El Hombre de la Sábana Santa y la lección de María José

Diócesis de Teruel y Albarracín
26 de julio de 2026

Hay personas que dejan una enseñanza tan sencilla como definitiva. La de María José Soriano la recibí una mañana antes de Semana Santa, delante de la imagen de un Cristo yacente en la exposición El Hombre de la Sábana Santa. Cuando hace unos días supe de su fallecimiento, aquel recuerdo volvió a mi memoria con una fuerza inesperada.

Durante la Cuaresma y la Semana Santa de 2024, la Diócesis de Teruel y Albarracín organizó esta exposición dedicada a la Sábana Santa de Turín. Me pidieron colaborar como guía para acompañar a los visitantes y explicar el significado de los distintos paneles, esculturas y elementos expositivos que ayudaban a recorrer los últimos momentos de la vida de Jesús.

Como ya había guiado anteriormente exposiciones de escultura y pintura, preparé cuidadosamente el recorrido. El momento más intenso llegaba siempre ante una escultura de tamaño natural que representaba el cuerpo de Cristo recién descendido de la cruz, tendido sobre una losa. Allí iba mostrando una a una las heridas: las manos atravesadas por los clavos, los pies, la lanzada del costado, las rodillas marcadas por las caídas, la cabeza lacerada por la corona de espinas. A través de preguntas intentaba que los visitantes imaginaran el sufrimiento físico que había soportado aquel hombre.

También me ofrecí para atender las visitas de los colegios. Durante aquellos días pasaron numerosos grupos de alumnos, entre ellos varios del Colegio Las Viñas de Teruel. Uno de ellos iba acompañado por María José Soriano.

Mientras explicaba las heridas de Cristo, María José me interrumpió con una delicadeza que todavía recuerdo. Lo hizo con el cariño y la autoridad de quien lleva muchos años educando. Temía, quizá, que los chicos terminaran contemplando únicamente un cuerpo torturado, como si todo pudiera reducirse a una descripción anatómica o forense.

Entonces, con palabras sencillas, dirigió la mirada de sus alumnos hacia lo verdaderamente importante. Les habló del porqué de aquel sufrimiento, del amor que daba sentido a cada una de aquellas heridas, del sacrificio libre de Cristo por todos los hombres. Les recordó que la cruz no es solamente el lugar donde un hombre muere, sino el lugar donde Dios manifiesta hasta dónde es capaz de amar.

Permanecí en silencio mientras hablaba. Cuando terminó, le di las gracias. En realidad, había expresado con una claridad admirable aquello mismo que yo deseaba transmitir. No bastaba con contemplar un cuerpo herido; había que descubrir el corazón que se entregaba por amor.

Con el paso de los días comprendí que aquella breve intervención resumía toda una manera de entender la educación y la vida. María José no enseñaba únicamente conocimientos; enseñaba a mirar más allá de la superficie, a no quedarse en los detalles, a buscar siempre el sentido profundo de las cosas. Seguramente eso mismo hizo durante tantos años con cientos de alumnos que hoy la recuerdan con cariño.

A veces corremos el riesgo de contemplar la Pasión de Cristo como una sucesión de heridas, de datos históricos o de explicaciones científicas. María José nos recordó aquel día que todo eso solo adquiere su verdadero significado cuando se comprende la razón de tanto sufrimiento.

Por amor se vive. Por amor se sufre. Por amor se muere.

Esa fue la lección que quiso dejar grabada en el corazón de sus alumnos. Y, sin saberlo, también en el mío.

Gracias, María José.

Juan Cañada Guallar

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