Si se entiende por educar algo de mayor calado que conseguir el mayor caudal de conocimientos posible, junto con fomentar la ambición por la excelencia y una garantía de bienestar, algo de mayor calado —decíamos— como ayudar a desplegar todas las potencialidades que el alumno lleva dentro, la cosa cambia. Entendida así la educación supone conducir, dirigir, aconsejar, informar, prevenir, proteger. Es acompañar al hijo, al alumno por la ardua senda de la adquisición de hábitos. Porque sin hábitos no se educa, solo se ilustra. Conseguir que sepa elegir, que tenga espíritu crítico, que sea solidario, coherente…

Y todo esto sin despreciar la importancia que tiene saber cuanto más mejor. Especialmente saber leer y escribir, herramientas necesarias para poder pensar. Leer, escribir, pensar… y amar. Fruto del pensamiento es el amor. Solo cuando se ha pasado la adolescencia se está en condiciones de darse, de desvivirse, con ternura, con pasión, con dolor y generosidad: esto es amar.

Hay que educar, para amar. La calidad de una persona depende de la categoría de sus amores. Y cuanto mejores sean estos amores mejor se le habrá educado. Más humanizada será esa educación. Más capacidad de elección tendrá ese alumno o ese hijo. En el fondo se trata de unificar todos los ámbitos que integran la educación. Cada alumno ha de conseguir tener un solo mundo, si no, no es posible que se oriente en él. Es imposible orientarse y desarrollar la capacidad de autonomía necesaria sin un orden de valores jerarquizado. Si el `lo-que-me-apetece´ es la norma, no puede haber desarrollo armónico.

Pues si se entiende por educación todo esto, se convierte en una tarea tan apasionante como difícil de conseguir. Hace falta una labor de filigrana, de atención individual de cada alumno, uno a uno, entrando de rodillas en su intimidad, sin tirar de las hojas para que la planta crezca más deprisa.