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Después del primer anuncio, ¿qué? Del encuentro con Cristo a una vida de discípulos

David López
23 de agosto de 2026

Tote Barrera propone recuperar el catecumenado, el bautismo y la vida comunitaria para evitar que el primer anuncio se convierta en una experiencia intensa pero sin continuidad

El primer anuncio ha recuperado en los últimos años un espacio importante en la vida de muchas parroquias. Retiros, encuentros y métodos de evangelización han permitido que personas alejadas de la fe, o cristianos que nunca habían vivido una experiencia personal de encuentro con Jesucristo, comiencen a mirar de otra manera su relación con Dios. Pero, una vez pronunciado ese primer «sí», aparece una pregunta decisiva: ¿y ahora qué?

Sobre ella giró la ponencia Después del Primer Anuncio ¿Qué?, ofrecida por Tote Barrera el pasado 25 de febrero en una jornada organizada por el Secretariado de Evangelización de la Conferencia Episcopal Española.

Barrera, que fue director de Alpha España y uno de los principales impulsores del Curso Alpha en el ámbito español, comenzó planteando una distinción que atravesó toda su intervención: no es lo mismo cambiar los modelos pastorales que cambiar el paradigma desde el que se hace pastoral. El modelo se refiere a estructuras, procesos, actividades o itinerarios. El paradigma es algo más profundo: «el marco de supuestos desde el que la Iglesia entiende qué es evangelizar y qué significa salvar».

Y ahí aparece una de las claves de toda la ponencia: la salvación. Antes de preguntarnos qué actividad organizar, qué método utilizar o qué itinerario implantar, habría que preguntarse para qué existe todo eso. La respuesta de Barrera es sencilla: para que la salvación de Jesucristo alcance la vida concreta de las personas.

Bautizados, pero no necesariamente convertidos

El punto de partida no es difícil de reconocer en muchas de nuestras comunidades. Vivimos todavía entre los restos de una cultura de cristiandad y una sociedad crecientemente postcristiana. Eso significa que buena parte de quienes se acercan a las parroquias han recibido los sacramentos, pero no siempre han recorrido personalmente un camino de fe.

De ahí una expresión provocadora utilizada durante la ponencia: «bautizados, iniciados sacramentalmente, pero no convertidos vitalmente».

Barrera se apoya en el Directorio para la Catequesis para recordar que hoy ya no resulta tan sencillo separar ordenadamente preevangelización, primer anuncio, catequesis y formación permanente. Muchas personas que han recibido los sacramentos carecen, sin embargo, de una experiencia personal de la fe. El problema, por tanto, «no es que falten los sacramentos; es que falta el proceso».
Y ese diagnóstico obliga a hacerse una pregunta incómoda: ¿podemos incorporar métodos nuevos dentro de una estructura pastoral que continúa funcionando exactamente con la lógica anterior?

No basta con provocar una experiencia

La crítica no va dirigida contra el primer anuncio. Todo lo contrario. Barrera reconoce su importancia, pero advierte del riesgo de convertirlo en una meta cuando solo debería ser el comienzo.

Una persona puede salir entusiasmada de un retiro, redescubrir el amor de Dios, comenzar a rezar o experimentar de una forma nueva la acción del Espíritu Santo. Pero la vida cristiana no puede quedarse ahí.

«Estamos haciendo primer anuncio y queremos hacer discipulado y no tenemos el puente entre los dos», resume Barrera.

Ese puente es, en su propuesta, la inspiración catecumenal. No entendida simplemente como un curso para adultos que van a bautizarse, sino como la recuperación de un proceso capaz de conducir a la persona desde el encuentro inicial hasta una verdadera incorporación a la comunidad cristiana y una vida adulta de discípulo.

Por eso lanza otra afirmación que resume buena parte de su planteamiento: «No hay discipulado sin proceso. No hay proceso cristiano sin catecumenado».

Volver al bautismo

Quizá una de las ideas más sugerentes de la ponencia sea precisamente esta: para avanzar no hace falta necesariamente inventar algo nuevo, sino volver a las fuentes.

Y la fuente, en este caso, es el bautismo.

Durante siglos, en una sociedad cristiana, la iniciación podía darse prácticamente por supuesta. Hoy ya no. Por eso Barrera habla incluso de una «reiniciación cristiana»: personas bautizadas desde niñas que necesitan recorrer de manera consciente aquello que sacramentalmente recibieron hace muchos años.

«La llamada más profunda es volver a la fuente bautismal», señala. El catecumenado, desde esta perspectiva, «no es un curso, no es un programa, no es un método más entre otros», sino «la forma originaria de iniciar la vida cristiana».
No se trata, evidentemente, de volver a bautizar a nadie, sino de permitir que la gracia recibida pueda ser redescubierta, acogida y desplegada en la vida.

Una copa para explicar todo el proceso

Para explicarlo, Barrera recurrió a una imagen especialmente gráfica: una copa de vino.

La base representa el primer anuncio. Tiene que ser amplia, abierta, capaz de recibir a todos. Es la puerta de entrada, el anuncio del amor de Dios y la invitación a encontrarse con Jesucristo.

Después viene el tallo. Es más estrecho, porque representa el proceso: el catecumenado o, para quienes ya están bautizados, un camino de reiniciación cristiana.

Y finalmente aparece el cáliz de la copa: la vida cristiana adulta, el discipulado, la comunidad, la corresponsabilidad y la misión.

«Primer anuncio, catecumenado de iniciación o de reiniciación y vida cristiana discipular», sintetiza Barrera. El problema aparece cuando queremos pasar directamente de la base al cáliz: del impacto inicial al discipulado, pero sin un proceso que una ambas realidades.

La imagen todavía ofrece una última enseñanza. Una copa no existe solamente para contener vino. Existe para beberlo y también, en la imagen utilizada por Barrera, para derramarse.

«La copa está hecha para derramarse», afirma. Una vida cristiana que únicamente se alimentara a sí misma terminaría perdiendo su razón de ser. El discipulado desemboca necesariamente en misión.

Parroquias en movimiento

La reflexión acaba trasladándose de cada cristiano a toda la comunidad. No basta con pedir a las personas que recorran un camino si la propia parroquia permanece inmóvil.

Barrera propone imaginar la parroquia como un movimiento continuo de entrada y salida: acoge a quienes llegan, los acompaña hacia una vida cristiana madura y, al mismo tiempo, envía nuevamente al mundo a quienes han descubierto su condición de discípulos.

«Comunidad y misión. Las dos cosas», afirma. Frente a unas «parroquias estáticas», reclama comunidades que vivan ellas mismas un itinerario y encuentren en la Pascua, el bautismo, la Eucaristía y Pentecostés el ritmo profundo de su vida.

Al final, la pregunta inicial sigue abierta y quizá sea esa su mayor virtud: después del primer anuncio, ¿qué proceso real estamos ofreciendo?

La respuesta de Tote Barrera no pasa primero por multiplicar actividades ni por encontrar el siguiente método de moda. Pasa por algo mucho más antiguo y, al mismo tiempo, más exigente: recuperar la unidad del camino cristiano.

Primer anuncio, conversión, bautismo vivido, catecumenado o reiniciación, incorporación a la comunidad, discipulado y misión. No como compartimentos estancos, sino como partes de un mismo movimiento.

Porque el objetivo no es simplemente llenar las parroquias ni conseguir personas entusiasmadas durante unas semanas. Como advierte Barrera con una expresión deliberadamente provocadora, si perdemos de vista la salvación y el bautismo corremos el riesgo de quedarnos en mero «entretenimiento religioso».

La cuestión, por tanto, no es solo qué viene después del primer anuncio. La cuestión es qué clase de cristianos y qué clase de comunidades estamos ayudando a nacer después de él.

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