Viernes Santo: 30 de marzo de 2018

La muerte de Jesús en la cruz, suprema manifestación del amor del padre

En este día sagrado del Viernes Santo vamos a quedarnos ahí con la mirada clavada en la Cruz, como suprema expresión del amor. Nos vamos a detener en tres manifestaciones del amor según los evangelios.

Primera manifestación del amor: Parábola del Padre Bueno.

(Lc.15, 11-32). Debemos acostumbrarnos a decir: Parábola del Padre Bueno y no Parábola del Hijo Pródigo. Esta parábola no la dijo Jesús para describir lo calavera que era su hijo pequeño sino la inmensa bondad del Padre a quien le traiciona el corazón. En este momento sólo nos detenemos en una cosa: Los gestos exagerados del Padre:

  • En tiempo de Jesús un padre no entrega nunca la herencia al hijo en vida. La costumbre era entregarla después de la muerte.
  • Un padre nunca corre a buscar al hijo. Según la costumbre, el padre está sentado en casa. Es el hijo el que debe venir a buscarlo.
  • Y, cuando viene el hijo, el padre podía haber adoptado varias actitudes más razonables. Podía haberle dado lo que el hijo pedía: entrar en casa pero como un obrero, no como hijo. O bien, podía haberle perdonado, pero dándole una amonestación: Te perdono y te doy una oportunidad. Pero si vuelves a hacer lo mismo» aquí no entras más. Finalmente, el padre podía haberle perdonado diciendo: Eres el mismo que antes. Como joven, se te han cruzado los cables y has hecho cosas que no debías, olvida todo. Haz que esto sea un paréntesis, un episodio, pero vuelve a casa como si nada hubiera pasado. Aquel muchacho se hubiera sentido muy feliz con esta acogida. Sin embargo, el padre hace lo inaudito: corre, besa al hijo, le abraza, no le deja pedir excusas, le calza, le viste, le pone el anillo… y manda matar el ternero gordo.

Todos estos excesos, estas exageraciones, este interés por salirse de lo normal, de la manera que uno ni siquiera hubiera imaginado…, nos quiere decir que así de loco, así de exagerado, así de escandaloso es el amor del Padre-Dios. Aquel que, al acabar la parábola, saque la conclusión de que Dios es un Padre Bueno, no ha entendido nada. Dios es un Padre tan extraordinariamente bueno que, al ver a su hijo volver, se olvida de todo lo pasado y se vuelve loco de alegría.

Segunda manifestación de amor: Su oración peculiar.

“Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar. Cuando terminó, uno de los discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar como Juan enseñó a sus discípulos” Él les dijo: cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu nombre” (Lc. 11,1-2)

Este texto es sumamente importante para nosotros porque nos sitúa en la verdadera oración. Jesús ha estado orando. Lo que nos transmite es parte de su propia experiencia Cuando Jesús venía de la oración, su rostro   quedaba transfigurado, mucho más que el de Moisés cuando descendía de la Montaña. Por otra parte, cuando Jesús venía de orar, se derretía de ternura, de dulzura, de amabilidad… Y es entonces cuando los discípulos, con una sana envidia, le piden:” Métenos en esa esfera de intimidad en que te metes tú”. Lo bueno del caso es que, cuando nos va a entregar esta oración, la primera palabra que usa es ABBA. Es una palabra aramea que significa “papá”. Y esto es una revolución. Los judíos, por respeto a Dios, no le llamaban Yavé. Sólo el Sumo Sacerdote, en el Sancta Sanctorum, una vez al año y en voz baja. Y Jesús se pone a hablar con Dios con la sencillez, encanto, ternura y confianza de un niño con su papá. Cuando un niño dice papá o mamá por primera vez a los padres, éstos se lo comen a besos… Abbá es la respuesta que Jesús da a su Padre cuando éste le envuelve de cariño y de ternura. Lo grandioso es que Jesús, al enseñarnos el Padre Nuestro, nos dice que debemos también nosotros llamar a Dios ABBA.

Tercera y suprema manifestación del Padre: En la Cruz de su Hijo.

Partimos de un presupuesto: Sólo Jesús es el revelador del Padre. Sólo Jesús puede decirnos quién es el Padre. “Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt. 11,27).

Todo lo que hace Jesús es como si dijera: “Así es el Padre”. El Padre habla a través de las palabras de Jesús; el Padre calla a través de los silencios de Jesús; el Padre perdona a través del perdón de Jesús; el Padre ama a través del amor de Jesús. Cuando Jesús dice que “nadie ama más al amigo que aquel que da la vida por él” (Jn. 15,13) Jesús no sólo nos dice cómo nos ama Él sino cómo nos está amando su Padre. El Padre, en la muerte de Jesús, no está exigiendo la sangre del Hijo para satisfacer por nuestros pecados. El Padre se entrega por amor en la muerte de ese Hijo para que nos enteremos del infinito amor que nos tiene. Jesús es la “parábola del Padre”. ¡Así es el Padre! Cuando San Pablo cae en la cuenta de esta enormidad, cambia radicalmente su teología sobre Dios. No cesa de agradecer a Dios ese inmenso don. (Ef. 1,3) Tal vez el mejor resumen de la experiencia de Pablo sobre Dios sea éste: “Me amó y se entregó por mí” (Gal. 2,20). Aquí Pablo no sólo está viendo el amor de Jesús por cada uno de nosotros, sino también el amor del Padre. Bastaría que conociéramos bien al Padre para que viviéramos plenamente felices.

 

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Autor: Raúl Romero