Ya el filósogo griego Epícteto nos advertía en este sentido “a los hombres no les perturban tanto las cosas,  como la visión que tienen de ellas…”.

Clarividentes palabras llenas de sabiduría de la vida… y de las que penden la feliz o infeliz resolución de no pocos ¿pretendidos? problemas matrimoniales.

¿Me quieres decir que los problemas de pareja están en nuestro interior, en nuestra percepción? Me animo a ser osada: en muchas más ocasiones de las que creemos ¡sí!.

Vamos a bajar a la realidad cotidiana, trasladando con nuestra imaginación lo dicho a un ejemplo en el ámbito matrimonial. Cuando una esposa se encuentra a la espera de que llegue su marido,  que se retrasa como viene siendo habitual en él, puede optar por varias alternativas.  Puede desarrollar  una verdadera acritud y actitud beligerante. En unos breves minutos vamos a asistir ¡a  un conflicto conyugal en toda regla! Por el contrario, puede aligerar su espera redescubriendo con ternura estas pequeñas deficiencias conyugales, confirmando que su esposo no sería  tal sin sus –ya familiares- manías o imperfecciones. En unos breves minutos, vamos a asistir a un recibimiento cariñoso y comprensivo.

¿Qué hacer por lo tanto ante esta situación o tantas otras análogas en el matrimonio? Muy precisa la respuesta: mantener siempre la presunción de inocencia antes de juzgar y actuar. Es decir,aun cuando las acciones del otro puedan estar equivocadas y me hayan podido hacer daño, mi punto de partida es suponer que tiene buenas intenciones y no quiere herirme.

Esta presunción de inocencia es vital en el matrimonio y la familia,  refuerza el respeto y confianza que siempre se merece el otro, y tiene como marco de referencia en todo momento la promesa. El compromiso que se hizo al otro de querer no sólo con los defectos, ni a pesar de los defectos, sino en sus mismos defectos.

Para evitar el no tan lejano riesgo de inventar nuestras propias crisis, apostamos por la desdramatización. La presunción de culpabilidad, reforzada por la queja, la autocompasión y el pesimismo, nos inmoviliza y nos mantiene pasiva y peligrosamente en círculos viciosos de los que puede resultar difícil zafarse. Esta desdramatización ante las actitudes del otro permite disfrutar de la bondad y sabiduría de un verdadero amor conyugal. Amor conyugal en el que se entrelazan flaquezas, bienes, imperfecciones y virtudes en todos los detalles cotidianos. Amor conyugal al que permitimos evolucionar y poder transformarse en algo indisoluble y eterno. Con la presunción de inocencia hacia el otro, nuestra mirada amorosa madura con una rotundidad que no existía en el momento inicial de la unión. Esta mirada comprensiva y madura es capaz de trascender lo cíclico y estar por encima del tiempo, forjando un  principio de vida espiritual.

En estos días en que la palabra “crisis” anda en boca de todos, yo me pregunto: ¿No estarán algunas de las crisis familiares más dentro de nosotros que fuera?