Qué es Mujer - Definición, Significado y Concepto

San Calixto I, papa y mártir - Pastoral Santiago

Papa San Calixto I

La mayor revolución en la dignificación de las mujeres en la historia de la humanidad, fue el advenimiento de la cristiandad.

La Iglesia revolucionó el papel de la mujer, dejando clara su igualdad con el varón: «Porque todos los que fuisteis bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo. Ya no hay diferencia entre judío y griego, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer, porque todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús».

Las mujeres fueron devotas seguidoras de Cristo y María Magdalena tuvo el privilegio de anunciar la Resurrección de Jesús a los Apóstoles mismos, por lo que san Juan Pablo II la llama «apostola apostolorum» (apóstol de los apóstoles). Y María, la Madre de Cristo, es reconocida como la más perfecta persona humana que jamás ha vivido, más que cualquier varón, quien más ha colaborado con Cristo para restaurar a la humanidad: la «nueva Eva».

Las mujeres entregaron sus vidas con valentía en aquellos tiempos en que solo los varones eran considerados capaces de acciones heroicas. Y fueron reconocidas al grado de que sus nombres fueron incluidos en el Canon Romano de la Misa, y continúan repitiéndose en el siglo XXI: Felicidad, Perpetua, Águeda, Lucía, Inés, Cecilia, Anastasia. Incluso a Santa Perpetua se le reconocen algunos de los primeros escritos jamás atribuidos a una mujer. En ninguna otra cultura o religión fueron las mujeres tan elevadas, respetadas y honradas.

Los primeros tiempos de la cristiandad revolucionaron también la vida diaria de las mujeres. En aquel tiempo en que las mujeres eran consideradas propiedad desechable, la cristiandad trajo enseñanzas de la monogamia hasta la muerte y la igualdad de la culpa en el adulterio. Al prohibir el divorcio, la Iglesia primitiva defendió la dignidad de la mujer como persona, rehusándose a considerarlas como bienes desechables, así como también se rehusó a considerar desechable al no-nacido.

En todas las edades, la Iglesia ha defendido esta enseñanza de Cristo: «Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre». La elevación de las mujeres fue aún más allá, ya que la Iglesia demandó su libertad, de manera que la mujer no era ya una pieza de propiedad o de intercambio, sino que el consentimiento libre de ella era irreductiblemente importante para la validez del matrimonio.

La dignidad de la mujer fue aún más lejos. La Iglesia defendió su derecho, así como el de los varones, a escoger un tipo de vida más perfecto y rehusarse enteramente al matrimonio. No podían ser forzadas a casarse. Este fue una verdadera revolución social. Por primera vez las mujeres tuvieron derecho de autodeterminación, enraizado en su libertad cristiana. Ellas podían rehusarse al matrimonio, entrar en un convento y, cada vez más, poder educarse. Algunas aún fueron poderosas líderes en la Iglesia.

Como ejemplo del punto de vista de la Iglesia primitiva, tenemos el caso del Papa san Calixto I (217-222) que desató una fuerte polémica. Él permitió que, quienes habían cometido pecados de tipo sexual, pudieran volver a recibir la Eucaristía, después de arrepentirse y hacer penitencia. Por esta razón sus puritanos enemigos lo vilipendiaron, aun cuando les recordaba el pasaje de Cristo y la mujer adúltera. Asimismo, Calixto enfatizó la dignidad de la mujer cuando permitió casamientos de mujeres romanas con hombres de clases sociales bajas, aunque con ello violaban la ley romana. Al permitirlo, Calixto afirmó el derecho de la Iglesia a tener jurisdicción sobre el sacramento del matrimonio.

Algunos han considerado esto como solo la emancipación de la Iglesia del control estatal: el Estado ya no tenía autoridad sobre los sacramentos, solo la Iglesia la tenía. Esto es verdad, pero también fue un paso más en la dignificación de la mujer.

En cada era, la Iglesia Romana ha sostenido la dignidad de la mujer, lo sagrado del matrimonio y la inviolabilidad de la vida y de la familia. Con la Iglesia Católica las mujeres experimentaron la liberación de su persona. La Iglesia Católica debería ser reconocida como liberadora de la mujer, no como su opresora. Aún hoy, después de más de 2.000 años, cuando en algunos ámbitos la Iglesia es vista como opresora de las mujeres, esta continúa defendiendo su femineidad y su dignidad, tanto en el matrimonio, como en la moral sexual y en la vida pública. Por el contrario, una teología cristiana feminista intenta articular el testimonio cristiano de fe desde la perspectiva de las mujeres, como grupo oprimido.

Para Kant, era solo la relación con el hombre como supuestamente la mujer podía escapar a su naturaleza y buscar la guía de la razón. La autoridad de la razón estaba claramente vinculada con la cultura patriarcal del hombre. Las mujeres y los niños tenían que existir en función de los varones, no como personas con derecho propio.

Esto explica en parte por qué la «teoría feminista» finalmente tuvo que cuestionar los conceptos liberales de los derechos como expresión idónea de la libertad y la igualdad. El movimiento de liberación de la mujer aprendió a hablar de opresión y liberación como una manera de establecer sus propias bases para la participación en el mundo público de los hombres. La denigración de la naturaleza va a la par con la denigración de la mujer, quien se supone más cercana a la naturaleza. También se conecta con la denigración de la vida emocional íntima, que no es tratada propiamente como fuente de conocimiento.

Más tarde, en el siglo XIX, las ideologías de Federico Engels y Carlos Marx basadas en el materialismo, revolucionan conceptos tales como los de matrimonio, familia o trabajo doméstico y, por tanto, revolucionan también a quienes hasta entonces habían sido el pilar de estas instituciones: las mujeres.

Todos sabemos que la mujer no es más mujer porque acepte la cosmovisión masculina. Lo es porque reconoce y acoge su diferencia, la fecundidad y la maternidad. La maternidad y la paternidad son posibilidades humanas esenciales y con frecuencia resulta doloroso estar privado de ellas. Traer al mundo a un niño(a) y educarlo desde su infancia implica siempre para los seres humanos la cuestión más alta del sentido de su existencia.

La misma Simone de Beauvoir (El Segundo Sexo, 1949), en sus últimas obras, asume contradicciones y constata que ha fracasado, parece arrepentirse y habla de «la mujer rota»: quien ha destruido su identidad femenina.

Es un hecho que las mujeres están cambiando en todas partes del mundo; han hecho un viraje en su existencia, más dramático, aún que la Revolución Industrial. Las mujeres han reescrito sus roles y las reglas en las que desean vivir; las mujeres hoy aprenden más, ganan más dinero, gastan más, tienen más influencia en más lugares y formas que las mujeres de todos los siglos pasados. La mujer moderna ha demostrado que su singular biología femenina (su esqueleto, el funcionamiento de sus órganos, el flujo hormonal, lo intrincado de su psique) no es limitante. Y ya vivimos hoy sin cuestionamiento alguno en un mundo diferente: algunos llaman a esto la «revolución silenciosa» que ha reestructurado la moderna cultura de la «feminización».

Pero hay que reconocer, sin embargo, mientras nos abrimos paso hacia el futuro, que las vidas de mujeres y hombres continúan superponiéndose, necesitándose, complementándose; se necesitan mutuamente hoy más que nunca. Los hombres ya no se definen por sus aportaciones al hogar, pues la mujer también aporta; es una época en que los hombres no saben qué está pasando. La razón es simplemente que las mujeres están cambiando, y los hombres deben cambiar también.

Hay que reconocer que la «mujer» es la representante y el arquetipo de todo el género humano, es decir, representa aquella humanidad que es propia de todos los seres humanos, ya sean hombres o mujeres. Por otra parte, el acontecimiento de Nazaret pone en evidencia un modo de unión con el Dios vivo, que es propio solo de la «mujer», de María, esto es, la unión entre Madre e Hijo. En efecto, la Virgen de Nazaret se convierte en la Madre de Dios.

¿Y cuál es su misión? La dignidad de la mujer se relaciona íntimamente con el amor que recibe por su femineidad y también con el amor que a su vez ella da… Si la dignidad de la mujer testimonia el amor que ella recibe para amar a su vez, el paradigma bíblico de la «mujer» parece develar también cuál es el verdadero orden del amor que constituye la vocación de la mujer misma. La fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano… esta entrega se refiere especialmente a la mujer (sobre todo en razón de su femineidad) y ello decide principalmente su vocación (Mulieris dignitatem).