El terror de la violencia callejera en México, en fotografías

Tras la muerte de una persona concreta (un estudiante, un obrero, un político) se desata en ocasiones una furibunda violencia callejera.

Algunos piensan que la causa de tal violencia es precisamente esa muerte: ha habido una injusticia, y grupos de personas responden con violencia ante la muerte de alguien a quien consideran «suyo».

En realidad, la verdadera causa de esa violencia no ha sido la muerte de una persona. Esa muerte fue simplemente la ocasión, el motivo, la excusa, la chispa aprovechada para quemar coches, asaltar tiendas, destruir cristales, atacar a la policía. Pero la verdadera causa de todas esas violencias está en los corazones, en las mentes, en los proyectos de los hombres.

Al mismo tiempo, en otras situaciones miles de inocentes no responden a la violencia con la violencia. Porque son ciudadanos honestos que no se toman la justicia por su mano. Porque saben que una víctima no resucita a base de incendiar bidones de basura, de romper escaparates, de atacar edificios públicos.

La verdadera raíz de muchas violencias callejeras está, por lo tanto, en la perversión de quienes desean vengarse a costa de dañar a inocentes. De quienes buscan aprovechar una ocasión para promover proyectos violentos, antidemocráticos, como hicieron tantos grupos subversivos del pasado y del presente.

Nunca la muerte de una persona, aunque sea por culpa de algún policía, justifica la violencia gratuita sobre ciudadanos que nada tienen que ver con lo ocurrido. Nunca un estado de derecho puede claudicar, si de verdad sabe lo que significa la responsabilidad política, ante violencias que tienen mucho de barbarie, de injusticia y de prepotencia totalitaria.

Existe otro modo de responder a una muerte de un amigo que tenga como causa un acto delictivo, un abuso de poder, sea quien sea el culpable (un policía o un manifestante, un político o un simple ciudadano): aplicar medidas inmediatas para que el infractor no pueda dañar a otras personas, y para que sea juzgado en tribunales donde no prevalezcan las emociones, sino un auténtico y profundo sentido de la justicia.

La violencia ha de ser castigada venga de donde venga, sea cometida por alguien vestido de uniforme o por manifestantes dominados por odios irracionales o por actos vandálicos muchas veces muy bien planificados. Cualquier persona que dañe la vida o los bienes de otros seres humanos merece ser castigada. Solo así podremos vencer la injusticia con la justicia, y promover sociedades donde no se imponga el más violento, sino el más honesto.

Cada día podemos conocer y contemplar noticias sobre todo tipo de actos violentos. Existe violencia escolar, juvenil, contra la mujer, en la calle, etc., etc. Además, la publicidad mediática de la violencia y el sexo surge de las pantallas que hacen como si la contasen y la difundiesen, pero, en realidad, la preceden y la solicitan. El origen de algunos actos violentos, como es el terrorismo actual, se debe a fanatismos de diversa índole, pero no todo acto violento tiene esa causa. En ocasiones, puede proceder de la acción de individuos o colectivos que no han encontrado el cauce adecuado para dar salida a los graves problemas que les acucian. La historia de los seres humanos refleja la historia del dominio de la razón sobre los impulsos, sin excluir el sexo. El actual descontrol generalizado en alcohol, sexo y drogas está resultando muy negativo en nuestra sociedad, es algo que se constata a diario.

En el fondo de estos problemas hay, frecuentemente, múltiples carencias familiares: hijos que ven poco a sus padres, o sea, escasa vida familiar; grandes dosis de televisión e Internet, sin ningún tipo de control; falta de una disciplina mínima; vidas desordenadas, en fin, niños y adolescentes que van creciendo sin apenas conocer límites, inmaduros, caprichosos. No se les ha enseñado los valores de la convivencia, el espíritu de sacrificio, el hábito del esfuerzo y del trabajo, la responsabilidad personal, la solidaridad con los demás. Esta falta de formación en la familia y en la escuela, ¿qué resultados produce?: todos los que lamentamos a diario. Viene bien recordar unas palabras del poeta mexicano Octavio Paz:

«Se suponía que la libertad sexual acabaría por suprimir tanto el comercio de los cuerpos como el de las imágenes eróticas. La verdad es que ha ocurrido exactamente lo contrario. La sociedad capitalista democrática ha aplicado las leyes impersonales del mercado y la técnica de la producción en masa a la vida erótica. Así la ha ido degradando, aunque el negocio ha sido inmenso».

Los niños con discapacidad sufren violencia y acoso escolar

Los padres de alumnos de un determinado centro de enseñanza, tratando el tema de la violencia escolar y cómo tratar de resolver las conductas conflictivas de adolescentes y jóvenes, mantuvieron un largo debate. Finalmente, un padre afirmó lo siguiente:

«Durante años, hemos estado diciéndole a Dios que se fuese de nuestras escuelas, de nuestros gobiernos, de los medios de comunicación, de las universidades, de los hospitales, que se fuese de todos lados, en definitiva, le echamos de nuestras vidas. Y siendo tan respetuoso de nuestra libertad, el Señor se ha retirado. Ahora nos preguntamos por qué nuestros hijos no tienen parámetros para distinguir el bien del mal. Lo que sembramos es lo que recogemos. Es curioso cómo la gente “manda” a Dios fuera de la historia humana y, luego, se pregunta por qué el mundo está en proceso de destrucción».
 
En la mayoría de los casos, la explosión de violencia está indicando una degradación moral que trastorna profundamente el sentido de la existencia humana y las reglas elementales de convivencia. Se hace muy necesario un esfuerzo coordinado de reconstrucción moral en el que intervengan todas las fuerzas sociales: sociedad civil, Estados, escuelas, poder mediático, pero lo que urge reconstruir, sobre todo, es la familia, de donde procede, o no, una verdadera transmisión de valores.

Parece bastante claro que la influencia familiar es muy importante para cada uno de los seres humanos y que la estabilidad de una familia es decisiva. Las crisis familiares derivan, en gran parte, de una carencia de valores y de un mal entendimiento de lo que es el amor conyugal en su punto de partida. Construir una familia supone una tarea diaria, la unidad construida día a día por medio de la fidelidad, el compromiso, la paciencia, la generosidad y el verdadero amor. La sociedad será lo que sea cada una de las familias que la componen.

Una de las pasiones naturales de toda persona humana es la ira. Como toda pasión, en sí misma no es ni buena ni mala. Cada una de las pasiones da la posibilidad de tener respuestas muy diversas, acercarse o alejarse, mostrar apertura o tener una actitud defensiva, investigar o mostrar precaución ante un posible peligro, perseverar con la esperanza de alcanzar el propósito o abandonar una actividad porque resulta inadecuada.

Para optar por una de las disyuntivas es necesario tener discernimiento, el mismo que se adquiere con la experiencia y con la asimilación de la educación recibida. El proceso educativo logra que las facultades interiores de cada persona trabajen de manera armoniosa, y todas y cada una, produzcan sus efectos sin inhibir los de las demás. Esto sucede cuando en las pasiones se da el influjo de la inteligencia y de la voluntad.

En general, a la inteligencia le compete el juicio para regular la intensidad y la oportunidad de aplicar alguna o algunas pasiones, a la voluntad le toca llevar a cabo la propuesta de la inteligencia y sostener la actividad hasta lograr los resultados esperados, también, variar la intensidad del esfuerzo cuando las circunstancias exteriores ya no son las mismas.

Aunque todas las personas tenemos las mismas pasiones, en cada uno se manifiestan de manera peculiar y unas son más vigorosas que otras, esto muestra en parte, la singularidad de cada uno, de manera que se nos puede identificar por el modo de reaccionar, por eso de alguien podemos decir que es festivo y otro puede ser emprendedor e incluso agresivo ante los obstáculos, y alguno puede ser emprendedor, pero con astucia para actuar hasta que desaparezca el obstáculo.

La función de la ira consiste en proporcionar la energía interior para defenderse. La buena aplicación de la ira se da cuando aparece algún inconveniente para la salud física o espiritual personal o grupal, entonces es necesaria la respuesta protectora, lo contrario supondría una dejación del deber de conservar la integridad.

Generalmente las pasiones actúan con independencia, esto es peligroso pues siempre hace falta un análisis de la situación y una regulación del modo de reaccionar, precisamente para eso están la inteligencia y la voluntad. Esta armonía en la participación de todas las facultades se logra con la educación que lleva a ponderar y a actuar con equilibrio. Pero, se trata de una educación no solamente teórica —de consejo—, sino de aplicación —vivencia personal— que forja paulatinamente el carácter.

Sin embargo, como las pasiones son el primer recurso para responder, no siempre dejan actuar a la inteligencia y a la voluntad, por eso, aunque una persona haya alcanzado un cierto nivel de madurez y de armonía entre sus facultades para conducirse de modo adecuado, hay veces, que el estímulo es tan fuerte o tan sorpresivo que la reacción es meramente pasional. Esto sucede cuando una persona es agredida por alguien débil y se le golpea de tal modo que se producen heridas de gravedad. Si la persona hubiera podido reflexionar su defensa hubiera sido exclusivamente para anular las intenciones del agresor sin ocasionarle tanto daño.

Desde luego, el ejercicio de la ira siempre se nota porque la manifestación es violenta. El reto consiste precisamente en la aplicación justificada de la violencia, es decir: proporcional a la agresión, indispensable para defender lo propio —la vida o las posesiones—, sea eficaz para alcanzar lo deseado.

Argentina dice "sí" a la vida y frena a los abortistas: Noticia del Día

Sí a la vida, contra la violencia.

El no a la violencia será coherente cuando promueva la tutela de los más débiles: los hijos antes de nacer, los enfermos, los abandonados, los ancianos y los pobres.

La cultura de la violencia provoca daños, heridas, destrucción, muerte. La cultura de la violencia discrimina y abandona sobre todo a los más débiles, los más indefensos, los más vulnerables: los hijos antes de nacer.

La cultura de la vida está en contra de la violencia y a favor de los débiles. Porque considera que ningún ser humano debe ser discriminado injustamente si carece de dinero, o si es de una religión determinada (o si no tiene ninguna religión), o si pertenece a una raza concreta, o si carece de salud, o si todavía no ha nacido.

La raíz del amor a la vida, del respeto de los débiles, es muy sencilla: todos son iguales ante la justicia, todos merecen respeto y ayuda, todos deben poder desarrollarse libremente en su camino personal, único, intransferible.

Por desgracia, grupos poderosos acusan a los movimientos provida de promover la violencia, la intolerancia, incluso el crimen. En realidad, ningún auténtico miembro de la cultura de la vida puede apoyar violencias asesinas y arbitrarias.

Habría que analizar, entonces, de dónde surge ese deseo de desprestigiar a los grupos provida, quiénes están detrás de frases fáciles que llegan a calificar a los defensores de los débiles como potenciales terroristas, como enemigos de la mujer, como intolerantes fanáticos, como liberticidas.

El auténtico enemigo de la libertad no está en la cultura provida. Porque la defensa del derecho a la vida nunca es «liberticida», sino que permite el respeto hacia un derecho fundamental sobre el que se construye cualquier sistema democrático justo: el reconocimiento de la dignidad del otro, la defensa de su integridad física, el compromiso por ofrecerle asistencia y ayuda en sus necesidades más fundamentales como miembro de la gran familia humana.

La violencia debe ser condenada en su raíz. La protesta social contra asesinatos de inocentes ha de estar acompañada por la reacción de todos los hombres y mujeres de buena voluntad ante quienes defienden falsos derechos, ante quienes creen que hay progreso cuando se permiten crímenes como los del aborto o la eutanasia.

El no a la violencia será entonces coherente, auténtico, incluyente: porque sabrá promover la tutela de los más débiles: los hijos antes de nacer, los enfermos, los abandonados, los ancianos y los pobres.

Hay muchas maneras de dañar a una persona. La historia de la violencia puede recordar toda una serie de instrumentos, «técnicas», acciones agresivas, etc., que se han ido utilizando a lo largo de los siglos, en todas las culturas y en todos los rincones del planeta.

El mundo moderno y civilizado de inicio de siglo y de milenio parece no saber cómo salir de esta maraña de violencias y atropellos cotidianos. Y, sin embargo, la salida es posible, y está en las manos de cada uno de nosotros.

Sí: el círculo del odio y la violencia empieza a romperse cuando un hombre o una mujer no responden con violencia a quien usa de violencia contra ellos. Se dice que la violencia engendra violencia, como una cadena que no deja espacio a otras respuestas, y puede ser verdad en muchos casos. Pero los cristianos tienen la fuerza para superar el alud del odio y la venganza con el arma invencible del perdón y de la acogida sincera y leal del otro, también del enemigo…

Cuando los hombres crucificamos a Jesús, el Hijo de Dios, teníamos motivos de sobra para temblar ante una posible réplica justa, «vengativa», de Dios Padre. La respuesta nos sacó de todos nuestros esquemas: Dios respondió con el perdón, ese perdón capaz de superar el odio con el amor, y de empezar algo nuevo que el mundo hasta entonces no había podido comprender.

Cada uno, por lo tanto, puede perdonar. El perdón no es señal de debilidad, sino de fortaleza. Y, si nos faltan las fuerzas para hacerlo, podemos mirar al Cristo crucificado y recoger, de sus heridas, ese bálsamo que cicatriza las heridas y comienza a cambiar las relaciones entre los hombres. Sanará nuestro corazón y, con su ayuda, nos permitirá cambiar el corazón del otro. Así ocurrió con los primeros cristianos. Así ocurre en cada historia humana que es alcanzada por el amor de Dios.

En palabras del Papa Francisco: «La violencia contra cualquier persona es contraria al mensaje de Jesús»: «Este mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amado, también ustedes deben amarse los unos a los otros» (Jn 13:34).

El Santo Padre señala que «la paz empieza en casa. ¡Entre nosotros! Después se extiende a toda la humanidad… ¡pero debe comenzar en casa!».

Por qué la violencia doméstica es una amenaza para el desarrollo económico  – Blog Dialogoafondo


La violencia doméstica afecta a millones de personas. Puede suceder en todas las edades y todos los orígenes económicos, educativos, culturales y religiosos. Sin embargo, el 95% de las víctimas son mujeres violentadas por hombres. La violencia contra la mujer de ninguna manera puede ser justificada.

Cuando existe violencia contra la mujer, se están violando los principios básicos cristianos: dignidad, igualdad, solidaridad, respeto y paz.

Este tipo de comportamiento proviene de patrones aprendidos en el que el agresor gana y mantiene el poder y control sobre la víctima a través del miedo. Puede ser física, emocional, sexual, económica y/o patrimonial. Muchas víctimas han sido llevadas a creer que no valen nada, que los problemas existentes son su culpa. Llegan a cambiar y negar su propia personalidad e identidad. Se anulan a sí mismas. Con el paso del tiempo, la violencia se va incrementando y pasa con mayor frecuencia haga lo que haga la mujer.

Es necesario recordar lo que la Santas Escrituras nos indican:

 «Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo» (1 Pedro 3:7).

COMPENDIO DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

Según el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (2005), «el amor hace que el hombre se realice mediante la entrega sincera de sí mismo. Amar significa dar y recibir lo que no se puede comprar ni vender, sino solo regalar libre y recíprocamente» (n. 221), «gracias al amor, realidad esencial para definir el matrimonio y la familia, cada persona, hombre y mujer, es reconocida, aceptada y respetada en su dignidad» (n. 221).

Sigue diciendo el Compedio: «El ser humano ha sido creado para amar y no puede vivir sin amor. El amor, cuando se manifiesta en el don total de dos personas en su complementariedad, no puede limitarse a emociones o sentimientos, y mucho menos a la mera expresión sexual. Una sociedad que tiende a relativizar y a banalizar cada vez más la experiencia del amor y de la sexualidad, exalta los aspectos efímeros de la vida y oscurece los valores fundamentales. Se hace más urgente que nunca anunciar y testimoniar que la verdad del amor y de la sexualidad conyugal se encuentra allí donde se realiza la entrega plena y total de las personas con las características de la unidad y de la fidelidad. Esta verdad, fuente de alegría, esperanza y vida, resulta impenetrable e inalcanzable mientras se permanezca encerrados en el relativismo y en el escepticismo» (n. 223).

«La naturaleza del amor conyugal exige la estabilidad de la relación matrimonial y su indisolubilidad. La falta de estos requisitos perjudica la relación de amor exclusiva y total, propia del vínculo matrimonial, trayendo consigo graves sufrimientos para los hijos e incluso efectos negativos para el tejido social» (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 225).

Los seres humanos tendemos a criticar a los otros. Es muy fácil ver los defectos y acciones de las personas en nuestro entorno y juzgar con ligereza. No pensamos que nosotros mismos tenemos muchos defectos y nuestras acciones pueden ser peores que las de los demás.

En 1982 el psicólogo Heinz Leymann nombra mobbing al acoso laboral. Causa graves secuelas emocionales e inclusive físicas.

Se trata de acciones de parte de una o varias personas sobre una víctima. Produce una sensación de inestabilidad, miedo, ansiedad e incluso ataques de pánico y somatización hasta llegar a otros trastornos de mayor gravedad como la depresión, que en casos extremos puede llevar al suicidio. Es un tipo de violencia psicológica, a través de insultos sutiles, rumores, calumnias y difamación. Atenta contra la dignidad y la integridad de la persona. La finalidad es hacer sentir miserable a la otra persona y orillarlo a que abandone el trabajo.

El mobbing puede darse cuando se considera a la víctima como una amenaza para los intereses personales de los acosadores.

Violencia psicológica: el maltrato que no se ve | Ameco Press

El acoso ocurre sutilmente y cuando no hay testigos.  La violencia psicológica no deja evidencia física, pero se puede observar el deterioro de la víctima, bajando su autoestima, llegando a creer que no vale, que no es merecedor del trabajo, aislándose y cayendo en una espiral de dolor e indefensión.  A veces llega a creer que soportar estas humillaciones, desprecios y malos tratos, forman parte de su trabajo. Ante el miedo de quedar desempleado, permite esto en detrimento de su estabilidad emocional y física, lo que redundará en sus relaciones familiares y sociales en general.