subrayar que la fe es un camino que requiere avanzar y dejar atrás esquemas que impiden reconocer al Señor.
El obispo ha destacado también que el encuentro con Cristo produce una alegría profunda, distinta de las satisfacciones pasajeras vinculadas a las circunstancias de la vida. Una alegría que, ha señalado, nace del encuentro con Jesús y que lleva a una vida nueva. En este sentido, ha animado a los cristianos a recuperar el entusiasmo por la fe y a asumir nuevos compromisos, recordando la llamada del papa Francisco a construir una comunidad cristiana «en salida», capaz de compartir con los demás la experiencia recibida.
Junto a la alegría y la transformación personal, el padre Pedro ha señalado el valor y el coraje como otros frutos de ese encuentro con Cristo. Los discípulos no se guardaron para sí mismos la experiencia de la resurrección, sino que la comunicaron y la anunciaron, incluso en medio de las dificultades. Por ello, ha recordado que los cristianos han recibido la fe «para transmitirla» y ha animado a continuar anunciando a Cristo porque ese anuncio sigue siendo necesario para transformar la historia.
El obispo ha advertido asimismo de que la fe no hace necesariamente más sencilla la vida, como demuestra la experiencia de los primeros discípulos, que afrontaron tribunales, cárceles, azotes, indiferencia y fracasos. Sin embargo, ha destacado que su fortaleza nacía de una certeza: «El Señor está vivo y me fortalece». Una convicción que ha trasladado también a la vida actual de las comunidades cristianas y a la tarea de construir la Iglesia.
La homilía ha concluido con una afirmación que, para el obispo, resume la experiencia pascual: «Jesucristo es el Señor». Ha subrayado que no se trata de uno más entre otros, sino del único Señor, y que reconocerlo así constituye para el cristiano una fuente de libertad. En un momento en el que no siempre resulta sencillo transmitir esta convicción, ha animado a los fieles a buscar nuevos caminos para hacer visible la alegría profunda de la fe y para compartirla con quienes necesitan escuchar el anuncio de Cristo.







