La Santa Iglesia Catedral de Teruel acogió en la tarde de ayer, Martes Santo, la solemne celebración de la Misa Crismal, uno de los momentos más significativos del calendario litúrgico diocesano. La Eucaristía fue presidida por el Arzobispo de Zaragoza, Carlos Escribano Subías, quien estuvo acompañado por el presbiterio de la diócesis de Teruel y Albarracín.
La celebración, en la que se bendijeron los Santos Óleos y se consagró el Santo Crisma, incluyó también la renovación de las promesas sacerdotales por parte de los presbíteros, en un clima de profunda comunión eclesial y fraternidad.
Al inicio de la Eucaristía, el Administrador diocesano, Alfonso Belenguer, recordó con afecto la vinculación de Mons. Escribano con esta Iglesia particular. Subrayó que fue ordenado Obispo en esta misma Catedral hace aproximadamente dieciséis años y que sirvió como pastor de la diócesis durante seis años. Asimismo, evocó un recuerdo significativo: en una ocasión, debido a una gastroenteritis, no pudo presidir la Misa Crismal, siendo sustituido entonces por Carlos Osoro, por aquel entonces Arzobispo de Valencia. En palabras del propio Mons. Escribano, con esta celebración “queda saldada aquella deuda”.
Durante su homilía, el Arzobispo expresó su gratitud por poder compartir este momento con la diócesis y se unió a la oración de toda la comunidad para que pronto pueda contar con un nuevo obispo. En este sentido, manifestó su esperanza de que el Santo Crisma consagrado en esta celebración pueda servir para la ordenación del futuro pastor de la diócesis.
Mons. Escribano centró su predicación en el sentido profundo del sacerdocio y la fidelidad vocacional, invitando a los presbíteros a contemplar sus manos como signo del compromiso recibido: “Manos que se juntan en la oración, que se extienden en el altar y que se abren al servicio de los hermanos”.
El Arzobispo recordó que el ministerio sacerdotal no se fundamenta en las capacidades personales, sino en la llamada del Señor: “Estamos aquí porque un día el Señor nos llamó amigos”. En esta línea, animó a vivir una fidelidad “creativa”, que no se encierre en sí misma, sino que sea capaz de responder a los desafíos del tiempo presente.
Asimismo, destacó el significado de los óleos bendecidos —el de los catecúmenos, el de los enfermos y el Santo Crisma— como instrumentos de la gracia de Dios para sanar, fortalecer y consagrar al pueblo fiel. Subrayó que el sacerdote está llamado a ser signo de esperanza en medio de un mundo necesitado de consuelo y sentido.
En un tono cercano y exhortativo, Mons. Escribano alentó a los sacerdotes a no dejarse vencer por el desánimo, recordando que “un sacerdote que reza es un sacerdote que arde, y un sacerdote que arde ilumina siempre el camino de sus hermanos”. También puso en valor la importancia de la comunión presbiteral, afirmando que “nadie genera futuro en soledad” y que la vida de la Iglesia depende en gran medida de la unidad entre sus miembros.
Finalmente, tuvo palabras de agradecimiento para los fieles laicos por su cercanía y apoyo a los sacerdotes, y encomendó a todos a la Virgen María, pidiendo que ayude a mantener viva la frescura de la vocación y la alegría del anuncio del Evangelio.
La Misa Crismal, celebrada en el marco de la Semana Santa, constituye así un signo elocuente de la unidad de la Iglesia diocesana y una renovación del compromiso de los sacerdotes al servicio del Pueblo de Dios.
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