La violencia como hecho histórico aparece con la misma naturaleza. La violencia como hecho biológico nace con los seres vivos y la lucha por la supervivencia. La violencia como hecho humano nace con el hombre.

Un hecho doloroso: la experiencia de la violencia. A pesar de los esfuerzos innegables que el hombre realiza para civilizarse. Pese a las conquistas maravillosas de la razón humana en los múltiples campos del saber y de la ciencia hay un campo en que el hombre no puede ni debe sentirse satisfecho: la no violencia no es todavía una conquista estable. No solo no ha sido abatida por la razón humana, sino que por el contrario parece como si el hombre utilizara la razón para ser el más violento de los animales.     

La violencia, al menos en el plano del sentido común, no aparece como un bien, ni como un valor, sino todo lo contrario: como un mal, indiscutiblemente como un contravalor. La persona humana rechaza incondicionalmente la violencia injusta por su misma naturaleza irracional y antihumana y por lo tanto antisocial. Este principio, o si se quiere conclusión, se apoya en muchos motivos: la violencia es un fenómeno negativo, emocional, intrínsecamente irracional y en consecuencia difícilmente controlable. Es la negación, por consiguiente, de lo que se entiende por un comportamiento humano. La violencia no está en posición de establecer y mucho menos de garantizar la justicia, que es esencialmente una relación positiva de racionalidad (puesto que persigue el orden justo), no emocional, un comportamiento controlable que falta casi siempre —por propia definición— en la actitud violenta.

La violencia es una consecuencia de la pérdida del valor del hombre como persona. Y muchas actitudes violentas lo son del nihilismo al que por este camino se llega.

Aceptar la violencia —hija de la ira y prima hermana del odio— es aceptar un mundo impersonal que, para cualquier persona normal que no haya abdicado de la facultad de pensar, es inaceptable. El hombre maduro es el que sabe que la violencia y la victoria consiste en triunfar sobre uno mismo, no sobre los otros.

La violencia no puede ser una filosofía de la vida.

Formas de violencia

Existen, además de la violencia física, otras formas de violencia que quizá no nos impresionan tanto, pero que pueden dejar pequeñas o grandes heridas. Así, existe la violencia solapada de la lengua, de la crítica por la espalda, del insulto directo, de la ironía, de la contradicción sistemática. Quien ha sufrido alguna vez esa sutil puñalada de la calumnia sabe que a veces preferiríamos un puñetazo en la cara a esa crítica oscura y siniestra que nos quita la fama entre familiares, amigos o compañeros de trabajo.

Existe la violencia silenciosa del desprecio, de la ignorancia, del olvido. Cruzarnos por la calle con quien hace poco nos saludaba con cariño y ahora gira los ojos para no vernos, para no decirnos nada, puede dejar un mal sabor de boca y una pena profunda ante la traición que se esconde ante actitudes tan radicales.

Existe, por último, la violencia anónima de los medios de comunicación social, esa sangre que salpica las pantallas de nuestros televisores y que una y otra vez nos presenta ejemplos de personajes que parecen haber aprendido una única lección: dañar, abusar, matar e imponerse de un modo violento y salvaje, y que suscitan en algunos espectadores deseos de venganza y en otros, quizá psicológicamente débiles, el propósito de imitar a los protagonistas televisivos…