La diócesis de Huesca comienza 2026 venerando al santo Cristo de los Milagros

Miguel Barluenga
1 de enero de 2026

El año 2026 ha comenzado en la diócesis de Huesca venerándose al santo Cristo de los Milagros con varias celebraciones durante toda la jornada del jueves 1 de enero en la catedral y dos momentos centrales: la eucaristía de las 8:30 h., antes de la que se trasladó en procesión la imagen del santo Cristo de los Milagros desde la capilla hasta el altar mayor; y la devolución a su camarín después de la misa de las 18:00 h. Cientos de fieles acudieron al templo, que también acogió misas a las 10:30 h. y las 12:00 h.

Fue una jornada especial para la cofradía del Santo Cristo de los Milagros y San Lorenzo Mártir, erigida canónicamente el 2 de enero de 1894 y que por segunda vez cuenta con una mujer como priora. Lourdes Martín Cuello recoge el testigo de Guadalupe Martínez Arnal y estará al frente de la junta directiva. El obispo de Málaga, monseñor José Antonio Satué Huerto, presidió la última de las eucaristías.

Monseñor José Antonio Satué Huerto pronunció una homilía estuvo marcada por la celebración de la solemnidad de María Santísima, Madre de Dios, en el inicio del Año Nuevo y en tres actitudes que, a su juicio, pueden convertirse en un auténtico programa de vida cristiana: meditar, cuidar y mostrar a Jesús.

Al comenzar el año, recordó el prelado, la liturgia invita a contemplar a María como Madre. Y preguntó: ¿qué hace una madre? María medita en su corazón, cuida a su Hijo y lo muestra a los demás. Tres gestos sencillos que, vividos con hondura, iluminan el camino personal y comunitario de los creyentes.

En primer lugar, María medita. A partir del Evangelio de san Lucas -“María conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón”- y de comentarios de san Bernardo de Claraval, monseñor Satué subrayó cómo la Virgen, siendo muy joven, se ve desbordada por acontecimientos que no termina de comprender. La meditación y la oración le permiten acoger lo que vive, saberse acompañada por Dios e ir descubriendo su voluntad en medio de una experiencia sorprendente.

Esa misma actitud, señaló, es hoy imprescindible para los cristianos: dedicar tiempo a la oración para no quedarse en la superficie de lo que ocurre, para conocerse mejor, para no dejarse arrastrar por modas, estados de opinión o malas noticias, y para descubrir la presencia de Dios tanto en las experiencias gozosas como en las dolorosas o desconcertantes. Por eso, al inicio del año, lanzó una pregunta concreta: cuánto tiempo voy a dedicar a la meditación y a la oración, y cuándo lo voy a hacer, para que no se quede solo en buenas intenciones.

La segunda actitud es cuidar. El obispo de Málaga invitó a contemplar a María cuidando del Niño: lo envuelve en pañales, lo estrecha contra su pecho, lo alimenta, lo protege y lo acompaña en su crecimiento. No se trata, aclaró, de una imagen infantil o sentimental, sino de una auténtica escuela de humanidad y de Evangelio.

Desde ahí, pidió avanzar en una verdadera cultura del cuidado: de los niños, de los enfermos y ancianos, de los pobres, de quienes han perdido la esperanza, de las mujeres que sufren violencia, de los jóvenes desorientados, de las personas abusadas, de las familias que padecen el grave problema de la vivienda. También del cuidado de la creación, para que sea una casa digna para las generaciones presentes y futuras. Aunque no sea posible llegar a todas las necesidades, animó a preguntarse a quién concreto, con nombre y apellido, se siente cada uno llamado a cuidar en este nuevo año, y cómo cuidarse también a sí mismo para poder cuidar bien a los demás.

La tercera actitud es mostrar a Jesús. Recordando la visita de los pastores y de los magos, monseñor Satué destacó a María como la primera evangelizadora: muestra a Jesús a los humildes y a quienes buscan la luz. Esa es, afirmó, la misión de la Iglesia y de cada bautizado: mostrar a Jesús sin imponerlo ni recurrir al miedo, presentándolo como fuente de bendición, de paz y de libertad.

De manera muy especial, apeló a la llamada a mostrar a los oscenses, en esta querida catedral, al Santo Cristo de los Milagros, siempre dispuesto -como antaño- a librar de las “pestes” que hoy hacen sufrir: el sinsentido y la desesperanza, el desprecio a los pobres, la ceguera ante los propios pecados y la incapacidad de reconocer el bien en los demás, o la oscuridad que impide percibir la cercanía de Dios en los momentos difíciles.

La homilía concluyó con una invitación directa a cada fiel: ¿a quién voy a mostrar este año el rostro amable y el corazón misericordioso de Jesús?, ¿con qué obras, actitudes y palabras? De la mano de María meditando, cuidando y mostrando a Cristo, afirmó el obispo, 2026 puede ser, aun con sus dificultades, un año verdaderamente bueno para las personas y para el mundo.

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