(Sacamos hoy, de nuevo a la luz, este artículo que fue publicado el 28-IX-2020 en Iglesia en Aragón)*

La vida humana, la muerte, el dolor y el sufrimiento

La vida humana es un bien superior y un derecho inalienable que no puede estar al arbitrio de la decisión de otros, ni de la de uno mismo. Todo ser humano tiene derecho a una vida digna que le permita realizarse como tal y buscar su propia felicidad. El sentido de la dignidad humana implica la búsqueda y el desarrollo de las condiciones físicas, psicológicas, espirituales y morales propias de la persona humana.

La muerte es el destino inevitable de todo ser humano, una etapa en la vida de todos los seres vivos que —quiérase o no, guste o no— constituye el horizonte natural del proceso vital. Morir dignamente no puede entenderse como el derecho a terminar con la vida de acuerdo a condiciones propicias creadas artificialmente por los servicios médicos o por un equivocado sentimiento de misericordia con el enfermo. El verdadero sentido de la muerte digna está en la conclusión natural del proceso vital en condiciones humanas de asistencia médica, familiar y espiritual.

El dolor y el sufrimiento no son obstáculos para la vida del ser humano, por el contrario, la experiencia de todos los seres humanos nos dice que esta realidad es parte integrante de la persona considerada en su integridad y totalidad. Tener dolor no significa sin más carecer de dignidad, es la gran oportunidad de reconocer la fragilidad humana y el natural desafío a superarla. La dignidad de un ser humano no entra en conflicto con la propia naturaleza, de tal manera que, envejecer, padecer y morir no son fenómenos que degraden la dignidad de un ser humano.

«El sufrimiento no puede solucionarse acabando con la vida de una persona, es decir, con la eutanasia: es una falsa solución al drama del sufrimiento, una solución que no es digna del hombre», explicó Benedicto XVI el 1 de febrero de 2009 en Ciudad del Vaticano. «La respuesta a quien sufre siempre debe ser el amor», aclaró. Y, según recordó, «Jesús sufre y muere en la cruz por amor. De esta manera, ha dado sentido a nuestro sufrimiento, un sentido que muchos hombres y mujeres de todas las épocas han comprendido y han hecho propio, experimentando serenidad profunda incluso en la amargura de duras pruebas físicas y morales».

La carta Samaritanus bonus 

El Vaticano ha divulgado un documento oficial en el que reitera su total oposición a la eutanasia y al suicidio asistido, y acusa a los países y personas que la autorizan o toleran de deshonrar «a la civilización humana».

La carta, con el nombre de Samaritanus bonus (El Buen Samaritano), elaborada por la Congregación para la Doctrina de la Fe y aprobada (25.06.2020) por el papa Francisco, establece como «enseñanza definitiva» que la eutanasia «es un crimen contra la vida humana» que no se puede aplicar en ninguna ocasión y circunstancia.

Dirigida a los fieles, sacerdotes, cuidadores y familias, el texto reitera la posición de la Iglesia católica sobre el tema y se publica (22.09.2020) como «aclaración moral y orientación práctica» para todos los creyentes. 

«La eutanasia es un acto homicida que ningún fin puede legitimar y que no tolera ninguna forma de complicidad o colaboración, activa o pasiva», reza el texto.

La carta presenta un claro rechazo de la eutanasia y de la lógica del «rechazo como ensañamiento terapéutico». Reflexiona sobre temas delicados como la vida prenatal y los estados reducidos de conciencia. Reafirma el derecho a la objeción de conciencia del personal sanitario.

Afirma la Samaritanus bonus sin ambages: «La vida es siempre un bien. Esta es una intuición o, más bien, un dato de experiencia, cuya razón profunda el hombre está llamado a comprender».

El documento deja ver cómo la bruma de la confusión nubla la razón cuando se carece de la óptica de la fe: «Frente a lo inevitable de la enfermedad, sobre todo si es crónica y degenerativa, si falta la fe, el miedo al sufrimiento y a la muerte, y el desánimo que se produce, constituyen hoy en día las causas principales de la tentación de controlar y gestionar la llegada de la muerte». La fe amplía la razón, la fe defiende la vida, cuando la sociedad carece de fe, pierde este firme apoyo.

Sobre la carta Samaritanus bonus (Vatican News):

«Incurable no es nunca sinónimo de “in-cuidable”: quien sufre una enfermedad en fase terminal, así como quien nace con una predicción de supervivencia limitada, tiene derecho a ser acogido, cuidado, rodeado de afecto.

»“Curar si es posible, cuidar siempre”. Estas palabras de san Juan Pablo II explican que incurable nunca es sinónimo de “in-cuidable”. La curación hasta el final, “estar con” el enfermo, acompañarlo escuchándolo, haciéndolo sentirse amado y querido, es lo que puede evitar la soledad, el miedo al sufrimiento y a la muerte, y el desánimo que conlleva: elementos que hoy en día se encuentran entre las principales causas de solicitud de eutanasia o de suicidio asistido.

»Todo el documento se centra en el sentido del dolor y el sufrimiento a la luz del Evangelio y el sacrificio de Jesús: “El dolor es existencialmente soportable solo donde existe la esperanza” y la esperanza que Cristo transmite a la persona que sufre es “la de su presencia, de su real cercanía”. Los cuidados paliativos no son suficientes “si no existe alguien que ´está´ junto al enfermo y le da testimonio de su valor único e irrepetible”.

»“El valor inviolable de la vida es una verdad básica de la ley moral natural y un fundamento esencial del ordenamiento jurídico”, afirma la Carta. Por eso, “aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado degradan la civilización humana, deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarios al honor debido al Creador”.

»El documento menciona algunos factores que limitan la capacidad de acoger el valor de la vida. El primero es un uso equívoco del concepto de “muerte digna” en relación con el de “calidad de vida”, con una perspectiva antropológica utilitarista. La vida se considera “digna” solo en presencia de ciertas características psíquicas o físicas. Un segundo obstáculo es una comprensión errónea de la “compasión”. La verdadera compasión humana “no consiste en provocar la muerte, sino en acoger al enfermo, en sostenerlo”, ofreciéndole afecto y medios para aliviar su sufrimiento. Otro obstáculo es el creciente individualismo, que es la raíz de la “enfermedad más latente de nuestro tiempo: la soledad”. Ante las leyes que legalizan las prácticas eutanásicas, “surgen a veces dilemas infundados sobre la moralidad de las acciones que, en realidad, no son más que actos debidos de simple cuidado de la persona, como hidratar y alimentar a un enfermo en estado de inconsciencia sin perspectivas de curación”.

Papa Francisco

»El documento reitera como enseñanza definitiva que “la eutanasia es un crimen contra la vida humana”, un acto “intrínsecamente malo, en toda ocasión y circunstancia”. Por lo tanto, cualquier cooperación inmediata, formal o material, es un grave pecado contra la vida humana que ninguna autoridad “puede legítimamente” imponer ni permitir. “Aquellos que aprueban leyes sobre la eutanasia y el suicidio asistido se hacen, por lo tanto, cómplices del grave pecado” y son “culpables de escándalo porque tales leyes contribuyen a deformar la conciencia, también la de los fieles”. Por lo tanto, ayudar al suicidio es “una colaboración indebida a un acto ilícito”. El acto eutanásico sigue siendo inadmisible, aunque la desesperación o la angustia puedan disminuir e incluso hacer insustancial la responsabilidad personal de quienes lo piden. “Se trata, por tanto, de una elección siempre incorrecta” y el personal sanitario nunca puede prestarse “a ninguna práctica eutanásica ni siquiera a petición del interesado, y mucho menos de sus familiares”. Las leyes que legalizan la eutanasia son, por lo tanto, injustas. Las súplicas de los enfermos muy graves que invocan la muerte “no deben ser” entendidas como “expresión de una verdadera voluntad de eutanasia”, sino como una petición de ayuda y afecto.

»Las leyes que aprueban la eutanasia “no crean ninguna obligación de conciencia” y “establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia”. El médico “no es nunca un mero ejecutor de la voluntad del paciente” y siempre conserva “el derecho y el deber de sustraerse a la voluntad discordante con el bien moral visto desde la propia conciencia”. Por otra parte, se recuerda que “no existe un derecho a disponer arbitrariamente de la propia vida, por lo que ningún agente sanitario puede erigirse en tutor ejecutivo de un derecho inexistente”».

Una breve síntesis de algunos otros documentos del Magisterio de la Iglesia

. Declaración Iura et bona de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe de 5 de mayo de 1980: «Por eutanasia se entiende una acción o una omisión que por su naturaleza, o en la intención, causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor. La eutanasia se sitúa pues en el nivel de las intenciones o de los métodos usados. Ahora bien, es necesario reafirmar con toda firmeza que nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie además puede pedir este gesto homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad ni puede consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo. Se trata en efecto de una violación de la ley divina, de una ofensa a la dignidad de la persona humana, de un crimen contra la vida, de un atentado contra la humanidad». Señala como argumento ético resolutorio «el principio de la inviolabilidad de la vida humana». Se trata de un breve compendio de la moral católica sobre la enfermedad y la muerte.

. A este documento se añade la condena de la eutanasia formulada en la carta encíclica Evangelium vitae con palabras especialmente solemnes. San Juan Pablo II afirma: «De acuerdo con el magisterio de mis predecesores y en comunión con los obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada, moralmente inaceptable, de una persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal. Semejante práctica conlleva, según las circunstancias, la malicia propia del suicidio o del homicidio» (Ev, nº 65) .

Y, en el mismo documento: «Ahora bien, el suicidio es siempre moralmente inaceptable, al igual que el homicidio. La tradición de la Iglesia siempre lo ha rechazado como decisión gravemente mala… Compartir la intención suicida de otro y ayudarle a realizarla mediante el llamado “suicidio asistido” significa hacerse colaborador, y algunas veces autor en primera persona, de una injusticia que nunca tiene justificación, ni siquiera cuando es solicitada. La eutanasia, aunque no esté motivada por el rechazo egoísta de hacerse cargo de la existencia del que sufre, debe considerarse como una falsa piedad, más aún, como una preocupante “perversión” de la misma. En efecto, la verdadera “compasión” hace solidarios con el dolor de los demás, y no elimina a la persona cuyo sufrimiento no se puede soportar. El gesto de la eutanasia aparece aún más perverso si es realizado por quienes —como los familiares— deberían asistir con paciencia y amor a su allegado, o por cuantos —como los médicos—, por su profesión específica, deberían cuidar al enfermo incluso en las condiciones terminales más penosas.

»La opción de la eutanasia es más grave cuando se configura como un homicidio que otros practican en una persona que no la pidió de ningún modo y que nunca dio su consentimiento. Se llega además al colmo del arbitrio y de la injusticia cuando algunos, médicos o legisladores, se arrogan el poder de decidir sobre quién debe vivir o morir… De este modo, la vida del más débil queda en manos del más fuerte; se pierde el sentido de la justicia en la sociedad y se mina en su misma raíz la confianza recíproca, fundamento de toda relación auténtica entre las personas» (Ev, nº 66).

. Constitución pastoral Gaudium et spes: «Cuanto atenta contra la vida —homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado—… deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador» (Gs, nº 27).

. Exhortación apostólica Amoris laetitia: «La eutanasia y el suicidio asistido son graves amenazas para las familias de todo el mundo. Su práctica es legal en muchos países. La Iglesia, mientras se opone firmemente a estas prácticas, siente el deber de ayudar a las familias que cuidan de sus miembros ancianos y enfermos» (Al, nº 48).

La controversia sobre la eutanasia

En estos últimos años, la controversia sobre la eutanasia ha salido del escenario tradicional de episodio dramático provocado por sufrimientos insoportables y terminado con un gesto de compasión inverosímil.

Hoy día se propone sobre todo como una elección (death by choice) y se pretende su reconocimiento como expresión del pluralismo, o como una alternativa impuesta por los cambios en la asistencia sanitaria, o como una exigencia de respeto a la voluntad y a la autonomía de quien prefiere la muerte a la vida.

Legalizar la eutanasia significa no solo eliminar las sanciones legales, sino sobre todo predisponer estructuras y procedimientos sanitarios que la hagan «accesible y segura» para todos.

Como ya ha sucedido con el aborto, una ley tolerante ofrecería una solución permisiva incentivando una costumbre inhumana en perjuicio de otras soluciones éticamente más justas.

Los partidarios de la eutanasia se han dado cuenta de que era necesario volver a definir el papel del médico para que no sea él, sino el paciente, el que disponga la acción letal. Se han acercado así a la noción de suicidio.

De esta forma, el concepto tradicional, pero ambiguo, de mercy killing (eutanasia) está cediendo el paso al más racional y engañoso de «suicidio asistido».

El concepto de«suicidio asistido» se sitúa a medio camino entre el suicidio y la eutanasia voluntaria, que presuponen la clara voluntad de morir por parte del sujeto.

El concepto de suicidio asistido deja muchos interrogantes abiertos. No es creíble que, como en el caso del aborto, una eventual legislación pueda servir solamente a quienes libremente quieran hacer uso de esta. Cualquier ciudadano correría el riesgo de «ser suicidado».

¿Cómo impedir que no se convierta en el subterfugio de una engañosa eutanasia involuntaria dirigida a eliminar a los disminuidos? ¿Por qué razón un médico no debería considerarse autorizado a llevarla a cabo en casos extremos incluso prescindiendo de la voluntad del paciente?

El quinto mandamiento prohíbe, como gravemente contrarios a la ley moral: el homicidio directo y voluntario y la cooperación al mismo; el aborto directo, querido como fin o como medio, así como la cooperación al mismo, bajo pena de excomunión, porque el ser humano, desde el instante de su concepción, ha de ser respetado y protegido de modo absoluto en su integridad; la eutanasia directa, que consiste en poner término, con una acción o una omisión de lo necesario, a la vida de las personas discapacitadas, gravemente enfermas o próximas a la muerte; el suicidio y la cooperación voluntaria al mismo, en cuanto es una ofensa grave al justo amor de Dios, de sí mismo y del prójimo, por lo que se refiere a la responsabilidad, esta puede quedar agravada en razón del escándalo o atenuada por particulares trastornos psíquicos o graves temores.

La encíclica Evangelium vitae, en su número 52, nos dice que «nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie además puede pedir este gesto homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad ni puede consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo».

La eutanasia es un acto criminal y homicida, pero si se hace además en contra de la voluntad del paciente, se trata de algo todavía peor. El crimen es crimen, se haga físicamente o desde un sillón parlamentario, o desde un despacho, como hacía Heinrich Himmler, siendo por cierto los nazis pioneros en la eutanasia.

La realidad de la eutanasia y del suicidio asistido muestran en toda su crudeza la precariedad del valor de la vida humana cuando el hombre prescinde voluntariamente de Dios. Son el fruto maduro de una sociedad secularizada y paganizada, donde la vida carece de sentido en sí misma, solo vale el goce que pueda producir.

No puede ser de otro modo. Si no se acepta el carácter sagrado de la vida y no se la respeta en todas sus manifestaciones, entonces la sociedad —o la cultura dominante— se erige en juez supremo y dictamina qué tipo de vida merece la pena ser respetada.

La vida humana es un don, es algo precioso que nos es dado, que recibimos gratuitamente de Dios a través de nuestros padres. En el camino de la vida adquirimos la conciencia de ser personas y también sujetos individualizados e irrepetibles. Desde el punto de vista cristiano, estamos hechos a imagen y semejanza de Dios; nuestra vida procede del Ser Supremo y, por la creación, somos verdaderamente sus hijos. Esta filiación es elevada sobrenaturalmente por el sacramento del bautismo, que nos asocia a Jesucristo con una nueva creación y un nuevo amor.

*El autor.

A modo de conclusión (se ha añadido posteriormente)

. La eutanasia descarta, sobre todo, a los más vulnerables y necesitados.

. Se enfatiza demasiado en la idea de una libertad absoluta como fundamento del «derecho a morir», sin pensar que un derecho tiene siempre como contraparte el deber de alguien. Si yo tengo el derecho a morir, ¿quién tendrá el deber de matarme? ¿Los médicos?

. Se está legislando para pocos, olvidándose de muchos. Hay dos proyectos sobre el final de la vida que corren paralelos: el de cuidados paliativos universales, y el de eutanasia.

. Vemos en la iniciativa legal un individualismo extremo en las formas de solucionar el gran tema del sufrimiento que provoca la enfermedad. Cuando una persona hace participar a otros de su enfermedad y del fin de su vida, pareciera ser un incentivo perverso que una de las soluciones, la más generosa para los demás, es que no lo vean sufrir, el no ser una carga ni afectiva ni económica, el que le provoquen la muerte como solución a ese problema.

. Cuando una persona acude al médico, es para pedir ayuda en recuperar la salud o en solicitar los cuidados derivados de una enfermedad. Pero si se le permite matar al paciente, provocarle la muerte voluntariamente, es toda la sociedad la que pierde. Pierde la esencia del acto médico, que es sanar, cuidar y aplicar medios paliativos al dolor.

. «Aquellos cuya vida se encuentra disminuida o debilitada tienen derecho a un respeto especial. Las personas enfermas o disminuidas deben ser atendidas para que lleven una vida tan normal como sea posible» (Catecismo, n. 2276).

. «Por tanto, una acción o una omisión que, de suyo o en la intención, provoca la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo, su Creador» (Catecismo, n. 2277).

. «La interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el “encarnizamiento terapéutico”. Con esto no se pretende provocar la muerte; se acepta no poder impedirla» (Catecismo, n. 2278).

. «Aunque la muerte se considere inminente, los cuidados ordinarios debidos a una persona enferma no pueden ser legítimamente interrumpidos. El uso de analgésicos para aliviar los sufrimientos del moribundo, incluso con riesgo de abreviar sus días, puede ser moralmente conforme a la dignidad humana si la muerte no es pretendida, ni como fin ni como medio, sino solamente prevista y tolerada como inevitable. Los cuidados paliativos constituyen una forma privilegiada de la caridad desinteresada. Por esta razón deben ser alentados» (Catecismo, n. 2279).

. Dado que existe el deber moral de respetar la vida humana, existe también el derecho humano a la vida. El Estado existe para cuidar y promover el bien común de la sociedad y para ello debe ante todo defender los derechos humanos, en particular el derecho a la vida, necesario para poder ejercer todos los demás derechos. De aquí se deduce que el Estado no puede permitir la eutanasia sin atentar gravemente contra su propia razón de ser. Por lo tanto, el Estado debe prohibir la eutanasia; y, como una prohibición sin una pena correspondiente es ineficaz, también debe penalizarla adecuadamente.